«Son varias las sensaciones que me atravesaron en este tiempo de coronavirus. La primera creo que fue el silencio que se tejía entre las calles y las veredas, su extrañeza. Ver los lugares públicos desolados y pensar en nuestras voces, nuestros cuerpos y voluntades encerrados en el ámbito familiar o personal. Será porque sobre el silencio vinculado al encierro tenemos memorias tristes, no lo sé, pero lo cierto es que yo me convertí en una maquinita de reflexionar. Pensar por qué se llega a esto, o cómo, o hacia dónde vamos como sociedad global; qué cosas tenemos que aprender a “escuchar” de este mundo que de pronto se sumergió en el silencio y en el encierro. Este es un poema que escribí en esos primeros momentos:
para qué esta ingeniería de la vida
sin tus manos
ni tu empeño
ni tu precioso corazón
para qué
nos creamos el ahogo
el peso, la ruina
para qué
el día feliz
ese eterno resplandor
Otra sensación extraña la encontré en nuestras miradas. Cuando salíamos a hacer compras los primeros días, evitábamos mirarnos. Como si acaso el vernos a los ojos nos pudiera contagiar. Estábamos sumergidos en una nueva forma del miedo. Con el tiempo me encontré con miradas de complicidad, de colaboración, como si nos dijéramos: “estamos asustados pero esto también pasará”, acostumbrados a salir de tantas situaciones difíciles. Mientras tanto, mi rutina en la casa no cambió demasiado respecto de la habitual porque acostumbro estar sola, me encanta enfrascarme en mis escrituras, tener mi espacio y disfrutar de horarios flexibles ahora que estoy jubilada. Sin embargo, vivir sola es diferente de estar aislada, de saber que no puedo movilizarme libremente a otras provincias para ver a mis hijas o que ellas vengan a casa. Esa sensación es la que me ganó y me sigue desafiando. Me hace pensar mucho en qué “burbuja” quiero seguir estando, transitando este mundo que ya es diferente. Pensé mucho en mi historia, muchas escenas de mi vida pasaron ante mí. Un poema que quizás contiene algo de esa sensación, y que escribí en este tiempo, dice:
los días retrasan aquí adentro
a veces
ya pasó ante mí
la condenada que fui
la triste de otras horas
la necia o la heroína con su nervio
pasó la que acunaba
y dejaron su frío
pero también le cantaron
al retraso de estos días
le cantaron
El coronavirus llegó con la capacidad de avanzar velozmente y yo, como contrapartida, sentí que perdía la fuerza para salir y andar. Resolver ciertas cosas me requería el doble de energía. La vida real se me había vuelto pastosa. La vida virtual, por momentos, también. Me ganó también una sensación de vulnerabilidad vinculada a lo laboral, a lo económico. Rubros poderosos o estables, colapsaron. Muchos perdimos el trabajo o los que tenemos ingreso a fin de mes supimos que esa entrada perdía valor. Todos ante la omnipresencia del riesgo. Sobre todo para aquellos desprotegidos de siempre, los olvidados crónicos, los de empleos precarizados, los sin empleo, aquellos a quienes esta pandemia sorprendió inestables, débiles o hacinados, sin agua por ejemplo, justamente cuando ella es el salvavidas en medio de esta tempestad. Yo no sé hacia dónde vamos como sociedad. Me lo pregunto. Observo que estamos como nunca en ese balanceo entre el individualismo ciego vinculado al egoísmo y la posibilidad de mirar hacia algo más abarcador y por lo tanto más sensible. Y por más sensible, más justo. Y por más justo, más sano. Me pregunto también, qué es lo que nos lleva a persistir en una forma o en la otra, cuál es la fe que nos mueve. En ese tono, escribí este poema:
Voy
hacia una fe
más grande
que mi miedo
pedaleo
asombrada
