Héctor Massara: La Entidad

El taller de literatura dictado por Eduardo Senac en la Biblioteca “Estrada” tuvo como objetivo principal hacer trabajos de edición sobre textos propios de los participantes. Ya pasó el turno de la publicación de Paola Cervio, quien además ilustró sus poesías. A continuación les entregamos un cuento fantástico en dos partes de Héctor Massara. «La Entidad», tal es el nombre del relato que nos obliga a una lectura introspectiva e intelectual, cargada de significados, al estilo en este caso, de los grandes relatos críticos de Jonathan Swift. Con el tiempo iremos trasuntando el resultado final de los demás textos producidos en este breve taller de sólo dos meses.

LA ENTIDAD

Se refieren a mí como La Entidad, alguna vez tuve nombre, pero no me permiten recordarlo, nadie me conoce, nadie me ha visto, no puedo decirles cómo es mi apariencia pues me fue vedado mi propio conocimiento (otro de los caprichos del Hacedor).
Creo que es mejor así, temo que causaría horror… o tal vez no, los cánones de belleza son muy variables en el Universo y eso me consta.
Soy vieja, tan vieja como la Creación, pero debo cuidarme de expresarlo, el humor del Hacedor es extraño y confunde dolorosamente premios y castigos. Pertenezco a todo el Universo y a la vez a ningún lugar, mi espacio en la mesa de los supremos está vacío y así seguirá eternamente.
Véanme como un cuidador de sembradíos y cuídense de pensar que mi labor es benéfica, disfruto de ralear la maleza y esterilizar los campos cuando es necesario. Cuando esto sucede puedo sentir los ramalazos de odio de todo un planeta que busca a ciegas a su “redentor”. Paso a ser entonces un ser aborrecible y cada civilización, como no puede verme, me llama y personaliza a su antojo, algunos imaginarios son francamente horrorosos y otros, tan sutilmente pergeñados que me gustaría verme así.
La última consigna que me fue ordenada era sencilla en apariencia pero, como todas las que demandaba el Hacedor, indiscutible. El disparador de mi necesaria presencia fue la muerte de un Elegido. La última esperanza de salvación parecía haberse esfumado para quienes se llamaban a sí mismos “humanidad”.
Llegué al planeta azul algunos años después de la muerte del Elegido, mi natural curiosidad me había detenido aquí y allá. No me preocupé. El tiempo no era un concepto que pudiera mensurar. El lugar hervía de vida, sus dominantes eran unos mamíferos bípedos con veleidades de dioses apoyadas por un viejo y conocido concepto antropomórfico-religioso. Me sorprendieron por su inteligencia, pero más por su incapacidad de utilizarla en causas nobles.
Muy temprano se me hizo evidente la primera rareza de la especie, se necesitó de la muerte de su Mesías para desencadenar un aluvión de Fe. Aún mas extrañamente, el instrumento de su muerte se convirtió en símbolo religioso, los creyentes se hincaban en presencia de una cruz ensangrentada y portaban la misma como estandarte de sus violentas revueltas en nombre de quién sólo pregonaba paz y amor.
-Bueno, me dije, la argamasa está, sólo habrá que moldearla.
No fue tan sencillo. Me llevó siglos entender su compulsión a acumular en un mundo de tanta abundancia. ¿La Creación había exagerado en sus oficios? Observé divertida los apogeos y caídas de las civilizaciones, casi siempre perfumados por el dulce olor de la sangre. Todo era portador de muerte. Esta viajaba escondida en el manto de los envenenadores, los filos de las espadas, la silenciosa imprevisibilidad de las saetas, más tarde en las estruendosas armas de fuego, la furia desatada de belicosos átomos y la microscópica perversión de los asesinos biológicos.
Me pregunté si una rápida purga serviría como escarmiento, pero pronto descarté la idea, la violencia y el dolor eran moneda corriente en este mundo, los humanos eran especialistas en soportarlos y provocarlos… ¿cómo disciplinarlos?
Hambrunas, pestes, guerras y cualquier crisis que hábilmente induje era rápidamente absorbida, digerida y convenientemente utilizada por los poderosos de turno, algunos hombres y mujeres santos sufrían burla y descrédito, cuando no eran reprimidos violentamente.
No era raro que las civilizaciones crecieran, prosperaran y se extinguieran. Lo efímero era una necesidad de la Creación, lo diferente en este caso era que estaba sucediendo sin la intervención del Hacedor. ¿Por eso estaba aquí? ¿Para ser testigo de lo inevitable?
Dos mil años de fracasos aburrieron al Hacedor, que ordenó la conflagración total. Sentí un gran desasosiego y tristeza, sentimientos casi desconocidos que atribuí a las influencias de esta rara especie que podía amar y odiar con igual intensidad. ¿No eran acaso terriblemente parecidos al Hacedor? ¿Su afán de destrucción no era el mismo de quién había encargado su desaparición de la faz del planeta?
Algo confundida por ese vendaval de preguntas pecaminosas, me apresuré a cumplir con la consigna extrema… ¿Debería hacerlo? Por supuesto. ¿Qué me estaba pasando?, ¿cuándo había antes juzgado una consigna del Hacedor?
Me permití un último interrogante que, en realidad, era un deseo: ¿podía jugar esta vez a ser Dios?

