Trazo rústico a mano alzada, captando una atmósfera

El genial Le Corbusier aludía al ojo experto. El Picasso de la arquitectura emprendió, como parte de su aprendizaje, una serie de viajes tomando nota con dibujos en sus libretas de todo lo que despertaba su curiosidad. Entre otras tantas cosas, recomendó a los estudiantes que quieren aprender arquitectura, que salgan a la calle y miren, las casas, los árboles, los edificios, las veredas, la gente…Si tienen ojos para ver.
Alejandro Monteagudo retoma cada tanto el ritual de conseguir a mano alzada, en trazos rústicos, la esencia del paisaje de diferentes zonas. Se lo puede encontrar cada sábado en distintos rincones de General Pico con su cuaderno o libreta, lápices o tinta. Abstraído en sus dibujos, como si el tiempo se hubiera detenido solo para él. De alguna manera pertenece a esa tribu de arquitectos que se denominan croquiseros urbanos y que en varias partes del mundo -los urban sketchers- cumplen en determinados momentos con su ritual de salir a dibujar, en esa ligazón de su pasión por el arte y de amor a la ciudad, en abierta rivalidad a un mundo que vive reclamando celeridad y tecnología. Monteagudo reivindica así el trazo rústico a mano alzada en lugar de la foto captada con el celular.
Este piquense, que pergeñó sus primeros dibujos hace más de dos décadas, en tiempos donde el mouse de una computadora no había reemplazado aún al lápiz y el papel, sigue haciendo valer sus viejas habilidades, expuestas en croquis realizados a principios de los años ’90. Un momento donde el itinerario europeo era habitual en su diario vivir, itinerario recorrido nuevamente varias veces después. Como una forma de ayudar a entender la arquitectura de un sitio, o la vida del lugar por donde pasamos o visitamos. Monteagudo le dedica así un tiempo en forma metódica al simple placer de dibujar, dibujar la arquitectura de su aldea, y de otras urbes del mundo. Una actividad que siente absolutamente íntima. Un diálogo con uno mismo y con lo que cada uno elige ver. Captando una atmósfera.

– El croquis urbano posee una cualidad por demás significativa: una vez que se ha realizado, se ha logrado atrapar la infinitud del mundo sobre un simple papel ¿Cómo resulta la experiencia, el enfrentarse una y otra vez, al croquizado de un espacio?

– En la Facultad uno tiene un periodo en el cual todo es un aprendizaje de lo que significa el espacio y cómo representar ese espacio con tu dibujo. Existen dos maneras, una es técnica y otra más perceptiva. Personalmente cuando empecé era verdaderamente un «tronco», por ahí tenía algo escondido pero en ese momento de mi arribo a la Facultad me encuentro con otros pibes que dibujaban muy bien, algunos de una manera distinta, como Pablo Fracchia, un amigo que hoy es también un reconocido escultor. Yo estaba siempre a su lado y de alguna manera el hecho de estar cerca me hizo entender esta cuestión, de cómo uno puede captar el paisaje urbano, que es a lo que me dedico. Cuando me fui a vivir a Viena, en mis recorridas empecé a dibujar los sitios que visitaba. Tenía la posibilidad de sacarle una foto, y la posibilidad de dibujarlo. Le sacaba una foto cuando no tenía tiempo, pero cuando tenía ganas, en aquellos lugares claves de la arquitectura de la ciudad, me sentaba y dibujaba. Pero no era solamente eso. En todo ese momento percibía cómo las sombras y las luces de los edificios van cambiando, si pasaba de hacer calor a hacer frío, el transitar de la gente. Otra connotación al simple hecho de sacar una instantánea. Aproximadamente un croquis me lleva una hora realizarlo, depende de la complejidad, y también depende de los detalles o de qué forma me identifico con el lugar. En cada croquis hay una historia.

