El retrato en la penumbra

 Por Maria Virginia Figal (Profesora y Psicóloga Social)



Cuando me mudé a la casa de la calle olvidada, no sabía nada de su historia. Una calle sin salida, pero era lo que pude comprar, demasiado barata, y podía restaurarla de a poco.

Apenas la vi, con su fachada descascarada y ventanas angostas, sentí que me llamaba. Era pequeña y silenciosa, perfecta para esconderme del mundo.
Los primeros días pasaron sin incidentes, salvo por una sensación persistente en el pasillo central. Allí, la luz apenas se filtraba por una claraboya sucia, y colgado de la pared más oscura había un cuadro antiguo. Decidí dejarlo allí porque me gustan los adornos antiguos, pensé que quienes habían habitado anteriormente no le daban el valor real y quisieron dejarlo, como también un placard muy viejo y algunas chucherías de cerámica.
El retrato mostraba a una mujer de rostro pálido y vestido antiguo. Sus ojos, oscuros y profundos, me producían una incomodidad extraña pero también una seducción y curiosidad. No sonreía, pero tampoco parecía triste. Más bien parecía esperar.
Al principio intenté ignorarlo, acomodando cajas con mis pertenencias. Pasaba frente al cuadro y desviaba la mirada. Sin embargo, con los días, comencé a notar algo imposible: los ojos cambiaban de dirección.
Una mañana los vi mirando hacia la puerta de entrada; esa misma noche, al cruzar el pasillo, estaban fijos en mí. Me convencí de que era mi imaginación, un efecto de la penumbra o del cansancio que me provocaba la mudanza. Pero el cuadro no solo cambiaba sus ojos: sus labios se humedecían, el vestido parecía respirar.
Una noche de insomnio, mientras la tormenta azotaba las ventanas, escuché un murmullo. Era apenas un hilo de voz que surgía del pasillo:
Maria Virginia…
Congelé la respiración. Nadie me llamaba así. Y es justamente como me agrada que me llamen. Tomé una vela y caminé hacia el cuadro. Las sombras bailaban en la pared descascarada. Y allí estaba ella, de pie frente a mí, idéntica al retrato. El vestido no era pintura, era tela húmeda y fría. Sus manos temblaban como hojas secas.
—¿Por qué me dejaste aquí? —preguntó con una voz que parecía venir de debajo de la tierra.
No sé quién sos —susurré.
Ella ladeó la cabeza y dio un paso hacia mí. El pasillo se encogió; el aire se volvió pesado, difícil de respirar.

Siempre regresan —dijo—. Todos creen que pueden habitar esta casa sin pagar el precio.
Detrás de mí, el cuadro cayó al suelo con un golpe seco. El vidrio se hizo añicos, reflejando mi rostro desfigurado por el miedo. Pero en ese reflejo había algo más: dos figuras. Yo… y ella.
Miré el marco vacío colgado del clavo: ya no había pintura.
La mujer se acercó hasta quedar frente a frente. Sus ojos, que ya no estaban en el cuadro, se clavaron en los míos. No había odio ni ternura; solo un abismo silencioso.
En un parpadeo, la oscuridad me envolvió. Sentí frío en la piel, como si la pintura me cubriera desde dentro. Cuando abrí los ojos, ya no estaba en el pasillo. Estaba dentro del cuadro.
Podía ver mi propia casa desde la penumbra de un marco colgado en la pared. Podía ver el pasillo, las ventanas, la puerta… y a una nueva mujer, entrando con una llave en la mano.
Hermosa casa —la escuché decir.
Quise gritarle que se fuera, que rompiera el cuadro, que no cruzara esa puerta. Pero mi voz se ahogó en el lienzo.
La mujer del vestido antiguo sonrió a mi lado.
Siempre hay alguien nuevo que cree que puede quedarse —susurró—. Y siempre termina pagando el precio.
Desde entonces espero.
Espero el próximo rostro que se atreva a mirar los ojos del cuadro.

Compartir

Autor

Avatar