
En un mundo donde la información se consume a velocidad de titular, el Taller de Cine y Crónica, coordinado por el periodista Ulises Rodríguez, propuso un ejercicio de atención y profundidad. Más que una simple formación, este espacio se concibió como una invitación al público a transformar la experiencia cinematográfica en un acto de escritura sensible y personal.
Lejos de la formalidad de la crítica o de la simple cobertura noticiosa, el taller se centró en el poder de la crónica como herramienta narrativa. La meta era sencilla ya la vez profunda: capturar no solo lo que ocurría en las pantallas, sino el pulso del evento, sus personajes anónimos, las conversaciones en los pasillos, la emoción en las salas y, en definitiva, todo aquello que se encuentra en el «detrás de escena» y que, muchas veces, no se deja ver.
Con una modalidad híbrida que combinó la teoría con la práctica, la primera sesión virtual sentó las bases conceptuales, preparando a los participantes para el desafío. Luego, durante dos jornadas presenciales en el Festival de General Pico, la teoría dio paso a la inmersión total. Los asistentes se convirtieron en observadores activos, armados de la mirada atenta del cronista para descubrir y tejer los relatos que dan vida a un encuentro cinematográfico.
Los textos resultantes, más que informes, fueron una colección de relatos sensibles. Documentaron el festival no a través de datos fríos, sino a través de la atmósfera, los diálogos y las pequeñas epifanías que revelan una historia. Un ejercicio que demostró que, al unir la imagen y la palabra, es posible crear una memoria más humana y profunda de la cultura.
Los textos obtenidos
Las salas aún agitan en la llanura
Por Silvina Llames
Cine Gran Pampa
Recorriendo la 9° edición del Festival Nacional de Cine de General Pico en la provincia de
La Pampa, descubrí que habitan una serie de sensaciones infinitas del universo de cinéfilos.
Muchos realizadores asisten con una mezcla de emoción de que su relato audiovisual -aquel que tanto les costó- formará parte de una competencia nacional, regional o de algunas de las actividades que incluye -por supuesto- una proyección en una sala. Por otro lado tenemos al público, que año a año, se suman a las propuestas que ofrece el festival.
Se abre la expectativa de ver algo distinto, fuera de lo convencional, de participar de algún taller, la oportunidad de hablar con directores, sonidistas, productores, realizadores sobre sus films. Todas estas experiencias, emociones y sensaciones de esta novena edición suscitan en un lugar en común: las salas de cine de General Pico.
Habría que averiguar que habitaba en las las salas de la llanura. Era el sábado por la tarde, y se realizaba la Muestra Pampeana que juntaba una propuesta de realizadores de la región. Un matrimonio asiste con mucha alegría con la intención de ver el cortometraje de su hijo y recuerdan cómo era ir al cine en su juventud. “Era una aventura porque no sabíamos qué íbamos a ver”. Resultaba extraño pero en los 70´ los afiches no llegaban siempre, y un trabajador del cine de la época se las ingenió para armar con collage posibles afiches para mostrar las películas de la cartelera. ¿Se imaginan juntar recortes de afiches para volver hacer otros?- Lo escucho y trato de volver a esa época.
¿Y qué pasaba en la Pampa con las salas de cine?
Los 70 ‘s fueron la época de gloria en la provincia, tanto que me contaron que hubo tres salas abiertas en General Pico simultáneamente. Si a eso le sumamos que en la capital, Santa Rosa, había ocho. ¡Debe haber sido toda una fiesta tener ese plan! Muchos padres asistían con sus hijos, y las parejas se vestían con lo mejor que tenían.
El 6 de junio de 1969 abrió el Cine Gran Pampa y debutó con La Fiaca, de Fernando Ayala.
“La oferta era depende de lo que se podía conseguir. Un grupo de la comisión italiana se iban a Buenos Aires a buscar las película”. Las cintas de los films viajaban en colectivo y había funciones de jueves a domingo. Cuenta Sandra -que en su adolescencia- estaban de moda los «spaghetti western» junto a los clásicos western de Clint Eastwood. También era la época de Alain Delon y Jean Paul Belmondo y de las películas de terror como La Residencia. El Gran Pampa todavía conserva las telas de cuando abrió. Su estructura edilicia cambió con los años; se redujo la capacidad para hacer una salida de emergencia y se acomodó a las nuevas tecnologías. También cuenta que cambiaron la calefacción y que -durante muchos años- se alimentó a base de kerosene que se cargaban en un bocacalle de la vía pública.
En tanto, entró a la sala vacía para tratar de imaginar cómo fue esa apertura. Debe haber sido una sala llena, era todo una novedad. Parte del público que vino al festival sale de las funciones y les pregunto que perciben sobre estos espacios. La mayoría concluye en un solo comentario: “Son bellísimas y mantienen la mística de época”.