– De alguna manera te mimetizás con el derredor, te cobijás en aquellas vivencias que pueden surgir en cada lugar…

– Exacto. Por ejemplo, cuando estuve en Salvador de Bahía, en Pelourinho, me siento en la ventana de la casa de Jorge Amado, entonces pensaba en Amado y a mi derecha tenía la Iglesia Nuestra Señora de los Rosarios de los Negros, donde se casó «Doña Flor». Yo estaba dibujando todo ese paisaje. O la vez que llego a Iruya, en Salta, era el Día del Niño y la plaza estaba repleta de chicos. Uno de ellos estuvo a mi lado la hora y media que me llevó el dibujo, compenetrado con él. Aquí también me ha pasado, cuando me puse a dibujar lo que es el puente metálico de calle 32, y pensaba en esa gente que trabajó en Luna, hoy La Histórica, y que iba y venía por ese lugar todos los días. Lo sentí como un homenaje. Lo mismo me sucedió con el Molino Fénix, y su época de esplendor. Siempre había dibujado afuera de mi ciudad, y un día me dije que tenía que empezar a recorrerla. Dibujé, además, la Iglesia con un sector de la plaza, el Palacio municipal y la Estación de ferrocarril. Me tomé las mañanas de los sábados para salir a buscar lugares, una forma de volver a interpretar General Pico. Pensé otros escenarios, algunos céntricos como la esquina de calles 15 y 20, donde estuvo la Agencia Ford, la panadería Pérez, el chalet de los Ingleses, y el otro día pasé por el cementerio y considero que es un lugar increíble para dibujarlo. Deseo ir mostrando la ciudad a partir de una manera de expresión. También se produce una devolución de la gente que se siente identificada con esos sitios. Hace poco una señora que se fue de acá y vive hace 37 años en Milan me pidió copias de los croquis para colgarlos en las paredes de su casa. En algún momento me gustaría recorrer los pueblos pampeanos y otro objetivo es la obra increíble que dejó Francisco Salamone, me encantaría poder hacerlo. Andar esa ruta que abarca Pilar, Escobar, Azul, Vedia, Tres Lomas, Salliqueló, Coronel Pringles, Rauch, Azul, Tornquist, Balcarce…

– La palabra croquis significa «dibujo» o «diseño rápido» ¿existe alguna diferencia conceptual con esbozo o boceto?

– La palabra croquis se utiliza mucho dentro de la jerga nuestra, en el ámbito de la arquitectura. De alguna manera la perspectiva tiene una técnica, y un boceto no necesariamente tiene que ser una perspectiva, donde no es tan lineal. En mi caso se trata de un dibujo lineal. Uno cuenta con dos planos, con luces diferentes, y esa diferencia de luz es lo que te genera la arista. Presionando más fuerte determinadas líneas obtengo que un objeto que está más adelante, que se va perdiendo, esté más fino, o cuando le doy sombra también realzo ese elemento, o donde rayo más un lugar que otro…Son todos recursos que uno va teniendo. Normalmente se trabaja con el espacio, pero muchas veces no surge un croquis urbano donde hay una calle, tenés paredes, está el cielo. Por ahí arribo a un lugar donde me llama la atención un detalle determinado, y también lo dibujo. Poco tiempo atrás visité el Museo Andino, en Salta, y cuando entro había 25 carteles que decían no sacar fotos, no esto, etc…Pregunto «¿se puede dibujar?», me responden que sí y entonces dibujé las esculturas, lo que había y me gustaba. Yo no armo un esquema general y después me pongo a rellenarlo. Capaz que arranco en una esquina y termino en la otra, y antes de arrancar, teniendo el tamaño del papel, compongo la imagen y empiezo a trabajarla. A veces sale bien, y otra veces sale mal.

– ¿Qué elementos utilizás para elaborar tus trabajos?

– Uso tinta. En un momento usé pluma y ahora recurro a esas microfibras que son espectaculares. Pueden haber algunas sombras muy suaves que hice con lápiz, pero el concepto es la línea de la tinta. Los croquis los hago en cuadernos que no son muy grandes, son los cuadernos Moleskine, esos que usaban los artistas impresionistas para realizar sus bocetos a principios del siglo 20. Angie, una amiga de mi mujer, es la proveedora. Cada vez que voy a visitarla me regala uno. El último que me regaló ya de por sí es una obra de arte, con tapas de cuero…Es de 150 hojas, tengo para bastante tiempo.

– A la hora de buscar referentes, personas que hicieron huella ¿a quiénes rescatarías?

– Hubo gente increíble, como el genio Da Vinci. Un adelantado en su tiempo. En todo lo que tiene que ver con el desarrollo urbano puedo mencionarte a un arquitecto y diseñador inglés llamado Gordon Cullen, autor del libro «El paisaje urbano». No se puede creer de la manera que el tipo va representando cada uno de los lugares. Está también Eduardo Mignogna, un argentino que hizo unos croquis increíbles. Existen muchos arquitectos, y muchos pintores también, que dejaron, y siguen dejando, su impronta.

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Autor

Raúl Bertone