Por María Virginia Figal
Cuando el mayor de mis nietos, cumplió
ocho años, le regalé “El Principito”. Siempre me ha gustado regalarles libros
en lugar de juguetes. Los juguetes pueden romperse, perderse o quedar olvidados
en algún rincón; un libro, en cambio, puede acompañarnos durante toda la vida y
revelarnos algo nuevo cada vez que volvemos a sus páginas.
Algunas tardes leímos algunos fragmentos juntos. Yo observaba su manera de escuchar y comprendía que él recibía aquella historia desde la curiosidad de la infancia, mientras que yo regresaba a ella con la experiencia de los años. Leíamos las mismas palabras, pero seguramente encontrábamos significados diferentes.
Ahora con 10 años, y creo que puede comprender
mejor el sentido de la amistad, la responsabilidad, la perdida, la soledad y
aquello de “que lo esencial es invisible a los ojos”
Quizás
allí resida uno de los secretos de El Principito: es un libro que crece con
nosotros. Hay libros que pertenecen a
una época y otros que parecen atravesarlas todas.
El Principito, es un niño sabio y humilde del Asteroide B-612, que se hace
amigo de un piloto varado en el desierto, fue publicado por primera vez el 6 de
abril de 1943, en Estados Unidos, su historia nos
habla como su autor: Antoine de
Saint-Exupéry, hubiera observado nuestro presente: un mundo de adultos
demasiado ocupados contando, acumulando y exhibiendo, mientras olvidan
detenerse a contemplar una puesta de sol.
Tal vez
su permanencia se deba a que no fue escrito solamente para los niños. Por el
contrario, parece dirigido a ese adulto que alguna vez tuvo una mirada limpia y
que, con el paso del tiempo, terminó sepultándola bajo las obligaciones, los
prejuicios y la necesidad de ser importante.
Los
personajes que el Principito encuentra durante su viaje continúan habitando
entre nosotros. El rey que necesita mandar, aunque no tenga a quién gobernar.
El vanidoso que sólo escucha los elogios. El hombre de negocios que cuenta
estrellas convencido de que le pertenecen. El bebedor atrapado en un círculo de
vergüenza y olvido. Todos representan formas de la soledad y del absurdo que
todavía reconocemos.
Tal vez hoy esos personajes ya no vivan en
pequeños planetas. Quizás se encuentren detrás de una pantalla, contando
seguidores, acumulando bienes, buscando aprobación o intentando demostrar una
felicidad que no siempre sienten. Cambiaron los escenarios, pero no nuestras
necesidades más profundas.
En una
época en la que todo parece inmediato y descartable, el encuentro con el zorro
recupera una fuerza especial. Él le enseña al Principito que los vínculos
necesitan tiempo, paciencia y presencia. Crear lazos significa permitir que
alguien deje de ser uno más entre tantos y se vuelva único para nosotros.
También
está la rosa: frágil, orgullosa, contradictoria. El Principito debe alejarse
para comprender cuánto la ama. No porque sea la rosa más perfecta del universo,
sino porque es aquella a la que regó, protegió y escuchó. Su valor nace del
tiempo compartido y del cuidado. Amar, entonces, no es encontrar algo sin
defectos, sino reconocer aquello que hemos hecho significativo.
Los
baobabs también conservan su vigencia. Son esas pequeñas semillas que, si no se
arrancan a tiempo, crecen hasta destruir el planeta. Pueden ser el odio, la
indiferencia, la violencia, la intolerancia o cualquier dolor que dejamos
extenderse en silencio, una metáfora de los malos pensamientos, hábitos o
pensamiento dañinos, Saint-Exupéry parece advertirnos que cuidar nuestro mundo
también implica observar aquello que crece dentro de nosotros. Por eso el
Principito limpia su planeta cada mañana
Pero quizás la mayor actualidad de este libro
se encuentre en su manera de hablar sobre la pérdida. El pequeño viajero
descubre que amar nos vuelve vulnerables: quien crea un lazo acepta también la
posibilidad de la ausencia. Sin embargo, aquello que amamos no desaparece por
completo. Permanece transformado en recuerdo, en una risa entre las estrellas,
en una forma diferente de mirar el cielo.
Por eso
volvemos a este libro en distintas etapas de la vida. De niños nos deslumbra su
aventura. De adultos comenzamos a comprender su tristeza. Y cuando hemos amado,
perdido o tenido que empezar de nuevo, descubrimos que su aparente sencillez
contenía preguntas que todavía no sabemos responder.
El
Principito no ha envejecido porque nosotros seguimos necesitando que alguien
nos recuerde que una persona no vale por lo que posee ni por la aprobación que
recibe. Que los vínculos deben cuidarse. Que la belleza necesita tiempo para
ser contemplada. Y que aquello que verdaderamente importa no siempre puede
contarse, comprarse ni mostrarse.
Tal vez
cada lectura sea una invitación a regresar: no a la infancia como una edad
perdida, sino a esa parte de nosotros que todavía sabe asombrarse, formular
preguntas y mirar más allá de las apariencias.
Mientras
existan adultos que hayan olvidado cómo mirar, el Principito continuará
recorriendo planetas. Y seguirá preguntándonos, con la serenidad de quien
conoce un secreto, cuándo fue que dejamos de ver con el corazón.
¡Hasta pronto!