En El pródigo, Dardo Cuellar nos entrega una lírica de la reconciliación. El poema es un tránsito que va desde la angustia del tiempo que huye hasta el hallazgo de una herencia inesperada: la vida no nos juzga como ladrones de sus frutos, sino que nos persigue para devolvernos lo que es nuestro. Con una mirada que hermana el cansancio del obrero con la visión del artista, Cuellar invoca la sombra de Rembrandt para sellar su obra. No es solo un poema; es el abrazo de ese padre pictórico que recibe al hijo cansado. Es la aceptación de que, bajo la «noche clara», la existencia no es una deuda, sino un refugio.
El pródigo
Por Dardo Cuellar
Busco que se me ocurra una palabra,
queriendo que se detenga el tiempo.
Algunos días se caen murallas.
Otros, apenas
se mueven las hojas junto con mi sombra.
¡Qué ignorancia la mía!
Creí robarle las frutas al quintero,
y hasta la última luna de vida,
el quintero me persigue gritando que son mías.
Esta luna que veo ahora es testigo de todo embrión.
Cuentan algunas lenguas que vio el nacimiento
hasta del mismo sol.
Brilla, ilumina la noche
de cuanto creador pudo soñar,
del músico y del obrero del campo
que suelta su cuerpo porque ya no da más.
Si hasta la misma bestia y el caballo
hacen temblar la tierra con su cabalgar.
Cuando ella aparece
seduce a todos,
como brazos de una madre
que te lleva a otro lugar.
¡Abre tu noche clara,
como esa
que hizo que un tal Rembrandt,
con sus ojos cansados y sus viejas manos,
intentará dibujar
el sentir de estar entre tus manos!