El Che, ¿revolucionario o asesino?

Si hay una pregunta cuya respuesta es enteramente personal es ésa. No es que esté libre de interpretación, porque los cadáveres existen, más bien lo que se pregunta es si puede justificarse un asesinato, si hay razón suficiente para apretar premeditadamente el gatillo contra otro ser humano. Al mismo tiempo sólo hubo una revolución en la historia de la humanidad que no se haya valido del fuego, y si se quiere ir más lejos podemos llegar a Jiddu Krishnamurti, aquél legendario filósofo de la conciencia para quien no existían tales revoluciones, que tales hechos no eran más que el cambiar la opresión de un zapato por otro, y que la verdadera revolución se libra muy lejos de ahí.

Sin embargo, una de las preguntas que integran la plantilla del ping pong que realizamos desde aquí, fue uniforme en su contestación: nadie justifica ni la tortura ni la muerte. Pero como es visible, el «Che» Guevara tiene seguidores de muy distintas generaciones y se emplaza como un ícono, incluso como un modelo a seguir.

Pocos días atrás, en la ciudad de Villa María, el disertante Normand Argarate pronunció la conferencia «El Che como un Quijote de Latinoamérica». Allí trazó un paralelismo entre el personaje cervantino y el revolucionario argentino, e instó a preguntarse «cuánto hay de quijotesco en la figura del Che, entendiendo lo quijotesco como un gesto de utopía e ideal, de búsqueda de justicia absoluta.» Más abajo, en el artículo publicado por El Diario de esa ciudad mediterránea, el escritor y periodista Iván Wielikosielek hace una digresión y reflexiona sobre el discurso de Argarate, diciendo: «El concepto de idealismo no puede (no debe) ir asociado jamás a ninguna acción que implique el uso de las armas o la fuerza. Quienes salen a matar para cambiar el mundo y fusilan a sus prisioneros, lo que realizan no es un acto de idealismo sino un acto de violencia. Y en mi diccionario personal, los que así proceden se llaman asesinos. Así maten en nombre de la Revolución, del Corán o de la Santa Inquisición.»

Lo único que podemos asegurar desde aquí es que a cada acción le sigue una reacción, una opinión a otra.

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