Por Virginia Figal
Se oyó un crujido seco,
un desgarrón en la entraña del árbol.
No fue tormenta ni rayo,
fue un golpe sin nombre
que partió lo irrompible.
La rama quedó suspendida,
unida apenas por fibras cansadas,
colgando como un brazo muerto
que ya no recibe savia ni canto.
El árbol la sostiene en silencio,
pero sabe que esa herida
lo acompañará para siempre.
Cada viento será un recuerdo,
cada lluvia, una punzada.
No hay regreso para lo quebrado.
La rama nunca volverá a abrazar el aire
como lo hacía antes.
Es un testimonio torcido,
una cicatriz a la vista del mundo.
Y sin embargo, allí queda,
como un recordatorio oscuro:
la vida también se quiebra
y a veces lo que duele
no se puede nombrar.