LA ENTIDAD II. EL RENACIMIENTO

Hay un Libro Santo que relata la historia del renacimiento humano, apenas podemos leerlo unos pocos que guardamos el conocimiento del lenguaje escrito. Pertenecemos a la casta de los Eruditos y nuestro oficio es recorrer los caminos pregonando La Palabra, leyendo fragmentos en las hogueras de los poblados y campamentos, mientras los hombres guardan respetuoso silencio, las mujeres hacen la señal del Elegido y los niños tiemblan de miedo alejándose de la oscuridad.
El libro fue escrito por el Patriarca Xenón y su esposa María, continuado por sus descendientes y actualmente corregido por nuestra casta, Xenón y María fueron designados por la Entidad para perpetuar la especie.
¿Qué clase de ser era La Entidad? Sabemos que el Hacedor la utilizaba para mantener el equilibrio del Universo. ¿Qué la impulsó a salvarnos? Nunca lo sabremos. Algunos simplones de la casta de Recolectores dicen que era, en realidad, el Demonio que desobedeció al Hacedor y que algún día expiaremos este pecado original.
Sentado en el oratorio, con mi mejor cara de sacerdote y el centelleo del fuego danzando en mis exageradas gesticulaciones, amonesto con el dedo al líder del poblado que no tuvo mejor idea que decir que somos unos inútiles chupasangre buenos para nada. El sujeto es un bruto de dos metros de altura bautizado como Rama que quiere organizar partidas hacia las Urbi en busca de unos supuestos ancestros. Cualquiera sabe que en esos montones de roca derretida nadie pudo vivir, actualmente los pájaros caen muertos al sobrevolarlas, y algún idiota que se atrevió a acercarse tuvo el mismo fin, pero viendo caer su piel de a pedazos.
Rama parece no escuchar mi sermón y poniéndose de pie desde su altura intimidante, me dice: Déjame tranquilo Erudito, mañana debo salir a recolectar para llenar tu panza… y por favor, no uses a mi mujer, podrías llegar a sentir asco de la pobre. Se me acerca lo suficiente como para atemorizarme, pero, astutamente respondo haciendo la seña de la Unción con el dedo pulgar sobre mi frente. La acción provoca un susurro en los presentes y el propio Rama agacha la cabeza y se pierde en la noche. Todo el mundo sabe que los Eruditos podemos maldecir y traer toda clase de desgracia a los infieles, aunque nadie, ni yo mismo, ha observado que esto realmente suceda.
Paseo mi mirada por el grupo hasta ver a Jeeza, la mujer del constructor de sandalias, la tomo de la mano con firmeza y la arrastro a mi tienda mientras su marido rechina los dientes. No soy un abusador, apenas saciado mi deseo la dejaré regresar.
El canto del gallo me despierta temprano, para mi sorpresa, la hermosa mujer duerme a mi lado, mostrando una tentadora pantorrilla. Desearía quedarme, pero debo llegar a tiempo a la reunión del Concejo de Venerables Ancianos.
Mi informe es definitivo. El libro Oscuro está siendo revelado en los poblados, los Reveladores, que así se hacen llamar, insisten en que es el verdadero Libro Santo, que relata la destrucción de la humanidad y su renacimiento por obra y gracia de La Entidad, en el figuran también una lista de mandamientos antiguos y algunas tontas parábolas incomprensibles. No nombra ni por asomo a los Eruditos, ni su sagrada función iluminadora. Todo un fiasco.
Algunos tontos ancianos reblandecidos opinan que no sería malo que incluyéramos sus enseñanzas en nuestras homilías. Ya me encargaré de ellos, el último salmo del Libro Santo dirá que todos los escritos que no estén contenidos en él son apócrifos y por consiguiente prohibidos. También, gracias al Hacedor, concluirá que la violencia no es tal cuando se utiliza para defender La Palabra.
Me retiro del recinto, sonriendo. Tal vez sea el próximo Patriarca, apuro el paso y pronto me doy cuenta por qué Jeeza tal vez me espere en mi lecho.

Héctor E. Massara

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