Micro Cine “Atilio Rossi”: Cine Teatro Pico
En 1984 la Asociación Italiana de Pico compra el cine Ideal y lo convierte en el actual Cine Teatro Pico. En sus instalaciones todavía conservan los primeros proyectores que funcionan a carbón. Arriba de la pantalla tiene un micro cine que lleva el nombre de Atilio Rossi, legendario tesorero de la Asociación. Su hija comenta el sentimiento del festival “Para mí es una emoción porque siempre venía al cine con mi papá. Salía del colegio y veía la función de las 19 hs y de las 22 hs”.
Claudio Mateo es el director artístico del festival y participa desde la primera edición. Cuenta que los adultos son los que más buscan las películas. El interés de realizadores locales y regionales por los talleres también creció. “La propuesta que se les va haciendo a ellos tiene cada vez más repercusión. Cuando arrancamos capaz que eran dos en un taller”, comentaba.
La proyección de películas.
El Cine Gran Pico todavía conserva las butacas originales de su inauguración. Eran de color verde pero algunas se retapizaron con celeste para hacer el espacio más atractivo. En sus instalaciones todavía se encuentran los proyectores originales que funcionaban a carbón.
Jorge Carrera junto a Tomas Sanchez fueron los primeros operadores.
¿Qué habrá detrás de esa puerta?
Jorge me hizo un recorrido por las instalaciones y me mostró el funcionamiento de los proyectores. Se emocionó mucho porque hacía alrededor de 20 años que no entraba.
Recuerda con entusiasmo que cuando comenzó había dos operadores, -que en la
actualidad serían los proyectoristas- pero en aquel momento se llamaban operadores. Cada proyector reproducía una hora de película. “Cuando las máquinas eran a carbón, venía una cinta con dos carbones: un positivo y un negativo. Lo arrimamos, se separaban un centímetro para que se hiciera la llama y con un espejo atrás se reproducía la luz. Había que estar siempre junto a la máquina por si se separaban los carbones las letras se veían amarillas”. Al principio se podían reproducir 12 minutos de película. Después los carreteles
que contenían las cintas se hicieron más grandes y permitieron proyectar 1 hora de película.
Después apareció el proyector a la lámpara y finalmente la digitalización.
El sonido era otra cuestión. Jorge recuerda una anécdota que hicieron para mejorar el sonido de las películas. “Había una lucecita que mostraba el sonido. Una vez con la aguja de coser fuimos buscando la luz del sonido que venía el cabezal. Con la aguja reducimos ese ruido que parecía como una radio vieja. Eran cuestiones de horas de trabajo”, comentaba.
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Antiguos Proyectores
Vivencias y anécdotas históricas, junto a las sensaciones tanto del público como de los realizadores que asisten tienen presencia en las salas. Estas fueron algunas de las expresiones encontradas en la 9° edición del Festival Nacional de Cine de General Pico.
Habrá que esperar a ver qué pasa con el futuro. Por el momento las salas aún agitan en la llanura.
Crónica: General Pico, una ciudad que abraza al cine
Por Walter Ponzo
El Festival de Cine de General Pico, en su novena edición, se erige nuevamente como un faro cultural en el corazón de La Pampa. Lo que comenzó como un esfuerzo de una asociación italiana en una ciudad que, para muchos, era desconocida, se ha consolidado como un evento de primer nivel, atrayendo a cineastas y amantes del séptimo arte de todo el país.
La jornada del 8 de agosto nos encuentra en el Microcine, con el Taller de Crónica y Cine impartido por el periodista Ulises Rodríguez. La ciudad ofrece un escenario inusual para el cine. No es una capital, pero ostenta dos salas de cine espectaculares, un privilegio que pocos lugares pueden presumir. El Cine Teatro Pico, con sus dimensiones imponentes, y el Cine Gran Pampa, una sala de estilo italiano con un mar de butacas en tres franjas, son el alma del festival. Estos espacios no solo proyectan películas, sino que también generan una atmósfera de complicidad y comunidad entre el público. La risa compartida en las escenas graciosas, las respiraciones contenidas en la oscuridad de la sala: el cine se siente y se vive. El festival se ha convertido en un punto de encuentro y un catalizador para la producción cinematográfica. Para muchos realizadores del interior, como yo, Pico es una vía de escape, un lugar para reavivar la pasión por contar historias. Este evento no solo da visibilidad a los trabajos, sino que también impulsa la creación y el movimiento de proyectos. El Festival de Cine de General Pico es más que una simple exhibición; es un espacio donde la comunidad cinéfila se abraza, donde los amores por el cine y las personas se entrelazan. Es la prueba de que, en un mundo incierto, el cine puede ser un refugio, un lugar para conectar y, por unos días, detener el tiempo en la oscuridad de una sala.
