La lectura como ampliación de la conciencia

Por Iván Wielikosielek, para El Lobo Estepario

Si un escritor total es aquel que además de cultivar en profundidad varios géneros (sobre todo el poético y el narrativo) se dedica a promover la lectura y reivindicar a los autores de un país injustamente olvidados; y si encima el escritor en cuestión trasciende su labor literaria para dedicarsea la docencia dando charlas y conferencias gratuitas en congresos y ferias pero (y sobre todo) en modestas escuelas, universidades y bibliotecas; entonces estamos hablando no sólo de un escritor total sino de un intelectual absoluto, de un ser humano imprescindible para la cultura de un país y del mundo. Y bien, desde este humilde puesto de periodista no vacilo un segundo en afirmar que María Teresa Andruetto pertenece a esta raza de humanistas. Se trata de artistas que trascienden el arte para inscribirse en la sociedad, de escritores que son mucho más que sus libros y logran instalar sus temas en la “conversación” de un pueblo, de intelectuales que están mucho más allá del pensamiento y por eso cavan hasta el sentimiento ya que su gravitación final tiene lugar en el espíritu humano, ese único sitio desde donde pueden empezar a mejorarse las personas. Por eso tampoco vacilo en afirmar que, una tarea intelectual y comprometida como la llevada a cabo por Andruetto a lo largo de los últimos treinta años, es un modo de filantropía.
Por todo lo dicho, resulta muy fácil o muy difícil entrevistarla. Muy fácil porque se la puede abordar desde muchos ángulos; desde la literatura hasta la pedagogía, desde el universo infantil hasta el adulto, desde la formación de lectores hasta la formación de escritores (dictó talleres en ambas disciplinas) y desde las políticas del libro hasta la realidad editorial de un país. Pero si a la vez es muy difícil entrevistarla se debe a que, si se quiere un cierto nivel de profundidad, se hace necesario elegir el tema. Y bien, aprovechando que la escritora nacida en Arroyo Cabral acaba de presentar su ensayo “La lectura, otra revolución” y que estamos en la librería de Eduvim, opto por centrar mi entrevista en esa fabulosa actividad intelectual y ociosa, madre del placer y del conocimiento.

– Sándor Márai decía que en Hungría, los escritores “además de escribir” tenían la “obligación moral” de traducir para su pequeña comunidad lingüística ¿Creés que los escritores argentinos tienen, además de “escribir”, la tarea irrenunciable de formar lectores?
-En cierta forma, sí. Pero creo que a esa obligación la teníamos mucho más en los ´80 y en los ´90, ya que en los últimos años se está trabajando muy bien al respecto.

-Eso coincide con el tiempo en que vos comenzás con tus talleres en el año ´84…
-Sí, porque nuestro país, de una tremenda tradición en lectura y escritura, sufrió los terribles efectos de la Dictadura. Y a partir del ´76 hay algo que se corta. A tal punto que recién ahora estamos alcanzando el nivel de ediciones que teníamos en el año ´73. En los ´80, con la recuperación de la Democracia, surgen muchos centros de investigación que se empiezan a preocupar por el maridaje Literatura y Escuela como un espacio en la formación de las personas. Y es en ese contexto que con un grupo de colegas armamos el CEDILIJ (Centro de Literatura Infanto Juvenil de Córdoba). También hubo mucha siembra, como un plan nacional en tiempos de Alfonsín que dirigió Eve Clementi y que permitió un renacer de la lectura en muchos lugares del interior. Fue un trabajo muy duro el de recuperar el terreno perdido en la lectura.

-¿No basta con saber leer para convertirse en lector?
-Para algunos, la lectura es una actividad que no necesita de un tercero; sea porque naciste entre libros, porque tus padres te lo transmitieron o porque te agarró un hermoso raye y te enamoraste de una biblioteca. Pero esos son los casos aislados. La pregunta es ¿qué pasa con el común de la gente?Pasa que si no reciben ese incentivo en la escuela, no lo reciben en ningún lado.

-¿Cómo definirías la escuela en la cadena de la lectura?
-La escuela es la que hace la gran diferencia ya que es el lugar por donde pasamos todos. Y en ese sentido, debo reconocer que la escuela ha crecido en los últimos tiempos, aunque todavía le falte mucho. Hoy en día, un maestro tiene dos años más de formación, hay más espacio para la literatura y el grueso de las escuelas tienen ya incorporada la importancia de un espacio de lectura, amén de un montón de buenos libros que llegan comprados por el Estado. Pero por otro lado, les delegamos a los maestros toda la problemática social. Y ellos se tienen que encargar de todo.

-¿Qué creés que se debería hacer para optimizar la formación de lectres en el primario?
-Yo sugeriría que, además de las horas de clases, un maestro tenga incluidas en su salario tres o cuatro horas semanales de lectura para que pueda seguir creciendo como lector. Muchas veces ocurre que una mestra es jefa de hogar, tiene chicos, dos turnos que atender, y cuando llega a su casa debe resolver mil cosas ¿Y en qué momento continúa ella con su formación? La idea es que, poder crecer en la lectura, no sea un lujo sino parte de la cotidianeidad, que alguien no se congele en su lugar de docencia y tenga un corpus de libros para enseñar cada vez más amplio.

