Autor

Avatar

El guardián del tiempo: diálogo, exilio y fe en la poesía de Guillermo Pilía

Por Gisela Colombo

Poeta, narrador, ensayista y miembro de ocho academias, Guillermo Pilía repasa en esta entrevista el recorrido detrás de su último libro, Clemencia del verdugo, su vínculo con Rumanía y la figura de Ovidio, el homenaje que le rindió SADE La Plata por sus 45 años de trayectoria, y su rol al frente de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras, que hoy preside.

«Concierto Nocturno» y el libro más reciente

«Concierto Nocturno» es tu publicación más reciente. ¿De qué habla este libro y qué lugar ocupa dentro de tu obra poética?

En realidad no es la más reciente: acaba de aparecer Clemencia del verdugo, un libro que presenté semanas atrás en Bucarest y que en noviembre se presentará en la Casa de México de Madrid. Concierto nocturno es en realidad una recopilación de poemas breves que tienen como tema en común la noche, textos pertenecientes a mis libros Sobre la cuerda y sin la red —que en 2016 obtuvo el Premio León Benáros de la Fundación Argentina para la Poesía—, Fatiga de los metales y Orfandad de las cosas, publicado en 2024 por la Academia de Buenas Letras de Granada. Cada libro tiene su destino y no reniego de ninguno de los que he publicado, desde el primero, de 1979, hasta el último de 2026.

El eje central de su poesía

La crítica describió tus versos como una búsqueda de «trascendencia» y del «rostro humano en lo cotidiano». ¿Cómo describirías vos mismo el eje central de este libro?

No de este libro, sino de todos: como escribió Rafael Felipe Oteriño, mi poesía se mueve entre dos temas fundamentales, la búsqueda de suturar una herida —la del paso del tiempo, que me lleva a un tono fundamentalmente elegíaco— y la celebración de lo creado, una poesía de alabanza, aunque con sordina. Las cosas cotidianas reclaman a la poesía que les dé existencia a través de la palabra. Todos los demás temas de mi poesía, que no son muchos, se agrupan en uno u otro lado, y muchas veces entre los dos.

La Academia Tomitana y Ovidio

En 2023 fuiste incorporado a la Academia Tomitana de Rumania, distinción vinculada a tu trabajo sobre Ovidio y su exilio en Tomis. ¿Qué significó para vos ese reconocimiento y qué te acercó a la figura de Ovidio?

En 2023 comenzó una relación de amor con Rumanía, un país del que no he recibido más que reconocimientos. Ya llevo tres libros publicados allí, me han hecho miembro de la Academia Tomitana y de otras dos academias, y la Universidad Dimitrie Cantemir de Bucarest me acaba de investir como doctor honoris causa. Constanza, la antigua Tomis, es efectivamente la ciudad en la que vivió su exilio Publio Ovidio Nasón y donde murió; su estatua mira melancólicamente en dirección al mar. Ovidio es uno de mis poetas preferidos: traduje varios fragmentos de sus obras con la idea de presentarlo a los lectores actuales como un poeta moderno. Si se lo despoja de las referencias mitológicas, Ovidio es un poeta absolutamente moderno, alguien que ama apasionadamente, que sufre la lejanía de la patria a la que no puede regresar, que ve el inexorable paso del tiempo, que padece el abandono y el olvido de los que eran sus amigos. Me parece más humano que Virgilio; Horacio y Catulo a veces se le acercan, pero en lo personal me quedo con Ovidio.

45 años homenajeados por SADE La Plata

En diciembre de 2024, SADE La Plata te homenajeó por sus 45 años dedicados a la literatura. Mirando hacia atrás, ¿qué momento o etapa de ese recorrido dirías que te marcó más?

A la hora de hacer un balance de mi vida, no sé si lo que escribí fue bueno o malo; supongo que al menos no considero que haya sido malo, quizás a algunos les guste y a otros no, es inevitable. Lo que sí me satisface es que he sido fiel a mi vocación de escritor y que he sido constante. Me dediqué por entero al mundo de las letras, como poeta, narrador y ensayista, pero también como profesor, difusor y dirigente. No recuerdo un momento en el que no haya hecho simultáneamente todas estas cosas. Hoy en día las sigo haciendo.

Al frente de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras

Hoy presidís la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras. ¿Cuáles son los desafíos o proyectos que más te interesa impulsar desde ese rol?

Siento por la Academia Hispanoamericana un profundo amor, porque fue la primera a la que ingresé; hoy soy miembro de ocho. Ello me exige trabajo, tiempo, y ningún tipo de remuneración. Me satisface verla crecer, la incorporación de nuevos académicos, la entrega de los premios Dámaso Alonso, la hermandad con otras instituciones similares. Dentro de poco viajaré a Madrid, como casi todos los años, para la incorporación de los nuevos miembros. Ser presidente es una circunstancia azarosa: en un momento, al quedar vacante la vicepresidencia, mis colegas me eligieron para ese cargo; después tuve que realizar muchas comisiones, en Chile, en Colombia, en Nicaragua, por encargo del presidente, el marqués de Santa Ana, quien creo que me allanó el camino para sucederlo en el momento en que decidió retirarse. Hoy la academia forma parte de un foro o constelación de academias con otras de Italia, Rumanía, Grecia y Mongolia. Creo que la condición fundamental para ser académico es creer firmemente que la cultura puede llevarnos, a la larga, a una sociedad más humana, aunque el mundo actual intente convencernos de lo contrario.