Donde las historias se miran y se cuentan
Por Ayelén Curetti
La función todavía no empezó, pero en la sala ya hay ojos que brillan. Una chica guarda el celular en el bolsillo de su campera de egresada, como si supiera que algo importante está por pasar. Un chico bosteza, sonríe, se acomoda. Una docente murmura que el corto de su grupo trata un tema que no imagina que le interese a nadie. Dos maestras, llegadas desde un pueblo vecino, se asombran: dicen que tal vez sí, la próxima vez podrían animarse a producir cine además de venir a ver, como si probarlo fuera una travesura.
En el aire hay algo más que la climatización de este frío invierno. No es suspenso ni nervios: es ganas de estar ahí, de formar parte, de descubrir qué pasa con este evento del que tanto se habla en las radios locales, los portales, las redes. De habitar un espacio que no figura en el horario escolar ni cabe en los márgenes de un cuaderno.
Algo más parecido a una fiesta que a una clase. Y, sin embargo, se aprende. Cada año, durante el Festival Nacional de Cine de General Pico, muchas escuelas cambian de aula por un rato y se sientan frente a la gran pantalla. El Encuentro de Escuelas propone eso: un tiempo y un lugar para mirar y dejarse mirar, para ver en el cine un espejo o una ventana, a veces las dos cosas al mismo tiempo. En un rincón, un grupo discute a media voz sobre el final de un corto: “Pero para mí quería decir que…”, dice uno. “No, fijate en el sonido que le pusieron a esa toma”, retruca otro. La docente que los acompaña los escucha y sonríe: esa es la conversación que vino a buscar. La idea no nació ayer. Desde la primera versión del festival, los organizadores soñaron con tejer una comunidad educativa alrededor del cine. Con el tiempo, conquistaron logros como el jurado juvenil y la participación de distintos niveles educativos. Un grupo de adolescentes, al menos tres meses antes del evento, se reúne varias veces para aprender sobre cine. Se los ve atentos, tomando notas, debatiendo con entusiasmo sobre planos, guiones y escenas. Uno comenta con orgullo que fue elegido nuevamente para representar a su escuela. Durante su último encuentro de esta edición, como cada año, discutirán apasionadamente mientras preparan su voto, deliberando con argumentos que reflejan lo aprendido. Este grupo, además de ser parte esencial de los Encuentros de Escuelas, decidirá quién, en esta novena edición, se llevará el Premio del Jurado Juvenil al Mejor Cortometraje Regional. Así, esas escuelas se transforman en mucho más que espectadores: producen, debaten y eligen con la misma pasión que cualquier cineasta. No hay un solo público ni una sola forma de estar en la sala. Las funciones se organizan por niveles: jardín, primaria, secundaria (incluida la modalidad de jóvenes y adultos y el programa “Vos podés”) y, desde este 2025, también estudiantes universitarios de la UNLPam. Cada grupo llega con su energía, sus códigos, sus preguntas. Aunque no compartan cortometraje ni horario, están conectados por un mismo gesto: sentarse a mirar juntos. Durante la proyección de este lunes del Encuentro de nivel secundario, la sala fue un mosaico de voces, miradas y gestos. Se sucedieron cortometrajes con recursos muy distintos: planos contemplativos, historias contadas en el patio de la escuela, en un campo, en la facultad de veterinaria y hasta en el cementerio local. Entre cada proyección, el silencio se rompía para dar paso a debates, algunos más encendidos que otros, pero todos atentos. En uno de esos intercambios, una estudiante levantó la mano y preguntó: “¿Pero este corto… qué enseñanza deja?” Simón, el moderador, bajó la mirada y, con una sonrisa de satisfacción, respondió por el micrófono que en el cine a veces lo que importa no es enseñar algo, sino contar con voz propia lo que se vive.
