En las páginas que siguen, Héctor Massara nos arroja a una geografía que no se mide en metros, sino en cicatrices. Albardón no es una calle: es un tajo en la gramática de la ciudad, un descenso por adoquines que exudan la humedad de los naufragios personales. En este relato, la prosa se vuelve bruma y el caminante, un espectro que busca —en los zaguanes del alcohol y la desidia— un rastro de esa humanidad que el tiempo le ha ido confiscando. Massara traza una cartografía del desamparo, donde los encuentros son espejismos de una pureza perdida y el muelle, ese límite final, es el único altar posible para quien ha decidido saltar por encima de su propia sombra. Un texto para leer con el pulso agitado, allí donde la luz de las pensiones se confunde con el brillo de un arma o el último destello de la memoria. Empieza a caminar, lector.
Albardon
Por Héctor Massara
No es una ciudad desconocida en una provincia que no conozco. No es un arte de caballería que sirve para montar. Estas serían simplificaciones, pequeñas curiosidades investigadas en ratos de ocio. Albardón es una oscura entidad. Es una calle que divide la ciudad acaso con fingida inocencia hasta llegar a la esquina de Quinquela donde un arco de hierro forjado la cruza y la nombra como “Barrio Industrial”. No se dejen engañar, es el pasado que les invita a transitarla.
Una ochava fuera de regla cubierta de un todavía pulcro mármol blanco fue el ingreso a la administración de la fábrica de cerámicos, el monstruo, de propietarios vascos ocupa ambos márgenes de la calle por unos doscientos metros. Otras oscuridades continúan hasta el puerto.
Camino por el adoquinado arrepintiéndome del horario elegido para probar que aún conservo algo de humanidad, el viento del mar empuja humedad y bruma que ya se advierten en el aire, las paredes grises se van moteando de musgo que crece en las juntas de los ladrillos y peligrosamente entre los adoquines volviéndolos untuosos e impredecibles. Tiemblo. Sudo. Tropiezo. Las sombras de las que he oído hablar comienzan a aparecer, inmóviles recostadas en los portales, otras balanceándose en fuga y algunas acercándose peligrosamente. Otro tropiezo, ahora provocado por las piernas de una sombra que resulta ser un hombre que se queja e insulta con sus palabras y su olor. Una… ¿mujer? Me invita a entrar a un zaguán y a mostrarme allí el amor. Desconfío. A pesar de descreer de su existencia -del amor, digo- creo que este merecería un sitio más agradable y con menos vahos alcohólicos. Dudo. Acaso mis pensamientos miserables confundieron algún mesías angelical y salvador con una burda propuesta de sexo. Demasiado tarde. La mujer ya ha desaparecido en las entrañas del edificio.
Un hombre flaco comienza a seguir mi paso y extiende una mano temblorosa tratando de llamar mi atención, al llegar a la esquina de Centenera y bajo una luz pobre y engrasada lo enfrento. Lo reconozco, es un tipo de la política acusado y condenado por corrupción. Y por ende, un imbécil. Balbucea una declaración de inocencia y empuja a mis manos un escrito que pretende que lea. Le prometo sin entusiasmo que lo voy a hacer. Quizás el tipo sea realmente inocente.
Apuro el paso hasta la otra esquina cruzando de vereda a vereda para evitar nuevos encuentros, bajo un cartel que milagrosamente señala con roja luminosidad una vieja pensión un hombre se yergue envuelto en un capote que parece flotar a su alrededor, unas piernas velludas asoman por debajo de sus rodillas. Adivino a un exhibicionista o a un abusador esperando una mujer que seguramente jamás pasará por allí. Falta poco para que la calle llegue a su fin y se engulla en su propia negritud, me encuentro deseando la presencia de alguna bondad que pase inadvertida, de una nueva oferta de amor que seguro aceptaría, de una demostración de afecto por mínima que fuere. ¿De alguno de mis hijos, acaso? Tengo un recuerdo vago de niños correteando y extendiendo sus bracitos para abrazarme.
La calle desfallece. Una última presencia me enfrenta, lleva un saco grueso y pesado de humedad y en su cara todas las tristezas del mundo. Hunde su mano dentro del saco como quién va a sacar un arma y yo lo imito exactamente. Parece un espejo sucio que va perdiendo sustancia mientras lo atravieso y me digo que nadie en este lugar merece vivir. La calle hace un último intento de barrera cebrada en furioso amarillo negando el paso hacia el muelle. Pudiera pasar por su costado, pero prefiero saltarla limpiamente.