Las Aliadas: El ensamble que nació de un «experimento» y hoy sueña con Cosquín

No había conexiones, no había un plan y, para muchas, ni siquiera un pasado en el estudio del canto. Sin embargo, en apenas cinco meses, estas seis mujeres han construido un fenómeno que desborda bares, revoluciona peñas y apunta directamente al corazón de Cosquín. De la «impericia» inicial al ensamble perfecto: una historia de admiración mutua y de voces que se encontraron para no soltarse nunca más.

Hay historias en la música que se cocinan a fuego lento en los conservatorios y hay otras, como la de Las Aliadas, que estallan como una supernova en la noche de General Pico. Lo que comenzó como un evento efímero para cumplir con una fecha de bar se ha convertido en una formación vibrante. En esta charla profunda con Antonella Barabaschi y Milena Contreras, desglosamos el ADN de un grupo que desafía los egos, los géneros y las leyes de la probabilidad.

El big bang: noviembre y el escenario de las desconocidas

Todo comenzó con un vacío y una convocatoria. En noviembre del año pasado, un bar de la ciudad de General Pico decidió romper la inercia de sus noches habituales. La premisa era ambiciosa: convocar a todas las cantantes femeninas que hubieran pasado por su escenario o por otros locales de la zona. Se buscaba a aquellas que habitualmente no eran solistas, sino que formaban parte de bandas donde el liderazgo era masculino.

«Mirá, somos todas personas que no tenían ningún tipo de conexión una con otra», arranca diciendo Antonella Barabaschi, con la honestidad de quien todavía no termina de procesar la velocidad de los hechos. «Éramos como ocho más o menos, y terminamos quedando cinco que decidieron seguir adelante con el proyecto».

El proceso fue vertiginoso. Ensayaron apenas un mes. Prepararon la producción, la puesta en escena, el escenario y las canciones. Pero había un detalle que hoy parece inverosímil: «Personalmente ninguna se conocía con ninguna. No teníamos ningún tipo de vínculo. Nada, nada». De hecho, el nivel de «extrañeza» era tal que la mayoría —a excepción de Marcela Ottaviani, que cuenta con una trayectoria más extensa— no había estudiado canto formalmente. Eran voces autodidactas, genuinas, que se habían mantenido en el margen de la profesionalización musical hasta ese instante.

Aquel show de noviembre fue el primer síntoma de que algo grande estaba pasando: «Explotó el bar. Había alrededor de 120 personas. Claro, somos un grupo grande y cada una llevó a su gente, pero el número fue impresionante». En ese momento, ni siquiera tenían banda en vivo; cantaban sobre pistas, navegando por un repertorio que iba desde lo melódico internacional hasta el rock nacional. «No teníamos ni nombre», confiesan. Eran simplemente «las mujeres que se juntaron».

El impulso solidario y la llegada de Milena

Tras el éxito inicial, el grupo entró en una especie de letargo. Pero la ciudad no las olvidó. Empezaron a llegar llamados de canales de streaming, diarios y radios preguntando qué seguía. La respuesta estaba flotando en el aire hasta que, en enero, una causa noble las volvió a convocar: una peña solidaria para una niña que necesitaba tratamiento médico en Buenos Aires.

Ahí es donde el destino mueve una pieza clave: ingresa Milena Contreras. «Aparece Mile porque esto era folclore, y algunas de las chicas originales sentían que ese no era su palo», explica Antonella. El desafío era casi suicida: tenían solo dos días para preparar un repertorio de folclore, un género que requiere un ensamble y una rítmica muy particular.

La respuesta de Marcela Ottaviani fue la que selló el pacto de hermandad: «Yo no soy de este palo, pero no las abandono. Me subo al escenario igual con ustedes». Esa lealtad fue el combustible para lo que vendría. En una sola noche prepararon las canciones que conocían «de oído» y salieron a buscar la música.

Aldo Iranzo y el ensamble «de la galera»

Sin tiempo para ensayos formales, recurrieron a la amistad y la confianza. Llamaron a Aldo Iranzo. «Le preguntamos si nos acompañaba, porque folclore con pistas iba a quedar rarísimo», recuerdan. Aldo, con una generosidad absoluta, aceptó de inmediato. El cronograma de aquel día es para los libros de historia: se juntaron con Aldo a las seis de la tarde, repasaron siete temas por primera y única vez, y a las nueve de la noche ya estaban subiendo al escenario frente al público de la peña.

Esa noche, la magia se multiplicó. En el mismo evento estaba Nico Dany, quien fue invitado por Aldo a subir a acompañarlas con el teclado sobre la marcha. «Nico subió sin conocernos. Nos saludamos ahí abajo del escenario y subimos». Lo que sucedió después fue una revelación: «Éramos cuatro mujeres, algo raro ya de por sí, con dos instrumentos, y sonó impresionante. El sonido era muy bueno y la gente quería seguir escuchándonos cantar folclore».

Esa noche en la peña solidaria no solo recaudaron para una buena causa; descubrieron que el ensamble de sus cuatro voces (Antonella, Milena, Marcela y Evelyn) tenía una armonía natural que no se aprende en los libros. «A partir de ahí, arrancamos con el folclore, chochas, porque nos encanta».

Las aliadas: un mosaico de voces y estilos

Para entender por qué suenan como suenan, hay que desglosar el mapa genético de sus integrantes. Las Aliadas no son un grupo estereotipado; son una unidad táctica que se adapta al terreno que pisa.