Eso encendió otra conversación: por qué, teniendo la oportunidad de contar desde su mirada adolescente, tantas veces eligen ponerse en la piel de una edad mayor. En la pantalla, durante el Encuentro de Escuelas, aparecen historias contadas con voces jóvenes. Afuera, en la vereda, cuando acaba la función, se oyen debates, comentarios y hasta un joven que apunta una idea en una conversación de WhatsApp consigo mismo. Quizá sea un guion; quizá solo una frase que lo impactó y quiere recordar después. A veces la chispa se enciende ahí y prende más tarde: en un taller de cine en la escuela, en la idea de participar en la próxima edición tras una tarde de rodaje improvisado entre mates y tareas. Ahora todos saben que también pueden hacer cine. Este año, además, el Encuentro suma una proyección en horario central. Un viernes por la noche se abren las puertas del Cine Teatro Pico para mostrar cortos producidos por estudiantes. Adolescentes, familias, docentes, vecinos: todos se acercan. Porque ser escuela fuera del aula también es esto: cruzar la vereda, pagar una entrada simbólica, sorprenderse, escuchar, ver lo que otros tienen para contar y dejarse tocar por las historias. Y aunque el Encuentro de Escuelas sea apenas una porción del festival, es una porción mágica. A la par sucede también el otro cine: de autor, de género, regional, internacional. Cine de miedo y de ternura. De rescate y de frontera. Hay talleres, hay jurados, hay pantallas encendidas. Y hay historia. En agosto, en General Pico el festival se vive en toda la ciudad durante una semana, pero sobre todo se proyecta en dos salas emblemáticas: el Cine Teatro Pico y el Cine Gran Pampa. Dos edificios nacidos del sueño colectivo de la Asociación Italiana XX de Septiembre, cuando el cine era ritual y salir a ver una película, una ceremonia. Salas que conservan su arquitectura, su acústica, su misterio. Que siguen siendo faros. Porque mirar cine en esas butacas no es lo mismo que verlo en casa. Porque el cine se comparte, se respira, se vive en comunidad. Y, sobre todo, está el cine. Porque palpitan historias, porque brotan ganas que inspiran. Desde la infancia nos enseñan no solo a narrar, sino a observar con atención, a abrir el corazón con ternura y respeto. A escuchar las voces ajenas, a descubrir que existen mil maneras de expresar quiénes somos. Espacios como este son una invitación permanente: a crear, a descubrir, a aprender juntos. En General Pico somos un público que no sólo presencia, sino que participa, sueña y vibra con cada relato. Y cada año, este festival nos convoca a vivir el cine como si fuera parte de nuestra propia historia. Seas de donde seas, por unos días podés ser un piquense más, protagonista de esta experiencia compartida.
Las historias que no me contaron
Por Manuela Gómez Pérez
Miraba el reloj, ansiosa, porque la boletería no se ponía en funcionamiento, mientras veía llegar personas de todas las edades, entre ellas, se destacaba una señora con su tapado rojo, apoyándose sobre su bastón, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara, dejando un perfume a nostalgia. El motivo de la reunión tan peculiar fue la primera película que se proyectaba en el festival de cine de General Pico, la que ahora es mi ciudad pero que por mucho tiempo no lo fue. La apertura me sorprendió con FILIPPINI ¿qué es cine? Del director sebastian Ayerra.
El film mejor dicho, me encontró en esas imágenes que evocaban épocas lejanas y también cercanas y con las que viaje a mis raíces, a las raíces de una provincia. En la sala del cine teatro, con 200 personas y una banda de músicos tan jóvenes como talentosos, vi mi infancia pasar, pensé, en mi primera vez en el cine, en mis abuelos, en mi historia y entre charlas bajitas, suspiros e incluso risas descubrí que no solo era mía. En esas dos horas, sentada en la butaca, pude ver a mi pueblo levantarse aunque no era el mismo que se mostraba en pantalla y a sus paisanos a caballo, que alguna vez fueron, y que aún resisten en algún lugar, tambien vi, señores de la gran ciudad con traje que me eran ajenos, pero ahí estaban, reconstruyendo el archivo de una provincia. Mis abuelos no llegaron a contarme su versión pero ahora puedo imaginar que así se vería. Puse una historia en donde antes solo había vacío, porque cada parte, en la reconstrucción de una historia, es fundamental y el material audiovisual materializa aquellas cosas que solo podíamos imaginar. Me encuentro escribiendo gracias a un taller, poniendo palabras sobre imágenes que llenaron mucho espacio porque el festival no es sólo la proyección de muchas películas a un bajo costo, son maneras de ver el mundo que se nos prestan por un momento. Lo que hacemos con ese secreto que se nos brinda, como dijo un compañero, es la esencia. La película que dejó un abanico de significados a mí, me dejo esta reflexion: General Pico no es mi ciudad natal pero me ha dado asilo y resistencia. Es la historia que hice carne y que será la de mis hijos. El festival de cine abre puertas, abre momentos de introspección y abre futuro por eso debemos rescatarlo y celebrarlo para que cada año nos cuente esas historias que jamás nos contaron…
El claroscuro de la “normalidad”: el cine que nos mira
Por Noelia Parenzuela
“Ningún arte traspasa nuestra consciencia de la misma forma que lo hace el cine tocando directamente nuestras emociones profundizando en los obscuros habitáculos de nuestras almas.”
