Una poesía de Dardo Cuellar
Desperté extrañando una voz,
o solo extraño.
Cada cual tiene sus lunas de lágrimas
que dejaron cráteres en el corazón.
Otros tienen risas que mueven el aire,
como si cantaran una tonada:
borrachera, quizás, balbuceo angelical,
tal vez,
capaz de atravesar y sepultar ejércitos en la arena.
Escuché a un hombre decir que era un polizón.
Dibujaba palabras,
pincelaba naufragios y desesperación;
era una fogata iluminando su rostro,
voz de otro tiempo,
fatigada de batallar.
Agarré con mis manos el arado,
sin mirar atrás;
el surco dejó su marca, la risa dejó su voz.
Yo quisiera cantar, querido amigo,
para que el vino de mis venas
abra surcos entre cañaverales y campos de mi tierra,
refugio de mis huesos.
Sin embargo, tu voz…
ni vos ni yo podemos —ni debemos— recordarla.