Los dedos humeantes del señor Benavidez

«Los dedos humeantes del señor Benavidez», un cuento de Héctor Massara.

                Dicen que Benavidez era un buen tipo. Algo oscuro, soltero, afecto a usar un anticuado moño o un alfiler de piedra roja cuando optaba por corbata. Era sagaz en su trabajo de Revisor de Cuentas lo que despertaba admiración y odio en partes iguales entre sus compañeros bancarios. Las fallas en los papeles (odiaba las pantallas) saltaban a sus ojos y no era capaz de soslayarlas.

                En una de esas cuasi epifanías descubrió una maniobra repetida y discreta que quitaba centavos en las cuentas de los clientes. Un rápido cálculo arrojó que la supuesta chapucería sumaba al año el valor de tres sueldos jerárquicos. Nada despreciable. Las piernas largas del Revisor volaron hasta la Gerencia donde lo esperaban —Benavidez supo al instante que esto ocurría— el Sr. Gerente y su ladero ratonil, el contable Iglesias. Una simple hoja de oficio con algunas cifras sirvieron para explicar la maniobra ante la sonrisa torcida y helada del funcionario. Benavidez no estaba preparado para interpretar gestos, tampoco entendió el brazo levantado indicando la pantalla que picoteaba Iglesias. El Gerente tuvo que explicarle.

                —Las cifras resaltadas corresponden a sus observaciones, la página corresponde a su ordenador. ¿Entiende?

                —No —respondió el hombre obligándose a ver la luminosa información.

                —Es su ordenador. Usted es el responsable del mismo. La maniobra es suya.

                —Yo apenas reviso cada tanto, no cargo datos.

                —Pues tendrá que explicárselo a la justicia, o puede renunciar y nos olvidaremos de todo.

                Benavidez era un hombre práctico. Aceptó la forma que le alcanzó Iglesias y la firmó sin dudar. Las sonrisas de los hombres lo irritaron por un momento, los apuntó con sus manos, en realidad con sus índices como lo había visto en “Érase una vez en el Oeste” y le disparó. Pfaff, pfaff. Los cobardes respingaron al recibir los disparos. “No debí usar silenciador”, se dijo mientras se retiraba, “Fue una discreción innecesaria”

                Algo había cambiado en Benavidez, se sentía envalentonado o acaso aliviado. En su último paso por las oficinas saludó mecánicamente y sólo le disparó en una pierna a García que le robaba los saquitos de mate cocido. Lo hizo accionando el percutor con su mano derecha y el disparo sonó timpánico como en un western espagueti. No muy apropiado.

                Era fácil herir o matar gente, y le producía un bienestar tibio y culposo. En su regreso le perdonó la vida a un colectivero energúmeno que casi lo atropella y estuvo tentado de terminar con las desgracias de un adicto que derramaba sus miserias en un charco de vómito. Unas cuadras más adelante, casi en el centro, donde empezaban a amontonarse los locales comerciales fue atraído por la vidriera de una zapatería. El vendedor miraba aburrido hacia afuera, era el mismo empleado servil que se había negado a cambiarle unos zapatos que se habían descosido. Benavidez lo miró a los ojos, le disparó en la entrepierna y se sopló el índice con satisfacción. Una mano firme apretó su hombro.

                — ¿Qué está haciendo? —preguntó un serio guardia civil.

                —Matando gente, aunque a este sólo lo herí en sus genitales.

                —No se haga el gracioso. Podría detenerlo por amenazas. O tentativa de homicidio.

                Benavidez miró divertido al hombre, de brazos y piernas cortas, grueso e incómodo en su uniforme de invierno apretado por los correajes. El de la cintura sujetaba una pistola de choque eléctrico de color naranja furioso que resaltaba sobre el gris del uniforme.

                —No creo que pudiera atraparme. Ustedes no están en buena forma.

                —Lo inmovilizaría con mi arma —se defendió el guardia aceptando la crítica.

                —Mmmm… para cuándo saque su juguete ya estaré fuera del alcance de los conductores.

                — ¡Já! Quisiera verlo. Este es un modelo de conducción láser.

                Benavidez saltó hacia adelante y se alejó corriendo a grandes zancadas. El disparo lo alcanzó en la cadera haciéndole perder pie y llenando de hormigas a su pierna, el guardia le ayudó a incorporarse muy delicadamente.

                —Le disparé con intensidad mínima, sentirá la pierna dormida durante unos pocos minutos. Ahora váyase, la próxima vez que lo vea matando gente lo voy a detener.

                Benavidez se retiró humillado, caminó hasta su casa siguiendo la cuarta fila de mosaicos de la vereda, haciendo equilibrio cuando la raíz de algún árbol deformaba la delgada senda.

                Les disparó a unos perros ladradores que gimieron sobresaltados y a un político que en la plaza arengaba a una centena de personas y culpaba a los mercados y a los bancos de la desenfrenada inflación. No debió hacerlo. Su Banco era un lugar sacrosanto, aunque algunas malas personas pudieran ser responsables de hechos de corrupción. El disparo alcanzó al tipo en la frente y ni así dejó de vociferar con voz chillona. Ya no disparó más. El último asesinato, o la estupidez del tipo le habían dado náuseas y sólo quería llegar a su casa. El colorido de los locales comerciales se fue apagando y sucumbiendo a los grises de los edificios primero y luego del caserío. Su casa. Con un gris que sólo los tristes grises pueden tener. El gris de las lápidas, de la enfermedad y de algunos día se junio. La casa estaba fría, Benavidez buscó en la caja de madera que trataba de esconderse sobre las cabreadas. Una única bala de cápsula dorada entraba correctamente en el arma. Benavidez sintió el frío del cañón en la sien y un fuerte estampido. Lástima. Debió usar un silenciador.

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