Ingmar Bergman
El gato Rubio duerme en el sillón habitual pero de vez en cuando levanta la cabeza para mirar lo que hago como si quisiera develar el misterio que me envuelve. En una mano tengo la grilla, en la otra la agenda. Cada año, desde que comenzó este festín de mis sentidos, selecciono como un tetris las combinaciones exactas que me lleven a conjugar la irrupción furiosa del cinematógrafo con la tarea de ablandar el ladrillo todos los días, como dice Cortázar. Largometrajes de la Competencia Nacional, Cortos Nacionales, Cortos de Escuela y Universidad, Muestra Pampeana, Panorama Internacional y Muestra Italiana. ¿Por dónde iré? ¿Cómo diagramar para quedarme con la satisfacción perruna de haber visto lo más posible? En ese laberinto me sumerjo como Alicia, como quien entra en trance por siete días de agosto, en esta ocasión. No creo haber faltado a ninguna película de la Muestra Italiana, y este año no es la excepción. El Festival de Cine de General Pico en su novena edición revivió dos clásicos que la ciudad admira por primera vez en nuestra, siempre elogiada, sala del Gran Pampa, inaugurada el 5 de junio de 1969, todo un emblema de la comunidad.
El Conformista de Bernardo Bertolucci y Rocco y sus hermanos de Luchino Visconti, ambas restauradas por la Cineteca de Bologna. Excepcionales las dos, aunque me inclinaré por dejarles algunas premisas sobre la primera. El Conformista se estrenó en 1970 en el Festival Internacional de Berlín -no sin polémicas por su contenido ideológico, prohibida de hecho en nuestro país en algún momento de la última dictadura- y catapultó al director (quien prometía como discípulo de Pasolini) al firmamento de los memorables al retratar, basándose en la novela homónima de Alberto Moravia, el ascenso de la derecha en la Italia fascista de 1930, la década infame por estos lares.
“El cine que agita la llanura” en esta nueva entrega del 2025 -como eligieron definir al slogan de este año al encuentro cinéfilo que se desarrolla desde 2015- nos ofrece la posibilidad de ubicar, en un film que ya pasó el medio siglo, un tufillo del pasado que resurge. Sin dudas, la programación de una película política que cobra vigencia no puede más que entenderse como profunda y delicadamente deliberada. Celebro eso. A las 20.30 hs. del sábado, día tres del Festival, comenzaba la proyección. Existen pocos lugares a los que respete tanto el horario como la llegada al cine, prefiero tener siempre diez o quince minutos de ventaja así que con ese cuidado de no ser espectadora tardía llego al hall mirando el reloj, este año con la sorpresa de la instalación de un luminoso café que reemplaza el quiosco usual. Integrantes de la Asociación Italiana nos esperan detrás de la boletería con una pequeña copa de limoncello que nos acompañó hasta el ingreso a sala con el permiso de quienes amablemente nos reciben las entradas. Me acompaña mi amiga Mariana, artista plástica, con quién post película tenemos debates riquísimos que nos llevamos hasta la laguna el día siguiente cuando, al sol cálido del invierno que ya se va, apasionada me habla de brutalismo, pintura metafísica, manifiesto futurista, del Epidauro.
Elegimos ubicarnos en las butacas del medio cerca del pasillo derecho, hay una costumbre que tengo cuando voy sola al cine y es la de medir milimétricamente el medio exacto en una especie de búsqueda del lugar ideal, una intentona del equilibrio, del justo medio de todas las cosas, pero cuando voy acompañada sólo me dejo llevar. Pasados unos minutos del horario estipulado Maui Alena toma el micrófono y hace las presentaciones, nos introduce a la obra del director pero se nos dificulta escucharlo porque tres señoras detrás nuestro no podían parar de parlotear mientras se escuchaban los “shhh” desde varias direcciones. Aún con esa interferencia, llego a escuchar que cita la controvertida escena de El último tango en París (1972) y reconoce las polémicas que cayeron sobre el director acerca del abuso sexual cometido en complicidad con Marlon Brando a Maria Schneider.
Las mujeres detrás siguen sin registrar este momento y voy perdiendo la paciencia, la miro a Mariana y sentencio: espero que no hablen durante la película también. Se apagan las luces que forman la bandera italiana en la cúspide de la sala y empieza a rodar la acción por la bicicleta de nuestra retina. Más de un centenar de personas fuimos testigos de la actuación soberbia de Jean Louis Trintignant, quien ilustra la vida de Marcello Clerici, un personaje en constante pugna interna que hace de la banalidad del mal arte y parte solo para encajar en los cánones de un sentimiento de época atravesado por la violencia. En ese plan, se alista a las filas de la OVRA (Organizzazione per la Vigilanza e la Repressione dell’Antifascismo) como agente secreto para recabar información de un subversivo exiliado en París que además, había sido su profesor de Filosofía.
