La psicóloga y escritora Josefina Provazza recorre el camino que la llevó de los clásicos usados que le regalaba su padre en la infancia a la publicación de La brama misma, un libro que nació de forma espontánea para convertirse en una poderosa herramienta de elaboración del duelo. En esta charla, profundiza sobre la mirada amorosa hacia el campo, el descubrimiento de que escribir tiene efectos en lo cotidiano y su presente en LaClub, un espacio donde investiga el lazo sanador entre la literatura, el encuentro comunitario y la libertad de «defender el vuelo».
-Querría preguntarte, llevarte atrás, a tus primeros tiempos y tus primeras relaciones con la literatura, la lectura y la escritura. ¿Qué te acordás?
-Josefina: Me acuerdo de que mi mamá nos regalaba muchos libros y sí recuerdo uno, por ejemplo, que lo encontré ahora de adulta, que quizás eso dejó huella, pero en ese momento de chica no me acordaba. Me regaló un libro de La Cenicienta y tenía una dedicatoria y era para mis seis años. Entonces yo creo que los comienzos vienen de ahí, como esto, el regalo del otro dedicado en mi infancia. Después me acuerdo de hacer diarios íntimos en la adolescencia y empezar a leer de adolescente. Bueno, también ahora estoy pensando, mi papá nos regalaba libros usados. Todos los clásicos usados nos traía. En lugar de ropa o juguetes nos traía libros usados como Moby Dick, no sé qué otros, Alicia… todos los clásicos.

Josefina Provazza, su libro y su sitio
–También mencionaste un recuerdo algo «traumático» con la filosofía…
–Josefina: Sí, también me lo acuerdo, un medio traumático, porque nos regalaba, o a mí por lo menos recuerdo, como de filosofía cuando era chica. Me regaló Señor Dios Soy Ana, que tendría que ver dónde me quedó por los cambios de libros y mudanzas. Me lo regaló cuando yo era muy chica, tendría ocho años. Y yo obviamente que no lo leí en ese momento porque no entendía nada, y sí lo leí de grande. Después también mi papá antes de morir me regaló un libro; está eso de regalar libros de mi mamá y mi papá. Me va surgiendo ahora que lo pienso. Y después la lectura en la adolescencia como más fuerte. También me acuerdo de una maestra en sexto grado capaz, o antes, cuando tendría 7 u 8 años, que me decía que escribiera un cuento porque veía que tenía mucha imaginación.
–¿Y respecto a la escritura? Me dijiste algo de los diarios íntimos.
–Josefina: Diarios íntimos. Creo que era uno de Chiquititas en la computadora, cuando apenas salió internet había un programa que no sé si era con CD o de Barbie y era un diario íntimo ahí. Después hice, yo no recuerdo lo que hicimos con vos y mi mamá, talleres, pero yo era oyente, no escribía nada. Empecé a escribir después como de grande, a los 30 o 32 años.
–En lo que respecta al taller, lo primero que trajiste fue una pieza sobre Alicia, pero no era lo primero que escribías.
–Josefina: No, antes había escrito el libro. Ya tenía el libro. Pero era lo primero que presenté acá con ustedes, con vos. Después de eso me animé.

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–Hasta ahí tu relación con la literatura, ibas escribiendo impresiones sueltas, pero ¿tenías ya ese germen de querer ser escritora?
–Josefina: No me acuerdo, es dudoso, no lo tengo tan claro. Capaz que cuando me fui a estudiar a Córdoba sí me imaginaba escribiendo. Tal vez que estaba en mi imaginario, pero no como una determinación o como una certeza, sino como una cosa medio posible. Pero de grande me lo imaginaba siempre, como de grande, o sea ya con hijos, grande, más grande que ahora capaz. Me adelanté, me puse ansiosa.
–Vamos al libro, La Brama Misma. ¿Fue algo que pensaste o fue naciendo de forma inconsciente?
–Josefina: Fue totalmente inconsciente. Un verano podría haberme ido de viaje y dije: «No, yo ya viajé mucho», prefiero quedarme viajando a otros modos. Y ahí tomé clases virtuales de escritura, como escuela de verano. Ahí aprendí las cosas básicas y me entusiasmé porque vi que me gustaba lo que podía escribir y vi que me gustaba lo que leía. Vi que podía o que me devolvían eso, que en cierta actividad la sentía lograda o me devolvían «esto está muy bueno». Siempre rescato lo del profesor, cómo puede alentarte o no. Después de eso largué a escribir algo que yo quería. No actividades ni técnicas, sino: «¿Qué quiero escribir yo?» Me largué a ver qué salía. No pienso nunca que voy a escribir jamás. Es espontáneo, totalmente.

-¿Cómo fue trabajar eso en una clínica de obra?
–Josefina: Seguí con las clases, pero en las clínicas de obra, que era con una docente que me acompañaba en todo lo que yo escribía. Me sirvió un montón para ir mirando la historia, qué podía ampliar, qué podía reducir, qué se repetía; aprendí muchísimo de eso. Y ahí hice el primer cuento, que es «El Grande», y me llamó la atención que a esa profe le había gustado un montón. Ahí me empezó a gustar la escritura, desde ese momento que escribí «El Grande». Sentí que se producía algo no para los otros, sino para mí, que tiene efectos. Ahí descubrí que escribir tiene efectos en lo cotidiano a partir del primer cuento.
–Decís que escribís espontáneamente, sin embargo hay conectores muy claros en los cuatro cuentos: la frescura y la nostalgia.
–Josefina: Sí, eso se vio sin querer. Los cuatro cuentos tienen un vínculo, pero no fue a propósito. Creo que los cuatro tienen un sentido, una unidad, y se cerró ahí. Como que eran parte de una sola cosa. Me suena como que son hermanos del mismo padre; esa metáfora me sale, medio bizarra. Tienen la misma genética, pero son separados con su historia cada uno. Fue inconsciente totalmente.

