Adiós, de Virginia Pérez

Una buena promesa de las letras piquenses es Virginia Pérez. Porque imagina bien a sus 17 años, porque su idea central y su futuro es la literatura. Aquí entregamos su último trabajo salido del Taller de Literatura que se dicta en la Biblioteca Estrada de nuestra ciudad: «Adiós».

Adiós

Era una fría mañana de julio, la casa estaba silenciosa y una cierta melancolía invadía cada rincón. Cerca del mediodía sentí que la puerta comenzaba a abrirse: él había llegado. Sin pensarlo me acerque y lo vi, parado frente a mí con la mirada vidriosa.
Diez minutos después los dos nos encontrábamos encerrados en la habitación, me senté en la cama mientras él daba vueltas y vueltas tratando de encontrar las palabras justas para ese momento. Se agachó y tomando mi mano dijo lo más doloroso que alguna vez tuve que escuchar:
– Esto se terminó -sentí como mi vista se nubló y solté sus manos.
– ¿De qué estás hablando?
– De que nos tenemos que separar, esto no da para más.
– ¿Por qué? Podemos salvar esto juntos -negó con la cabeza y mi boca comenzó a temblar, sin apartar la visión, empecé a llorar desconsoladamente. Me levante de la cama y le di la espalda, unos segundos después sentí su respiración detrás de mí oreja. Di media vuelta y volvimos a quedar frente a frente, mirada a mirada, corazón a corazón. No podía evitar observar esos labios que con tanta dulzura me habían besado, esos ojos que habían prometido amarme hasta el final de mis días y a ese hombre, el hombre de mi vida que se me estaba escapando de las manos.
Tomó una de mis mejillas y con su pulgar comenzó a secar mis lágrimas.
– Es lo mejor.
– ¿Para quién es lo mejor? ¿Para vos o para mí?
– Estoy tomando esta decisión pensando… -suspiró y se quedó callado.
– Pensando únicamente en vos, agarra tus cosas y ándate.
En su mano derecha portaba un bolso con todas sus pertenencias, mientras en la otra, quizás más borrosa y más lenta, llevaba todos nuestros sueños e ilusiones. Las miradas se cruzaron por última vez y finalmente, se marchó de allí sin importarle que durante los últimos veinte años hayamos escrito nuestra propia historia. Éramos adolescentes cuando juramos amarnos para toda la vida, éramos tan solo niños cuando empezamos a escribir un cuento sin miedo al final que pudiera tener. Fui mi marido, mi amigo, mi compañero, mi amante. Soñé con escribir un libro a su lado pero la tinta se terminó y muchas hojas quedaron sin escribirse.
Las hojas agrietadas por el viento volaban como pájaros alucinados, y anunciaban que el otoño había llegado. Esos meses habían pasado sin sombras ni penumbras. Me dedicaba a observar el cielo y vagar por las calles buscando esa parte de mí que se había ido con él, esa parte que empezaba a sospechar no encontraría en ningún sitio.
Esa noche llegue a casa, deje el abrigo en el perchero junto a la puerta y escuché el sonido de las agujas del reloj. Al entrar en el living una persona estaba sentada en el sillón. Dejó la revista que tenía en sus manos y me miró.
– Hola, Emilia -dijo parándose.
– Señora Lucía ¿Qué hace acá?
– Necesito que me escuches.
– Si viene por el tema de la separación y a preguntarme cosas prefiero decirle que se quede con la versión de su hijo -puso su mano en mi hombro.
– Por favor, escúchame si me tome la molestia de robarle la llave a mi hijo y venir es porque es importante lo que tengo para decirte -le señale el sillón y empezó a hablar.
– Él no se fue por los problemas que venían teniendo, tenía otro motivo más grande.
– ¿Qué motivo tan importante puede tener para abandonarme? -miró el reloj y volvió la vista hacia mí.
– Si querés saberlo corre y búscalo antes de que sea demasiado tarde.
En menos de quince minutos estaba frente a la puerta de su departamento. Tomé la llave que su madre me dio y entré. Miré en rededor y sólo pude oír silencio, el mismo que se me había hecho tan familiar. Recorrí la casa en su búsqueda, pero él no estaba.
Fui a la cocina y en la mesada había un sobre. Lo tomé en mis manos y comencé a leer:
“Amor mío, tal como solía llamarte, sé que en estos momentos me estarás odiando por mi partida repentina y mis besos olvidados. Sabes que te amé, que fuiste mi vida entera y por eso decidí dejarte afuera de esto. Mi muerte se aproxima y junto con eso el más doloroso adiós que no quiero que sufras. Elegí que nuestra última mirada fuera con ambos de pie y fuertes para guardarlo en mi memoria por siempre. Cuando mi pelo se caiga y los rayos acaben con lo poco que queda de mi existencia quiero que me recuerdes sonriendo y feliz como esa última noche antes de que llegara el resultado de los análisis.
Me hiciste tan feliz y esto no es una despedida, es el paso a recordarte por siempre como lo que fuiste, mi gran amor, al que hoy debo decirle adiós”.

Por Virginia Pérez

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