La patria primero es lo que exclama en algunos de los pasajes de la obra. Segundo la familia. Se casa con Giulia, a quien considera mediocre y no la ama, sólo porque desesperadamente anhela mirarse al espejo y sentirse normal. El pasaporte a esa fachada legítima parece resumirse en el lema “Dios, Patria y Familia”, trinidad que durante el régimen de Mussolini se convirtió en un slogan de moda, una correa de transmisión del orden diría Roberto Saviano. El Dios que adora la derecha no es díscolo, no representa a todos, excluye a proscriptos y muertos. La Patria como sistema maquiavélico que ridiculiza a una otredad, que caricaturiza lo alterno, singularidad de la que hoy no podemos más que vernos reflejados. La Familia marcada por la heteronormatividad es una donde el Pater Familias acapara el juego de la moral. Su contrapartida se muestra en la sede de las controversias, entre lo posible y lo deseable, cuando entra en escena Anna que se entronca en una simbiosis femenina con su esposa y se abre paso así a lo que Guy Bechtel considera como las cuatro mujeres de Dios: la puta, la bruja, la santa y la tonta. Sobre el final, un silencio total recorre la oscuridad de la sala cuando el escenario final de traiciones revela el noveno círculo del infierno dantesco. Al profesor, referencia que me llevó a pensar en la española La lengua de las mariposas de José Luis Cuerda de 1999. A su amigo ciego y a sí mismo ajustándose camaleónicamente a los dictámenes de otros. Clerici, un tipo gris que elige no elegir. Cuando se prenden las luces, aún miramos la mayoría absortos los créditos, como si siguiéramos buscando señales que nos ayuden a desenmarañar la cantidad de pistas estéticas y argumentales, miro a Mariana y sin mediar frases nos dijimos banderas de ayer realizaciones de hoy. Y aquí confluyen dos cuestiones, un discurso recauchutado que muchos líderes políticos desempolvan para ajustarlo a sus discursos actuales y una actitud “clericiana” donde se es cómplice de la normalización de la aberración casi sin querer. Por desidia o desencanto.
No resultó el objetivo de esta suma de palabras presentarles a ustedes las enormes aristas y capas de análisis que podemos tejer si desentrañamos el universo al que nos introduce esta obra maestra del séptimo arte sino más bien es una invitación a una premisa que tiene este Festival desde el día uno y es la de “educar la mirada”. Que en este marco, en una semana en la que finamente diseccionamos la grilla para ajustarla a la vorágine de nuestro cotidiano, podamos detenernos, en un mundo frenético donde las plataformas on demand nos alejan de la experiencia colectiva que es una y es irremplazable de mirar cine en una especie de hermandad, cuando menos lo esperamos se produce la magia, el cine nos mira a nosotros.
Taller de Cine y Crónica – PicoFest25
¿Dónde depositamos nuestros miedos?
Una crónica de Brian E. Ortmann
Agosto, además de ser para quienes habitamos la provincia de La Pampa el mes de los vientos, es motivo seguro de emociones ya que trae consigo un pequeño gran oasis a la ciudad de General Pico, con el retorno de una nueva edición de su Festival Nacional de Cine; una novena edición colmada de desafíos, expectativas y el crisol de experiencias que supone vivenciar estos días de cinefilia y comunidad para la ciudad, sus habitantes, y por sobre todas las cosas, para las realizadoras y realizadores que durante la semana se convocan bajo los ritmos de un ritual secreto compartido y buscarán encontrar por estos pagos, tanto en las calles como en las salas, un diálogo con ese potencial público dispuesto a escuchar sus voces, siempre con la excusa mediante de una función de cine.
Y es a razón de público y testigo situacional en este ritual fílmico que me encuentro por primera vez siendo parte del Festival, tras un gélido viaje de madrugada desde tierras toayenses, con el neblinoso objetivo de no sólo lograr embeberme en la esencia festivalera que todo el evento promete, sino también de acompañar y extraer alguna respuesta al que es, a mi humilde parecer, el sorpresivo octavo pasajero de esta edición: la sección paralela de terror.
Es que al encontrarme a través de las redes del Festival con este ciclo de funciones trasnoche bajo el nombre PORTALES, rápidamente surge el germen de la duda, la sincera incógnita de cómo podría llegar a encajar una selección temática tan particular, en sus géneros, en sus propuestas, hasta en su horario dispuesto, con el público de una ciudad del interior pampeano.
