Los elegidos de Julio Azcano (guitarrista)

Un libro: «Viaje al centro de la tierra», «El palacio de la luna» y «Los detectives salvajes».

BlogJulioVerne938

«Uno solo es imposible. Sería traición no mencionar al menos estos tres que fueron compañeros de fierro: 1) «Viaje al centro de la tierra», de Jules Verne. Mi infancia, me acuerdo con 9 o 10 años volviéndolo a leer y leer. ¡Islandia!, y antes de Björk. 2) «El palacio de la luna», de Paul Auster. Un libro que es mi amor de adolescencia (que además empieza con la cita de Verne “nothing can astound an American”). Y ese primer párrafo que ya te cuenta toda la historia y al mismo tiempo no te deja soltar el libro. 3) «Los detectives salvajes», de Roberto Bolaño. Cuando me dan ganas de juntarme con Ulises Lima y Juan García Madero. Y cultivar el real visceralismo».

Viaje al centro de la tierra (fragmento): «No era la luz del sol con sus haces brillantes y la espléndida irra­diación de sus rayos ni la claridad vaga y pálida del astro de la noche, que es sólo una reflexión sin calor. No. El poder ilumina­dor de aquella luz, su difusión temblorosa, su blancura clara y seca, la escasa elevación de su temperatura, su brillo superior en realidad al de la luna, acusaban evidentemente un origen pura­mente eléctrico. Era una especie de aurora boreal, un fenómeno cósmico continuo que alumbraba aquella caverna capaz de albergar en su interior un océano. La bóveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía formado por grandes nubes, vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por efecto de las condensaciones, deberían convertirse en determinados días, en lluvias torrenciales. Creía yo que, bajo una presión atmosférica tan grande, era imposible la evaporación del agua; pero, en vir­tud de alguna ley física que ignoraba, gruesas nubes cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes eléctricas producían sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas: se dibujaban vivas sombras en sus bóvedas infe­riores, y, a menudo, entre dos masas separadas, se deslizabas hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aque­llo provenía del sol, puesto que su luz era fría. El efecto era tris­te y soberanamente melancólico. En vez de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encima de aquellos nubarrones una bóveda de granito que me oprimía con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que fuese, no hubiera bastado para una evolución del menos ambicioso de todos los satélites.»

«El palacio de la luna» (fragmento): «Hicimos el amor durante varias horas en la decreciente luz vespertina del apartamento de Zimmer. Sin duda, fue una de las cosas más memorables que me han sucedido nunca y creo que al final estaba completamente transformado por la experiencia. No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel. Hubiera sido imposible no enamorarse de ella, imposible no quedar arrebatado por el simple hecho de que estuviera allí».

«Los detectives salvajes» (fragmento): «Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra».

Una canción: «Zamba de mancha y papel», de Carlos «Negro» Aguirre.

«Desde la composición, textos, arreglos, interpretación, grabación, es una obra maestra. Recuerdo haberla escuchado por primera vez en una sobremesa por el Negro mismo, luego de un concierto de Juan Falú y Liliana Herrero en Mar del Plata. Con la guitarra Estrada de Juan…Un privilegio inolvidable».

Un disco: «Misterious habitats», de Dusan Bogdanovic.

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«La síntesis de la síntesis. Un compositor, improvisador e intérprete tocando maravillosamente un repertorio de obras propias, dialogando con la tradición clásica, con su folklore, con el jazz».

Una película: «Blow-Up», de Michelangelo Antonioni.

«Conceptualmente, una impecable reflexión sobre el arte, sobre la abstracción, sobre el rol del artista. La fotografía, los diálogos, el guión. Y al mismo tiempo un retrato del Swinging London. Los Yardbirds tocando en vivo, Jeff Beck rompiendo una guitarra, música de Herbie Hankock (y en la banda Jim Hall, Freddie Hubbard, Joe Henderson, Jim Hall, Ron Carter und Jack DeJohnette). «Las babas del diablo», de Cortázar como inspiración, y hasta Cortázar mismo haciendo un cameo…¡Jane Birkin, Vanesa Redgrave! Así vale la pena Hollywood».

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