“¿Cómo pudo naturalizarse y funcionar tan bien durante este tiempo la maquinaria “escuela”?”

Por Yamila Juan *

¿Para qué sirve ir a la escuela? No porque sea una pregunta que se hacen los chicos para zafar de una obligación es una cuestión que los adultos no deban plantearse con seriedad. Por eso mismo, será la pregunta que rondará entre los asistentes a las Jornadas Internacionales de Educación, el viernes 24, entre las capacitaciones que se ofrecen en la Feria del Libro 2015. Paula Sibilia, comunicadora social y antropóloga invitada para la conferencia inaugural de las jornadas, expone sus hipótesis sobre la crisis actual de la educación.

En su libro “Redes o paredes”, Paula Sibilia analiza la escuela desde su historicidad, desde su emplazamiento instituido en el mundo moderno, como una tecnología aplicada a los cuerpos y mentes de individuos que debían ser disciplinados para algún objetivo de un proyecto político, económico y sociocultural.

Claro que estamos en crisis porque ese “aparataje” entra en incompatibilidad con “los cuerpos y subjetividades de los chicos de hoy”. El libro descubre los engranajes gastados de una institución que se ve amenazada por otra: las tecnologías digitales de la información y la nueva concepción de hombre que implican.

En pocas palabras, la autora sostiene que la humanidad o, para ser más específica, los niños y niñas del mundo posmoderno “deben” ser preparados para otro tipo de funcionalidad; no ya aquella que requería la era industrial, tampoco para los modos de ser del ciudadano que necesitaban los Estados en formación. Y esta otra “preparación” (para no llamarla “educación” por las rispideces que puede llegar a generar antes del debate) ya se infiltró en las aulas y fue adoptada por placer entre los más jóvenes, confrontando a la tradicional.

“Hubo exigencias históricas”, dice la autora, que condujeron a “la creación de esa curiosa entidad”, porque antes (pensemos 200 años atrás) no habían sido necesarias las escuelas, pero hubo un momento en que hizo falta “alfabetizar a cada uno de los habitantes de la nación en el uso correcto del idioma patrio, por ejemplo, enseñándoles a comunicarse con sus contemporáneos y con las propias tradiciones mediante la lectura y la escritura” y barrer un montón de mitos y dogmas “que ya no servían para nada por haber perdido el substrato cultural que antes le diera sentido”.

Estos planteamientos conducen a formular de otra forma la bendita pregunta del principio: ¿Cómo pudo naturalizarse y funcionar tan bien durante este tiempo la maquinaria “escuela”? Funcionó, en pasado. Lo cierto es que aquel “inmenso proyecto de uniformización de la cultura” que buscó domar la naturaleza de los hombres desde su infancia mediante la disciplina, el aislamiento y la instrucción de ciertos conocimientos y formas de comportamiento considerado correcto, ya no va.

Porque si hay algún consenso actual, ya sea en la sala de profesores o en la calle, es que los chicos se tornan incontenibles, que no hay pedagogía que baste y se oye un lamento nostálgico sobre la escuela de antes… Muchos caen en la frase “la escuela cambió”. Sin embargo, página tras página de libros como el citado “Redes o paredes”, “Educar en la cultura del espectáculo” de Joan Ferrés, o “La cabeza bien puesta” de Edgard Morin, o frente a las conferencias de Emilia Ferreiro, nos llevan a pensar lo contrario: el problema es que la escuela no cambió. Cambiaron las generaciones, los paradigmas sociales, la incuestionabilidad de los próceres, el sentido de los valores morales, las utopías, las tecnologías, las formas de comunicarse, y la escuela pretende seguir siendo la misma. Con resultados cada vez más pobres, claro.

Advertidos con literatura como la citada, se puede afirmar que ya no es cuestión de ajustar los engranajes, porque eso significaría lidiar con la misma maquinaria. La educación debe pensarse de nuevo. ¿Y no es esto acaso lo que exigen los chicos con su inocente y fastidiosa pregunta? “¿Para qué sirve ir a la escuela?” Obviamente una pregunta semejante conlleva a la búsqueda de otras respuestas con demasiada amplitud y complejidad como ¿cuáles son los objetivos del hombre en el planeta hoy? Porque en función de eso será necesario un determinado tipo de educación y no otro.

Paula Sibilia indaga filosófica y filosamente, desde un marco teórico con Michel Foucault y Gilles Deleuze a la cabeza. Ella cuestiona, por ejemplo: ¿si la escuela como institución copió su arquitectura y método de la cárcel, modelo que sin duda ahora está en crisis, de quién copiar el modelo para las nuevas generaciones? Y lo responde: “Así, en vez de la prisión –con sus rejas, candados, normas estrictas y severas puniciones –, tendríamos cada vez más como modelo universal una red electrónica abierta y sin cables, a la cual cada uno se conecta libremente y por espontánea voluntad: solo, donde, cuando y si lo desea”. Esta nueva modalidad, la red, ajustada a un poder que la pensó antes, sin debate previo, no por menos punitiva o restrictiva sería menos eficaz. Suave sobre los cuerpos, es absolutamente controladora de los pensamientos y los actos… control al que nos sometemos con particular contentamiento. Y los niños aún más.

Aquí el programa completo de las Jornadas: Jornadas internacionales para docentes. Feria del libro 2015

* Licenciada en Comunicación Social

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