Vigilia

El sueño donde Macedonio no termina de nacer

En una zona donde la memoria es más sólida que la carne, Renzo Burgos invoca el espectro de Macedonio Fernández a través de los ojos de Elena Bellamuerte. Entre cuadernos de tapas negras y paraísos anarquistas, este relato difumina la frontera entre el autor y su obra, entre el hombre que escribe para no volverse loco y la mujer que lo sueña para no morir. Una meditación profunda sobre la literatura como medicina, el dolor de despertar a la realidad y la persistencia de un nombre que solo existe en el reverso de una página.

Vigilia

Por Renzo Burgos

(Taller literario Laclub)

No piensen en lo central. En resolver el misterio de la vida en algunos domingos, en cuentos que no empiezan ni terminan. Es como la inexistencia de la vida de alguien de quien se sabe lo que hizo. O como una sucesión de ideas de otros que vinieron detrás. O como un libro de filosofía con subrayados y anotaciones en los márgenes.

La única mujer que conoció a este individuo ya no es la misma, porque no nació ese hombre que le hubiera cambiado la vida. Ella sabe de él y de sus escritos: tiene uno de sus cuadernos de tapa dura y color negro, con letras doradas que dice: “Borradores”.

 Lo toma, acaricia el lomo. La gente a su alrededor le pregunta:
—¿Quién es Macedonio? ¿Es un personaje que inventaste? ¿Cuándo empezaste a escribir esto?

Todos piensan que se volvió loca o que quizá siempre fue así. Ella no dice nada.

Sus familiares no existen. Solo piensa en el terrible nacer que pudo haber tenido Macedonio. Como es la única que conserva su recuerdo hecho de vivencias inconcretas —al no vivir en lo terrenal, sino en la memoria—, Elena Bellamuerte se queda cavilando en el concepto de distraer al lector, que no presencie vida a la hora de leer y en los miles de prólogos necesarios. Así que pensemos como Descartes: “Nunca ha existido nada de lo que la engañosa memoria me representa en aquellas meditaciones”.

Deambula por un pasillo oscuro, tan palpable como el dolor. Se toca la frente luego de que sus manos rocen la pared con moho: la aspereza húmeda al tacto. El cansancio físico no es nada comparado con el mental. Es un tren que a su parada no llega y no encuentra un lugar donde recomponerse de tanto pensar. Tantas imágenes vienen y se incorporan nuevas, como un rollo de fotografía que nunca termina.

La secuencia es: El amado ideando medicinas gauchas, tratando de curarla, leyéndole al oído como si la literatura sanara. Sus ojos, de un color tan hermoso, fueron lo primero que vio de él; luego su voz, que la mecía. Su palabra era tan inmenso como sus besos. Y viene, y se queda, la siguiente imagen: la vez que lo conocío. Estaba a la vuelta de su casa. El padre era médico en su colonia anarquista en Paraguay hacia 1897, de la cual siempre me decía: “Un paraíso para estar eternamente juntos”. “Solo me alegraba lo último”, y con aquella sonrisa se duerme en un banco de madera…

Elena sueña con Macedonio deambulando en pensiones de mala muerte que no son gratis. Él escribe, escribe sin cesar, pero no piensa en publicar ni de asomo. Es más bien una necesidad: lo único que no lo volvía loco, lo normalizaba. Se enrarecía el asunto cuando se sentaba a reflexionar sobre la metafísica huyendo de la luz, por lo cual se encerraba en una habitación, apenas iluminado por una vela. Leía dentro del armario, con un entusiasmo que podrían imitar sus devotos seguidores.

 Macedonio no quería entrar solo en la eternidad tanto era así que sus amigos anarquistas e intelectuales cuidaban su Obra, que se encontraba colgada en un tendal, que atravesaba el patio con su luz apacible, que iluminaba la tarde, en tanto el pergeñador de esa curiosa acción, se iba a recorrer la ciudad sin algún destino fijo, solo para apaciguar tanto conocimiento en tan poco tiempo, Elena recoge uno de sus papeles que decía textualmente: “Siento miedo de saber que no tengo nombre, que soy humano y existo “pero él ni siquiera había nacido— pensó . Es como si dentro de su mente vivieran cada poema, ensayo, prólogo y novela de ese escritor. Y a su vez se veía tomando uno de sus, tantos papeles, pero la imagen se tachó como si alguien borronea la palabra escrita. Estaba cerca de despertar. Su cuerpo gritaba: “No, ahora no, en ningún momento. Por favor, déjame en este lugar con él. Que sea como me prometió”. Los temblores eran eternos; no se detenían ni por una fracción de segundo. El imperioso dolor de saber que estaba por volver a la vida la atravesaba, hasta que la última imagen fue la de Macedonio Fernández escribiendo un poema mezclando la filosofía, la muerte y el amor, titulado: Elena Bellamuerte.

—Es mi nombre —pensó, y a la vez sintió aquel paraíso alejado de todo dolor. Pero, lloró con lentitud y algo resonó en su interior, en el miedo. Quiso cerrar los ojos y quedarse en esas dulces ilusiones: le aterraba despertar.

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