Para adentrarnos entonces un poco más en la sección paralela, podemos contextualizar su propuesta. Se trata de un ciclo que vio la luz en 2024, la octava edición del festival, bajo el ala de José Fuentes Navarro -reconocido programador de ciclos clásicos y de autor en el Auditorio Fahrenheit del Cineclub Municipal de Córdoba- y llega en esta ocasión a las salas piquenses a través del ojo curatorial de Rocío Rocha, que oficia por primera vez en el Festival de programadora y maestra de ceremonias durante la presentación de la selección, noche tras noche, antes de que las luces de la sala se apaguen para dar paso al terror.
Y la selección, dicho sea de paso, es sin lugar a dudas un ejemplo concreto de lo extraordinario del ciclo: se tratan de estrenos internacionales en Argentina, 1 Taller de Cine y Crónica – PicoFest25 provenientes de numerosas latitudes y longitudes: desde Corea del Sur a Perú, pasando por España, Grecia, y otras tantas lejanas geografías. Es acá, cabe aclarar, donde reside el meollo que me empuja a la hora de escribir esta crónica: ¿cómo creemos que serán percibidas estas narraciones tan distantes y dispares en un público local, con los condicionantes y los alicientes que nuestra tierra nos provee en igual medida a la hora de disfrutar un momento de cine y, en particular, asimilarnos a una propuesta de terror? De todos modos, acá nadie está inventando la rueda. Esta quimera es por supuesto el hilo conductor del propio manifiesto del ciclo, que desde la mismísima página del festival al presentarse se plantea como “una invitación para quienes buscan más que un susto: enfrentar, en la oscuridad compartida, aquello que el cine revela sobre nosotros”.
He aquí entonces el desafío emergente, pero también la hipótesis alrededor de su posible éxito. El viernes por la noche, durante las horas previas a la función inaugural, ya encontramos en el hall de entrada del Gran Pampa cierta expectación por la jornada. En parte se debe a que el equipo a cargo de la programación ha colocado como película previa en sala a Millenium Mambo (Qianxi mànbo), clásico moderno del taiwanés Hou Hsiao-Hsien, y por su presentación dentro del ciclo de Panorama Internacional han decorado el espacio con preciosos farolillos de seda por los arcos y dinteles del histórico salón de la Sociedad Italiana, logrando traer gracias a ello un inesperado aura de doble función de cine asiático junto a Noise (노이즈), la ópera prima de Kim Soo-jin que da inicio a PORTALES.
Esta búsqueda temática se podría decir que logra surtir su efecto, porque al ingresar a la sala tras un pequeño descanso entre ambas películas, en el público se reconocen rostros repetidos de la función anterior, pero con la particularidad de sumar a su vez parte de la fauna habitual que habita estos géneros: grupitos numerosos de jóvenes con ansias de compartir unos buenos sustos, algunas parejas en clave de cita que en el miedo encuentran vía a la adrenalina, hasta un par de señoras amigas que se han animado a la propuesta ocasional y comentan por lo bajo que esperan disfrutarla a pesar de una obvia barrera idiomática -dicho acá en términos menos coloquiales que los escuchados-.
Con el típico popeo de micrófono y un gracioso ida y vuelta introductorio, Rocío Rocha da entonces inicio a la primera presentación de ciclo: agradece a las y los presentes, pregunta por quiénes estamos familiarizados con el cine surcoreano -a lo 2 Taller de Cine y Crónica – PicoFest25 cual varias manos se levantan, incluyéndome-, saca un par de risas nerviosas al comentar que la distribuidora de esta ópera prima, Terrorífico Films, es la responsable del estreno en el país de “la de Winnie Pooh falopa”. Más allá del cotilleo de rutina, Rocío también se toma el tiempo para introducirnos un poco a las historias que serán presentadas en pantalla durante estos días y se despide entre aplausos con un sincero “¡Asustense un poco!”.
