Por Héctor Massara
Cuando el sol ya se apiadaba de nosotros. Cuando los niños se atrevían a corretear por el empedrado de la plaza aún caliente, apareció Elmer Hoxha. Su larga sombra, que el atardecer dibujaba en el acceso de consolidado lo anunció antes del ladrido de los perros. Nadie llegaba caminando al pueblo, la urbanización más cercana estaba a unos cien kilómetros, sin embargo el hombre no parecía cansado. Ni polvoriento. Sus ropas guardaban una sencilla prolijidad y también sus cabellos, de un rubio poco natural y dispuesto en hileras apretadas y perfectas. Como si lo hubieran sembrado en su cabeza.
Se me acercó sin decir palabra mientras yo tironeaba de una elástica raíz de olmo que, con su tenacidad, ya había hecho zancadillas a medio pueblo. Aunamos nuestro esfuerzo y, como era previsible, se cortó y fuimos a dar al suelo. Nos levantamos riendo y sobando las nalgas, rodeados de los ladridos amistosos de los perros y de un grupo de curiosos. El hombre saludó a todos agitando sus largos brazos y se acercó al malhumorado panadero Tosso antes de que pudiera advertirlo.
— ¡Hola! Soy Elmer Hoxha ¿Puedo ayudarle?
—Sólo si entiende de hornos de leña. El mío es… irritante.
Elmer sonrió y el hosco panadero se dejó acompañar hasta su local, cruzando la calle. Seis curiosos llegaron hasta la puerta: El sacristán, con su cara filosa de rata. Elsa, solterona de casi sesenta y ojos hambrientos. El borracho del pueblo al que llamábamos Saxo sin saber por qué. El barbero, con su cojera dolorosa de artritis. El judío pobre, que hoy decía llamarse Isaac y mañana Abel en un intento de confundir a sus acreedores… Y yo.
Esperamos un rato mientras el humo negro se desprendía de la chimenea de la cuadra denunciando un mal tiraje y una peor limpieza de hollín. El aburrimiento le pudo a la curiosidad y comenzamos a dispersarnos. Sólo quedó Elsa comentando que “el humo parecía salir más blanco”.
La noche me fue larga y caliente, y tomé con alivio el sonido del despertador. El sol era todavía suave y se esparcía sobre la explanada de la iglesia acompañado de un también suave y respetuoso rumor. Una veintena de personas se agrupaban delante de la capilla, como aquella vez en que apareció colgado del campanario el Director del Banco. Lo vi a Tosso, repartiendo bollos recién horneados en un alarde de generosidad desconocido. Al judío, que para no ser menos lo seguía para pagarle su deuda mensual de pan e invitaba a Saxo con una petaca de dudoso contenido. El borracho parecía recién bañado y sus ojos liberados de la neblina del alcohol. Rechazó la bebida sonriendo. El barbero casi me golpea mientras ajustaba mi cinto al pasar practicando una carrera corta que terminó haciendo sonar sus tacos en el aire. Un saltito feliz que fue aplaudido por Elsa y un sacristán algo confundido.
Todos se atropellaban para contarse cómo el extraño visitante había mejorado sus vidas esa noche. Y seguían llegando vecinos que sumaban sus relatos. El sacristán, que no parecía haber sido bendecido con algún regalo comentó:
—Yo fui el primero en recibirlo.
—Claro que no —le corregí—, cortamos la raíz entre los dos.
—Yo no miento —se molestó el tipejo—. Y soy un hombre de Dios.
Elsa se rio ante la afirmación. Una risa ordinaria y descarada que ofuscó al hombrecillo.
— ¿Y acaso hizo algo por usted? —le preguntó.
La gente se había agrupado sospechando un conflicto.
—Me hizo el amor toda la noche —contestó Elsa resplandeciente. —Y quedé embarazada.
La gente perdió interés en el diálogo, siguieron remolineando y haciéndose espacio a codazos para contar sus experiencias, como niños mostrando sus juguetes en la mañana de reyes. Pocos habían prestado atención a Elsa, pero algunos se preguntaban cómo tantos prodigios habían sucedido en una sola noche. Los más juraban que su salud había mejorado, que sus niños estaban más dóciles y educados, que algún amor olvidado había regresado a sus lechos y otros felices acontecimientos. Farfán, el usurero irrumpió rabioso entre la gente agitando en sus manos cientos de pagarés en los que habían desaparecido las firmas misteriosamente. La gente aplaudió y fue echado a empujones, aunque alguien dijo que no era bueno que pasaran esas cosas. La ceremoniosa Marta, la gruesa y desagradable bibliotecaria del pueblo aportó sus conocidas espinas afirmando que el visitante se llamaba casi igual a un tirano albanés, si es que no era él mismo. El sacristán, ya pasado al otro bando, gritaba que todo lo que pasaba no era obra de Dios y que se parecía más a una de las tretas del Oscuro. Farfán gritaba: ¡Anticristo!
Sus quejas se apagaban ante el clamor popular. Una Comisión formada en tiempo record propuso reconocer a Hoxha como Ciudadano Ilustre y hasta declarar al dos de febrero como el advenimiento de un ángel.
El sacristán huyó espantado a contarle las malas nuevas al cura. Pronto una nota firmada por ambos y la docena de mujeres de la Custodia de la Veneradísima fue enviada al Obispo urgentemente.
La respuesta llegó a la semana, dos frailes de santo aspecto leyeron la respuesta, primero en la misa y luego en la plaza en la que el religioso amenazaba con la excomunión general si se continuaba con la alocada idea.
No fue necesario. Como suele suceder la gente pronto olvidó a su benefactor. De a poco Farfán volvió a coleccionar sus preciados pagarés y los beneficiados en su salud apreciaron más cómodamente a los beneficios de los potajes y linimentos del boticario del pueblo. Yo conseguí trabajo en Valdepeñas hasta que terminaron las obras de canalización y volví con algún dinero al pueblo. El día cinco de octubre nació el niño de Elsa. Era un bebé rubio de grandes ojos redondos que no lloró al nacer. Nunca vi a una mujer más feliz. La acompañé a la iglesia sabiendo de antemano que le sería negado el bautismo. Elsa le mojó la cabecita en la pira del agua bendita y lo levantó para el que murió en la cruz lo reconociera. Me temblaban las piernas cuando salí y me tembló la voz cuando le pedí que se casara conmigo.