En esta pieza, Dardo Cuellar practica una arqueología íntima donde la memoria se vuelve cuerpo y herencia doliente («se toca / se palpa / hasta duele»). Frente al desamparo existencial —esa melancolía que llueve por dentro como un «vidrio frío»—, la poesía encuentra su ancla en lo sagrado cotidiano: las manos maternas que sostienen la vida como un cuenco. Lejos de resignarse a la penumbra de la vigilia, el poema se redime en su verso final: la infancia y el barrilete emergen no solo como recuerdo, sino como un acto luminoso de libertad victoriosa sobre el dolor.
Una poesía de Dardo Cuellar
Se toca,
se palpa,
hasta duele.
Abrí los ojos,
siento vida
porque te llevo en la sangre.
Soy la foto,
mi recuerdo,
mi historia,
mi viejo.
Nada fue ni es perfecto.
Nada es y solo es.
Todo es un vidrio frío
que te llueve adentro.
La noche que es siempre.
La vigilia que nunca se acaba.
Las caras extrañas.
Y las manos de mi madre,
que aún sostienen el cuenco.
Abrí la oscura risa
para que salga el sol,
de ese niño remontando
un barrilete.
Fotografía: Federico Lederhos