Javier Carra: entre los tatuajes, las palabras y el amor

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Estigma que marca el alma
El tatuaje es un lenguaje expresado a través de símbolos, tan antiguo como la misma humanidad, su práctica puede ser considerada como una forma de estigma. En su similitud con la idea de marca o huella que estarían presentes en la piel, el alma, o la emoción del individuo. El estigma sin importar el ámbito donde se desarrolle puede ser religioso, social o psicológico, «es sin duda una marca o símbolo que está impreso en el ser, y lo acompañará durante toda su existencia», completa la definición Javier Carra, nacido en Santa Rosa, en 1972, artista de origen autodidacta y pionero del tatuaje en la provincia de La Pampa. Esta profesión no sólo le ha permitido desarrollarse en diferentes disciplinas de las Artes Visuales, sino que ante todo le entregó su particular visión del mundo y su sentir, que indudablemente viaja en la dirección de sus amores íntimos. Ése viaje fue construido esta vez con palabras y respira en su breve texto «Fragmento para mi pequeña ilustrada», que Javier escribió para su hija y que trasuntamos apenas más abajo. Al parecer, sus palacios interiores están reproducidos en cada poro de piel lustrosa, donde Carra encuentra una hoja en blanco, un horizonte desde donde se yerguen los soles de su vida.

Fragmento para mi pequeña Ilustrada, por Javier Carra
Zoé viajó desde las estrellas tal vez de alguna constelación lejana o quizás de la profundidad del más azul de los mares. Pero para llegar fue a través de esa íntima acción de dos comunes mortales en complicidad con esas extravagancias que tiene la naturaleza. En esa fusión y antes de tu primera pulsión de vida te nutriste de tu esencia elemental, luego formaste todos los órganos que te permitieron tu supervivencia biológica, para arribar en aquel solsticio del año 2000.
Antes de desarrollado tu lenguaje te sentiste atraída por una infinidad de símbolos, por un antiguo rito, casi una práctica primitiva, que parecía contener todas las cosas en su potencialidad no manifestada. Existía un sonido mántrico que armonizaba la ceremonia, que los rostros gesticulaban de manera misteriosa, pareciendo que su secreto pasaba a formar parte de su sangre. En lo que podría ser un viaje emocional, y ya nunca paró tu búsqueda, menos aún tu curiosidad.
Fue así que ha temprana edad, pero cuando comprendiste que aquel que reconoce su cuerpo conoce la verdad del universo, te conté que ya era el tiempo de nadar mar adentro. Que el alma es inexpresiva en la roca, se agita demasiado en los animales y en la humanidad debía despertarse. Ésta decisión era para siempre, y que tu último órgano en formarse y te protege de lo externo también te conectaba directamente con tu esencia elemental.
Que un milímetro por debajo de la superficie se produce la transformación, que un milímetro por debajo de la superficie fluye el alma. Que el jugo que fluye es ardiente, pero que todo arde si se le aplicas la chispa adecuada. Éste antiguo rito y esos símbolos que recordabas de pequeña estaban asociados a un lenguaje no verbal, a un código social comunicativo que no puede ser descifrado por las más sofisticadas formas de inteligencia artificial por carecer de ésta sustancia que nos hace vívidos y únicos.
Fue así que nos fusionamos en ésta ceremonia, yo hacer de ti una obra de arte y vos seguir ese mapa que tu ser diseñó, un complejo sistema cartográfico que el resto de tu vida decodificarás en la geografía de tu cuerpo.

Dedicado a mi hija Zoé con quién compartimos la pasión por las letras y por el Arte en la piel.

Fotos: Zoé Carra y Marina Cardoso.

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