  • Antonella Barabaschi: Su historia es la de la resiliencia. Empezó con el folclore de muy chica en concursos de peñas en Costa Brava, pero el deporte la absorbió. Viajó, compitió y se alejó de los escenarios hasta que una operación de rodilla, hace menos de un año, la obligó a detenerse. «Cuando no pude hacer más deporte, volví al canto». Aporta la potencia del rock internacional y la disciplina de la alta competencia.
  • Milena Contreras: La voz que lleva el folclore en las venas. «Yo sé seguro para dónde voy», afirma con firmeza, aunque en su casa asegura escuchar «de todo un poco».
  • Marcela Ottaviani: Es el elemento sorpresa, la «aliada» que le da el toque de distinción al grupo. Viene del rock, de los Beatles, de los melódicos y del cuarteto. «Ella le da color a todo. Pone una voz rara, aguda, que aparece por detrás de lo nuestro. Es el toque mágico». Su capacidad para marcar el tiempo y rescatar a sus compañeras en caso de un traspié la convierte en la directora invisible del escenario.
  • Evelyn Contreras: La versatilidad absoluta. Se mueve cómoda en la cumbia y el cuarteto, adaptándose a lo que la fecha requiera.
  • Mica Bufa y Manuela Bolsina: Las especialistas en lo melódico nacional e internacional. Son las encargadas de aportar la sensibilidad en los temas en inglés y las baladas que cortan el aliento.

Esta diversidad genera una dinámica técnica fascinante: «No siempre cantamos con la misma voz. A veces estoy en un tono altísimo y después me queda una canción bajísima». El grupo no se encierra en una estructura rígida; los tonos se adecúan a la canción que queda mejor, a veces desafiando incluso a los músicos que deben seguirlas en tonalidades poco habituales.

Seis mujeres, un escenario y la gestión del espacio

Si cantar a seis voces ya es un desafío, ocupar el espacio físico lo es más aún. «La coreografía, el espacio, cómo ocupar el escenario siendo seis chicas es bastante complicado», confiesa Milena. En muchos bares de la zona, el espacio es reducido y los micrófonos no sobran. «Tenés que medir todos los pasos que hacés entrando y saliendo».

A esto se suma la complejidad de los ensayos. Todas tienen vidas activas: trabajos, hijos, responsabilidades. «No, las seis no podemos movernos a la misma intensidad, pero tratamos de ir juntas en el ritmo». Esa sincronía no es solo musical, es vital. Se han convertido en una familia que se conoce en lo privado, a pesar de que, siendo un pueblo chico, nunca se habían cruzado antes.

La batalla del repertorio y la química sin egos

Uno de los puntos más interesantes del grupo es su capacidad de desdoblarse. No se obligan a que las seis (incluyendo a los músicos) estén en cada presentación de la misma manera. «Si nos llaman para cuarteto, capaz vamos tres o cinco. Las que se sienten cómodas en ese palo van, y las demás acompañan desde abajo, filman, llevan amigos».

Esta ausencia de egos es lo que permite que el proyecto fluya. El repertorio se define entre todas, aunque a veces hay «discusiones» creativas con Nico Dany, quien además de músico es el productor musical. «Nico a veces dice ‘este tema no’, pero al final terminamos ganando nosotras porque siempre la pegamos con lo que la gente quiere escuchar».

Un sello distintivo es su forma de cerrar los shows de folclore. «No terminamos con una zamba o una chacarera tradicional. Terminamos bien arriba, con otro tipo de género, como ‘Negro sus cabellos’. La gente se vuelve loca». Es esa «batalla ganada» al purismo lo que les da una identidad única.

El horizonte: Cosquín y la visualización del triunfo

A pesar de que el proyecto de voces de folclore tiene apenas dos meses de vida, la ambición es tan grande como su talento. Cuando se les pregunta por el futuro, no dudan: Cosquín y Jesús María.

«Nos visualizamos ahí. Nos vemos capaces. Si no llegamos este año, no pasa nada, pero nos creemos con la capacidad de estar ahí», dice Antonella con una seguridad que no es soberbia, sino convicción. Incluso cuando Marcela, desde su alma rockera, duda de qué haría ella en una plaza de folclore, sus compañeras son tajantes: «Si no vas vos, el grupo pierde la originalidad. Tu voz es la que le da el estilo que nadie más tiene».

La banda de soporte: los aliados del sonido

Detrás de las voces, hay una maquinaria musical que confió desde el minuto cero:

  • Aldo Iranzo: El primero en decir «sí» y acompañarlas a ciegas.
  • Nico Dany: El «crack» de los teclados y el productor que le da forma al caos creativo.
  • Claudio «Torchio»: La precisión en la percusión.
  • Juanjo Martínez Dany: La primera guitarra que, recién llegado de una gira por Europa, se sumó al proyecto para darle la solidez técnica definitiva.

Una admiración que une

Al final del día, lo que sostiene a Las Aliadas no es solo la técnica o las fechas conseguidas (que en marzo y abril han sido muchísimas). Lo que las une es un sentimiento mucho más profundo.

«Yo admiro a mis compañeras profundamente», cierra Antonella. «Las escucho abrir la boca y me llena de emoción. Me da orgullo estar ahí al lado de ellas. Hoy no se me cruza por la cabeza salir sola. Hoy es con ellas». Milena asiente: «Todas tienen algo que aportar siempre, y eso es lo lindo del grupo».

Las Aliadas son la prueba de que, cuando la pasión es el motor, el azar se convierte en destino. Mañana, cuando las luces se enciendan y los primeros acordes de la guitarra de Juanjo o el teclado de Nico comiencen a sonar, el público de La Pampa sabrá que está ante algo más que un grupo de cantantes: está ante una hermandad que decidió conquistar el mundo, una canción a la vez.

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