Las manos del relojero, un cuento de Williams Tobares

Hilario reparaba relojes que ya nadie usaba.

Sus manos, agrietadas por los años, movían las piezas con una paciencia que solo tienen los que ya no esperan nada. Era un gesto aprendido de su hija, cuando todavía compartían el banco de trabajo y ella le alcanzaba las agujas con los dedos manchados de aceite. Desde la noche en que la tormenta se la llevó, Hilario no volvió a hablar con nadie.

Cada día repetía el mismo ritual: dar cuerda, soplar el polvo, limpiar los vidrios empañados, escuchar. A veces los relojes respondían con un tic tímido, como si recordaran algo que él había olvidado. Otras veces, el silencio era tan espeso que parecía detener el aire. Entonces Hilario comprendía que el tiempo también puede morirse.

Guardaba todos los relojes rotos en estantes carcomidos, incapaz de deshacerse de ellos. Decía que aún respiraban.

Afuera, el pueblo no respiraba desde hacía mucho.

Las calles eran un polvo quieto, un temblor sin eco. Las casas parecían recuerdos a medio borrar. Ni los pájaros se animaban a cruzar ese cielo detenido. Solo el taller de Hilario seguía vivo: un corazón de metal latiendo en la penumbra.

A veces creía escuchar la voz de su hija entre los engranajes.

—Papá, ¿me das la llave chica? —le decía el recuerdo.

Pero al levantar la vista solo veía su propio reflejo en un reloj sin agujas.

Entonces volvía al trabajo, con esa calma que no es serenidad sino resignación. Había entendido que el tiempo no se arregla: se sobrevive.

Esa tarde, un olor antiguo a lluvia se filtró por la puerta.

El cielo se nublaba con la lentitud de una amenaza. Era el mismo aire que aquella noche: denso, eléctrico, como si alguien hubiese desenrollado otra vez la tragedia. Hilario lo supo sin pensarlo.

—Otra vez —murmuró, y buscó el reloj de su hija sobre la mesa.

Un pequeño reloj de bolsillo, detenido desde su muerte. Había prometido repararlo algún día.

Afuera, los truenos se acercaban como bestias que regresan a terminar su tarea.

La tormenta irrumpió sin piedad.

El agua se coló por el techo, bajó por las paredes, empapó los relojes colgantes. Algunos comenzaron a sonar al azar: tic-tacs descompasados, como respiraciones rotas. El viento abrió la puerta y el taller se llenó de barro y de tiempo caído.

Hilario intentó salvar algo, pero la fuerza lo abandonó.

Se sentó en el suelo, con el reloj de su hija entre las manos, mientras el trueno hacía vibrar las maderas. No rezó. No pidió. Solo esperó.

Un relámpago iluminó la habitación.

En ese instante creyó verla: la figura pequeña, sonriendo, alcanzándole la llave chica.

Y luego, el trueno. El mismo trueno que una vez se llevó su voz y su mundo.

           Cuando despertó, todo era silencio.

El agua había bajado, pero el taller yacía destruido. Los relojes, abiertos como cuerpos sin alma.

Todos, menos uno.

El reloj de su hija seguía latiendo.

Hilario lo tomó con cuidado. No había cuerda, ni engranaje, ni sonido mecánico.

Lo acercó al oído. No era un tic-tac. Era un latido.

—Hija… —susurró. Y por primera vez en años, lloró.

Las lágrimas le temblaron en la barba, en las manos, en el alma.

El reloj seguía tibio, palpitante, como si respirara.

Hilario comprendió entonces que aquel reloj no medía el tiempo, sino la espera.

El corazón de su hija seguía ahí, sosteniendo al mundo desde un pulso mínimo.

Permaneció sentado hasta el amanecer. La tormenta había cesado.

El sol, indeciso, comenzó a atravesar los restos del techo, y el polvo se volvió dorado por un instante.

Hilario salió del taller con el reloj en la mano. Caminó por las calles arrasadas, entre los charcos y las sombras de las casas.

El pueblo entero olía a principio.

Llegó al río. El agua bajaba turbia, cargada de ramas, de silencio y de cosas que alguna vez tuvieron nombre. Se sentó en la orilla. El reloj seguía latiendo en su palma.

  Tal vez el tiempo era eso —pensó. Un corazón que sigue latiendo donde ya nadie escucha.

El viento trajo un murmullo, un eco leve, una risa de niña que parecía venir desde el agua.

Hilario sonrió, apenas. Abrió la mano.

El reloj cayó al río. Cuando el agua le tocó los dedos, el latido cesó.

El silencio que siguió no fue vacío: tuvo forma de respiración.

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