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-Pero está tu papá siempre ahí…
Josefina: Sí, menos en los que están las mujeres, que hay dos cuentos de mujeres y dos de hombres. Pero sí creo que —por eso después estudié un poco lo de la escritura en la psiquis— hice una elaboración de un duelo a través de la escritura. Mi papá fue una figura muy importante, con una personalidad muy marcada, era muy personaje de cuento. Con este papá no podría no escribir. Siempre contaba historias, anécdotas, cosas raras que le pasaban. Era muy líder, muy de la comunidad; él en donde estaba armaba comunidad. Tendía a ser grupo y la gente lo quería muchísimo, ayudaba mucho. Tengo recuerdos de que la gente lo amaba y él amaba contar historias y quizás yo creo que en el fondo él fue como un escritor medio frustrado. Capaz él tenía esto de narrarlo verbalmente y yo quizás agarré el lápiz. Quizás a través de su muerte se hizo más material, más carne, esa necesidad de narrarlo.
–Pareciera un libro escrito para ellos, para la gente que lo quiso.
– Josefina: Pensé que iba a ser menos transparente eso, pero la gente se da cuenta. Pensé que no se iba a notar tanto, sinceramente, que al cambiarle los nombres iba a pasar más desapercibido. Pero solo con ver el nombre o el prólogo ya se dan cuenta de qué viene; no puedo zafar. Toda esa cosa del padre está implícita sin querer. Pensé en su momento en dedicárselo y después digo: «¿Para qué?». No tiene sentido si en realidad está ahí implícitamente.
–Los cuentos están en el pasado, en historias de campo y de pueblo. ¿Cómo convive eso con tu vida actual?
–Josefina: Es algo que yo tenía muy olvidado. Cuando empecé a escribir, volví a esos lugares que sentía que los había olvidado directamente. Yo vivía en Córdoba, amaba la ciudad y no sentía nostalgia por el pueblo o el campo, pero cuando me puse a escribir salió todo eso sin que me diera cuenta. La gente me dice: «¿Vos cómo sabés tanto de campo?». En realidad no sé si sé de campo, pero me salió eso. Se ve que algo sé. Me sorprendió a mí misma. Me siento muy alejada de eso en mi cotidianeidad, no vivo ese ambiente. Quizás tiene que ver con elaborar algo de la infancia. Siento que cuando hablo de la gente que trabaja en el campo es una mirada de amor y de curiosidad infantil, incluso con esa contradicción de los animales que son mascotas y después matan para comer.
–¿Cómo pensás la relación entre la literatura, lo comunitario y tu proyecto en LaClub?
–Josefina: No lo tengo tan claro, estoy tratando de aprender cuál es la relación. Sí tengo algunas ideas: creo que LaClub se trata de una investigación social sobre cómo podemos unir la literatura, que es palabra, símbolo y unión. Pienso en la literatura siempre con un «otro»: siempre hay un otro que lee o escucha; la literatura como lazo, como comunidad. Por eso es un café, que actúa como mediador y excusa para seguir juntándonos. Como tengo formación psicoanalítica, sabemos que lo divertido también hace lazo y tiene una cuestión sanadora. Crear con otro sana, divertirme con otro sana, materializar el pensamiento en la escritura también sana. LaClub sería como un invento de esa mezcla de cosas que recién está arrancando.
–¿Cómo ves el libro ahora que está publicado?
–Josefina: Estoy muy aliviada de que ya esté publicado, porque hace mucho tiempo que lo escribí, capaz que dos años. Y después todo me sorprende, no espero nada. Me gusta sorprenderme cuando alguien me dice «lo leí». Hay una felicidad total porque está la parte íntima de cómo se gestó y la parte social, que fue la presentación y la devolución de la gente. Esa parte social la estoy pasando bomba, la disfruto muchísimo. La fiesta fue muy divertida y me sentí acompañada por mi gente; ellos también parecían sentir ese alivio.
–Sos una persona fresca, aérea, pero hay una gran coherencia en el libro y en tu vida…
–Josefina: Me hago cargo totalmente. Reconozco que soy volada y que doy la sensación de que floto, pero esa liviandad tiene que ver con que esa estructura o base la tengo. Eso me permite sentirme liviana porque mis ideas o proyectos, como LaClub, son sólidos.
-Como un barrilete que flamea pero está atado a un origen…
-Josefina: Como un barrilete que vuela, exactamente, y está atado a un hilo y vuelve a un lugar de origen. En mi familia siempre estuvo lo comunitario; mis papás siempre armaron sociedades en el campo, escuelas o jardines. Mi papá tenía esa cosa de político porque quería que lo quieran, de hacer grupo y comunidad. Quizás por ahí viene la semilla de la narración y del poder de la anécdota.
–Y es lindo volar… cambia mucho la perspectiva.
Josefina: ¡Me encanta! Pero veo que muchas veces es cuestionado. Me siento orgullosa de ese vuelo, pero sé que a veces lo tengo que defender. Lo defiendo por mí y porque sé que es algo saludable para mis hijos que me ven. Siento que a veces hay que defender el vuelo, ponerle «una armadura al barrilete», aunque se te pueda caer o quedar pesado.