Hacia una revolución sin adjetivos

-¿Cuál es esa “otra revolución” que produce la lectura que planteás en tu libro?
-Básicamente una revolución en torno a uno mismo; la posibilidad de tomar conciencia acerca de nuestra propia subjetividad y el intento de comprender a un otro posible. No hay ningún cambio que se pueda producir afuera que no se produzca primero adentro de cada uno. Y al mismo tiempo, los cambios internos modifican inevitablemente el exterior. En este sentido, la lectura y la escritura son caminos de autoconocimiento pero también de conocimiento del otro.

-¿Cómo nace tu libro en torno a la lectura?
-Es un conjunto de conferencias que di desde el año 2000 a la actualidad. “La lectura, otra revolución” es una continuidad de un ensayo mío anterior titulado “Hacia una literatura sin adjetivos” que también este estaba hecho de conferencias. Aquel libro mío fue muy citado porque decía cosas que por ese entonces se callaban.

-¿Cómo cuáles?
-Por ejemplo, yo estaba muy enojada por la comercialización que se estaba haciendo con la literatura infantil en los ´90, por el mercantilismo en que habían entrado muchos ecritores y el funcionamiento editorial avalado desde el gobierno, que tenía a la Escuela como comprador cautivo vendiéndole mucha porquería. Digamos que tomé un posicionamiento político y denuncié la falta de un espacio crítico, que hacía que no hubiese un filtro de calidad.

-¿Cambió la realidad del libro infantil desde aquel entonces?
-Cambió y mucho. La crisis del 2001 quebró esa lógica definitivamente. Empezaron a surgir pequeñas editoriales con tiradas muy chiquitas publicando libros de grandísima calidad junto al nacimiento de muchas voces críticas. Y, sobre todo, pasó algo muy importante: que mucha gente que venía de la formación académica empezó a mirar con interés el mundo de los libros para chicos. Eso llevó a que hoy haya mucha compra estatal de libros de calidad bien elegidos para la escuela pública. Muchos de esos libros han sido premiados internacionalmente y eso ha puesto un techo de exigencia más grande, cosa que no pasaba en los ´90.

Narradoras olvidadas

-Tu trabajo de incentivo a la lectura va estrechamente ligado al rescate que venís haciendo de narradoras olvidadas…
-Ese fue un proyecto de notas que le propuse a La Voz del Interior y que lo aceptó. Allí, una vez por mes salía una nota mía en donde rescataba escritoras que, por alguna razón o sin razón, ya no formaban parte del cánon y yo advertía sobre su calidad. Por cierto que a esas narradoras las enseñaba en mis talleres.

-Ese proyecto tuyo fue creciendo hasta traerte a Villa María…
-Sí, porque mientras salían esas notas, empezaron a comunicarse conmigo familiares, amigos o conocidos de esas mujeres. Unos me decían “yo tengo algunas cartas”, otros me traían un texto inédito o una novela. Y en eso estamos trabajando con Eduvim. Yo dirijo la colección de mujeres y trabajo junto a mi hija Juana y mi amiga Carolina. Y así, entre las tres, transcribimos los textos, buscamos gente importante que sabemos rescataron a esas autoras y les pedimos un prólogo, todo con la idea de actualizar esas poéticas. En tres años llevamos siete libros publicados. Vamos tranquilos porque estos no son libros fáciles de digerir o de vender. Es lo que en literatura se llama “slow edition”.

Entonces, cuando ya llevamos una hora de conversación, la profesora Beatriz Vottero (directora de la Licenciatura en Lengua y Literatura de la UNVM) viene a buscar a María Teresa para ir a comer. Me fijo en el reloj: pronto serán las tres de la tarde y esta “mujer en cuestión” viene de dar tres reportajes, una charla y un recital. Y ahora la espera la presentación de su libro. Le hubiera querido preguntar (pero la cuestión me queda bajo la lengua como una pastilla de mudez) qué hubiera pasado si ella no hubiese ganado el premio Andersen, si hoy no tuviera el “Nóbel de la Literatura Infantil” y no fuera reconocida, si se hubiese puesto vieja con los mismos títulos que hoy tiene publicados; y qué hubiera pensado si una escritora que dirige una colección la llama por teléfono para decirle que su obra vale la pena, que será publicada, que todo lo que dio y escribió fue injustamente olvidado y ahora tiene un premio. Pero me tengo que contentar con el abrazo rápido de Tere en una esquina y una respuesta que debo inventarme. Y me digo que acaso una vieja y olvidada Tere en uno de sus “posibles futuros” habría agradecido enormemente ese gesto humano y editorial, ese gesto cuasi filantrópico. Y le habría dicho a su nueva editora “que el llamado no la sorprende”, que acá están “Tama” y “La mujer en cuestión”, “Lengua Madre” y “Los Manchados”, que “siempre supe que este momento iba a llegar”, porque aunque parezca increíble, “en uno de mis posibles pasados yo también hubiera hecho lo mismo por todas ellas, por todas ustedes”.

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