Castillo de arena

Por Rubén Pergament

En la escuela donde cursé la primaria me trataban de fantasioso, me encantaba inventar historias que contaba a  mis compañeros, algunas eran aceptadas, con otras se horrorizaban.

Uno de ellos me apodó ‘inventor del absurdo´. Yo no entendía bien lo que quería decir y pregunté en casa a mi madre qué significaban esas dos palabras juntas. Ella, cuidadosa para explicarme, hizo un gesto y se tomó la pera con la mano. Después de unos segundos bastante estirados, dejó el cuchillo con el que estaba preparando la comida, se dirigió a la pequeña biblioteca que teníamos en el living, ubicó el diccionario y me leyó la acepción de cada una. Cuando terminó, la expresión de mi cara fue “ahhhhhhhh”… no había entendido nada.

Algunas historias que inventaba se asociaban con la realidad.

Recuerdo que una de esas se trata de una familia que en tiempos de vacaciones se trasladaba a la costa en una localidad veraniega; el encuentro en la playa se repetía siempre con los mismos veraneantes del año anterior: se podía decir que entre algunos matrimonios se había generado una cierta amistad. En las tardes interminables, mientras los mayores mateaban, uno de los chicos hizo con la arena húmeda un castillo.  Lo construyó tan grande que se animó a entrar en él y descubrió a la madre vestida de reina. El rey no era el papá, sino el señor con el que estaban tomando mate allí afuera. Y el papá, vestido de príncipe, cortejaba a la mujer del señor. Desesperado, el chico corrió al encuentro de la madre en el momento en que una ola gigante destruyó la sospecha.

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