Sin extendernos demasiado, la elección de Noise como película de apertura del ciclo marca un gran acierto en la programación, sobre todo por cumplir con creces rellenando ese hipotético y horroroso bingo para quienes buscamos una experiencia acorde a la propuesta: el manejo de tensión milimétrica, jumpscares abundantes -admitiendo haber caído en varios de ellos-, ambiencias y entornos estéticamente emplazados en el género, un trabajo de sonido muy propio de localía asiática (con claras referencias a obras japonesas como Ju-On o Noroi) y que apuesta a construir alrededor de un personaje con pérdida de audición como cuestión clave de auricularización, el manejo de registro diegético con videocámaras y material encontrado como elementos dentro de la propia narrativa, un emplazamiento de la historia en un thriller cuasi-policial (algo que también toma prestado de su lugar de origen y que trae reminiscencias a The Wailing y Memories of Murder) donde la protagonista deberá desenmarañar el misterio alrededor de su hermana y que podrá a prueba su propia vida. Pero además de esos aspectos más relacionados a lo técnico, también encontramos dentro de su relato temáticas del presente que pueden ser entendidas con mucha facilidad, tal es el caso de la soledad y la depresión en los entornos urbanos, la fractura social que supone la pérdida de lazos vinculares con la comunidad, la apatía e impotencia frente a un Estado que empantana todo en procesos burocráticos interminables, las tragedias familiares y los traumas no expresados que decantan en problemas graves de salud y sanidad. Al correr los créditos, los aplausos del público certifican el resultado de la proyección inicial. De regreso a donde me hospedo, caminando por las calles semi vacías de un General Pico aunado entre sonidos lejanos y luces de neón que dibujan sombras extrañas en las veredas, miro de reojo esperando aún el siguiente jumpscare.
Al siguiente día, tras haber transitado una noche sin pesadillas aparentes ni escalofríos de sudor frío a horas de gallos, nos vamos preparando para la siguiente jornada de terror trasnoche, entremezclando los nervios previos con una nueva 3 Taller de Cine y Crónica – PicoFest25 tanta de visionados, en este caso la muestra de cortometrajes pampeanos en el Cine Teatro Pico y posteriormente, la primera función de la muestra de cine italiano con la proyección de Il Conformista de Bernardo Bertolucci en el Gran Pampa.
Y es allí donde nos dan la noticia de un pequeño ajuste en el cronograma de funciones: esa noche no pasarán el filme griego She loved blossoms more, de Yannis Veslemes, sino que será estrenada otra ópera prima, la catalana L’home dels nassos (El hombre de las narices), de la realizadora Abigail Schaaff. Una vez más, se asoma por casualidad un criterio temático entre ambas funciones de sala: dos películas europeas de época, ambas transitando los condimentos y narrativas de un período histórico concreto (guerras y autoritarismos). Tras el ingreso a sala, Rocío Rocha nos recibe por segunda vez comentando el cambio de programa y profundizando un poco más en las búsquedas del ciclo. Según ella no se trata de mostrar un panorama de diversidad en el cine contemporáneo de terror, también hay una intencionalidad de “encarar nuevos miedos y nuevos terrores”: en poder encontrar la manera de contextualizar el horror cotidiano mediante narrativas y herramientas que el cine nos ofrece gracias a un abanico infinito de autoras y autores que piensan en la muerte, que atraviesan duelos, que sobrepiensan, que le temen a la locura, que cuestionan su existencia.
Y tal es el caso de la película proyectada gracias al aporte de Filmax, una agencia de distribución española que se sube a una nueva ola de producciones de género locales muy centralizadas en el concepto de “pueblo chico, infierno grande” y utilizan esa diégesis de fábula (algo que encuentra su asidero en otros dramas históricos-fantásticos como El laberinto del fauno) para dialogar sobre cuestiones de relevancia para el presente de ese país: las consecuencias del franquismo en pequeñas comunidades, los resabios del colonialismo imperial y las corrientes migratorias producto de ella, el ataque a las minorías mediante prácticas xenofóbicas, homofóbicas, misóginas, la implicancias de la religión y las creencias populares en construcciones identitarias familiares, la revalorización del trauma y la memoria como elemento social cohesivo. Una vez más, cuando las luces se encienden y los aplausos se hacen llegar, múltiples rostros aprueban lo acontecido.
Ya encaminado por segunda noche a descansar, atento a escuchar algún olisqueo furtivo entre mis pasos, me hago uno con los personajes del filme y para evitar ser atrapado por el Hombre de la Narices, evito caer en la mentira al augurarle a este ciclo un merecido triunfo y una promesa de próximo reencuentro.
*Periodista especializado en cine argentino con una mirada federal. Lleva más de 2 décadas cubriendo festivales de cine de todo el país para medios como Infobae, Anfibia, Escribiendo Cine y la revista Directores. Coordinador del área de prensa de Directores Argentinos Cinematográficos (DAC) y columnista en los programas El Refugio de Osvaldo Quiroga (AM 530-Radio de las Madres) y Cinefilia de Luis Kramer (Radio Punto Cero). Integra los equipos de los Festivales: Oberá en Cortos (Misiones), FAB (Bariloche), Cine en Grande (Tierra del Fuego) y es uno de los programadores del PEFF (Patagonia Eco Film Fest) de Puerto Madryn. A la vez es productor del ciclo documental ambiental Elemento Vital que se emite por la pantalla de IP Noticias y 15 canales de universidades nacionales. Ejerció como docente de la materia Escritura Creativa de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata