Esta elegía del estupor mapea la violencia inaudita del abandono como un sismo ontológico: la partida abrupta fractura el mundo y deja a la memoria suspendida en el abismo. Su mayor agudeza poética habita en la confesión de la propia insuficiencia del lenguaje —la palabra que se reconoce estéril para calcar la forma precisa del desgarro—. Entre la metáfora del terciopelo echado a perder por la ceguera y esa conmovedora regresión final de proyectar el rostro amado en las nubes, el poema condensa con belleza y contención la paradoja del duelo: el pensamiento mágico como la última y trágica trinchera del alma frente al silencio.
Por Dardo Cuellar
Ya no estabas, te fuiste
sin decir palabra.
¿Cuándo se movió la tierra
y apareció el abismo?
Nunca el final termina de otra forma:
siempre es llanto.
Queda una voz vibrando en eco,
sostenida entre las palmas
de un sentir fugaz.
Aberrante es el desgarro de sueños.
Hilo que pudrió el capricho
de no saber qué suave se siente el terciopelo.
Limitado por la palabra,
impedido de dibujar el rostro
del sentimiento.
¿Por qué tus ojos duelen?
Solo el sabor de lágrimas en la garganta,
con un grito al cielo.
Tu rostro en las nubes es el juego triste de un niño.
Fotografía: Federico Lederhos