En este momento, aquí en la ciudad, se siente un gran alivio. Ya salimos o nos juntamos, lo hemos hecho unas pocas amigas poetas aquí en casa, cada una con su mate y sus poemas. Una parte del ambiente literario del país o del extranjero con el que tengo algún contacto ha mutado sus formas de intercambio. Lo resuelve por skype, zoom, videollamadas, mails, audios y más. Así se reorganizan festivales de poesía, ferias, encuentros, talleres. Otros eventos, en cambio, se posponen, como el Festival Latinoamericano de Poesía del Centro que se hace en Buenos Aires, y al que me habían invitado a leer para agosto de este año. Ya me invitaron para el 2021. Sea como sea, andamos con la poesía y tratamos de hacerle frente a esta intemperie. Aunque estemos malheridos, lo intentamos. En este tiempo, reviso una serie de poemas que traen al presente la casa de la infancia, a mis queridos familiares, costumbres ancestrales, rituales o anécdotas. Es una manera de alimentar el vínculo. Volví sobre el árbol genealógico, que con mis hijas tenemos trazado hasta la quinta generación, a propósito de los poemas y de tratar de estar más consciente de las cosas que vivo. Este poema puede ilustrar lo que les cuento:
No puedo saber
si la abuela de mi abuela
se sumergió
en alguna orilla del mar negro
ni si miró caer los hielos
o el propio dolor
sobre lo blanco
sólo sé de las aguas
que arremetieron hacia el sur
y que el agua primera
de mi clan familiar baña de mí
cada rincón ínfimo
como
si los brazos de mi madre
cada vez
me sumergieran en los suyos
por este largo estarme
en su útero abierto
(gracias por el agua, madre
gracias)
Estoy haciendo clínica de obra por Skype. Participo de encuentros o presentaciones de libros por Zoom. Tuve la alegría de integrar una antología de poetas que se está difundiendo de manera virtual y gratuita: “Antología Internacional de Poesía – Contra molinos de viento”. Espero con ansiedad la aparición de mi nuevo libro: Porcelana rota, premio poesía del Fondo Editorial Pampeano 2019 que sé que está en proceso de impresión. De “Porcelana rota”, comparto:
en un sueño vi tus pies llenos de risa
innumerables carcajadas
a su alrededor
que bien podrían ser pájaros
y en la vorágine
vi también
lo que no quise soñar
Nos preguntamos qué pasará cuando esto pase. Creo que los riesgos seguirán flotando, como el virus, hasta decantar en algunas formas nuevas de intercambio y subsistencia. Y lo que pasará es que tendremos que aprender a reparar lo que padecemos, nuestra salud amenazada, nuestra economía devastada y el impacto emocional que significa esta vivencia: sentirnos frente al peligro –real o simbólico- y convivir con la incertidumbre. Estamos en ese nudo: buscar el camino para ser más felices en un mundo que ya es otro. No nos queda otra que ser mejores. El arte en general, la poesía en particular, puede ser una buena forma de transitar estos tiempos. Gracias por la ocasión y por la lectura. Los abrazo».
Susana Slednew
Nació en Coronel Suárez en 1958. Reside en Santa Rosa. Es poeta y docente. Publicó: Los bordes del azar (2017, Ediciones en Danza); Lavar la vida (2018, Ediciones en Danza); Mapa oscuro (2019, Ediciones del Dock). Próximo a publicarse: Porcelana rota, premio poesía del Fondo Editorial Pampeano 2019. Publicaciones conjuntas con el grupo Desguace y Pertenencia: El hilo invisible (2012); Donde el viento (2016); Hoja de ruta. Entre la niebla y otras zonas de duda (2019). Publicaciones en compilación con Ediciones Ruinas Circulares VII Antología Ediciones Ruinas Circulares (2015); y Cómo decir (en este mundo, sólo con estas palabras) (2109) como una de las diez voces poéticas del año; Luna de pájaros (2020); Antología Internacional Contra molinos de viento (2020). Sus poemas aparecen en sitios virtuales de divulgación de la poesía. Ha participado de festivales de poesía, encuentros de poetas, ferias del libro, ciclos de lectura y otros eventos vinculados a la poesía con voces del país e internacionales. Ha sido convocada para el Festival Latinoamericano del Poesía del Centro en 2021. En dos ocasiones fue becada por el Fondo Nacional de las Artes para trabajar sus textos: primero con Alicia Genovese, luego con Irene Gruss. Co-organiza el festival de poesía Poesía Pampa Fest.
Tres poemas de Lavar la vida, vídeo compaginado por Gisela Silvestro.
Un poema de Los bordes del azar, leído por Miguel de la Cruz.
Un poema de Hoja de ruta, para el ciclo Leyendo poesía en casa, de Anamaría Mayol.
Juli Berriel y Valen Rodríguez leen a Susana Slednew – Colectiva de escritoras patagónicas.