Cómo se valora la poesía según el país

A lo largo de tu carrera acumulaste reconocimientos en distintos países (Argentina, España, Rumanía, Estados Unidos). ¿Qué diferencias encontrás entre cómo se valora la poesía en esos distintos ámbitos?

Siempre tengo que caer en una respuesta que no me gusta dar, pero no hay otra. En mi caso, pero también en el de muchos otros, he sido más valorado fuera de nuestro país. Es bastante irónico que en Chile, España, Francia y Rumanía se hayan interesado en publicar mis libros y que acá me pidan que pague como si fuera un escritor que recién se inicia. Creo que en todos esos países, y en Italia y Estados Unidos, donde próximamente me publicarán, tienen una mirada más amplia. A veces siento que en nuestro país, al que asoma la cabeza se la tratan de cortar, y así se explican muchas cosas que sería doloroso detallar. A mí no me interesa acumular condecoraciones porque sí: cada premio, cada membresía me obliga a trabajar por las instituciones que me reconocen. Si algunos reconocimientos me llegan cuando ya no tenga capacidad de trabajo, es preferible que no me los den.

Proyectos en marcha

¿Estás trabajando actualmente en algún nuevo libro o proyecto? ¿Tenés alguna presentación o actividad pública programada que quieras compartir?

Trabajo en dar a conocer mi último libro, Clemencia del verdugo, poemas que tienen que ver con la crueldad y donde aparece más explícito mi compromiso humanista, que ya estaba en muchos de mis libros anteriores, aunque en forma más velada. Ahora estoy escribiendo poesía religiosa, no poesía mística, porque místicos hay muy pocos y los demás son farsantes. Soy una persona creyente, pero en los últimos años rezo poco de la manera convencional: mi forma de oración, de diálogo con Dios, es la misma poesía. Después tengo cuentas pendientes con mi obra narrativa y desearía recopilar todas las clases y conferencias que he dado y doy en distintas universidades sobre poetología, y buscar quién las publique.

Por dónde empezar a leerlo

Para quienes se acercan por primera vez a tu obra, ¿por dónde recomendarías empezar a leerte?

Creo que mi libro Ojalá en tiempo tan sólo fuera lo que se ama sería un buen comienzo: en él están ya maduros los temas de mis libros anteriores y prefigurados los siguientes. En Ansias de clara palabra, publicado en Chile, está lo esencial de mis 45 años con la poesía, a los que hay que sumarles dos años más y un nuevo libro. Pero que los lectores empiecen por donde quieran: ya es mucho que tengan interés en leerme como para que me ponga a hacerles sugerencias.

Con más de cuatro décadas de trayectoria y reconocimientos que hoy lo llevan de Buenos Aires a Bucarest y Madrid, entre otras tantas ciudades, Guillermo Pilía sigue sumando capítulos a una obra que él mismo define entre la elegia y la celebración. Clemencia del verdugo se presentará en noviembre en la Casa de México de Madrid.

Compartir

Autor

Avatar

«Nunca debemos olvidarnos de dónde venimos, de nuestras raíces»

Cuando niña, comenzó a cantar en la escuela, aunque ya lo venía haciendo en reuniones familiares. Al poco tiempo, eso con lo que tanto había soñado, se hizo realidad. Una edición de la Fiesta del Caballo, en Ingeniero Luiggi, permitió que su nombre empezara a trascender. Por entonces era conocida como La torcacita pampeana. Pasaron casi tres décadas de ese momento, hasta llegar a este presente que encuentra a la cantora y compositora pampeana Eli Fernández posicionada como una de las jóvenes voces más representativas del folclore argentino.

Nacida en General Pico, y viviendo en Córdoba desde hace varios años, la artista acaba de estrenar Huella de barro y sol, en coautoría con el músico santiagueño Peteco Carabajal. «Haber grabado esta huella tiene un significado muy especial para mí. Primero, poder compartir con uno de los músicos emblemáticos del país como Peteco, y por otro lado, no deja de ser siempre una alegría componer y escribir para mi tierra. Es hermoso homenajearla, algo que ya había hecho con la milonga que me pertenece llamada Tierra de caldén. En este caso, la música pertenece a Peteco, y la letra es de los dos», contó Fernández, en el transcurso de la charla con El Lobo Estepario.

Con tres discos editados, no es la primera vez que se rodea de reconocidos artistas de la escena nacional. Teresa Parodi, Nahuel Pennisi, Sandra Mihanovich o Daniela Calderón, son algunos de los nombres que fueron apareciendo en su camino. «Me siento una afortunada poder ir conociendo y compartiendo con grandes artistas. Este transitar por la música me va poniendo gente que me hace bien, y me ayuda a crecer», destacó.

Su primer álbum fue Canto Soy (2018), nominado a los Premios Gardel 2019 en la categoría Mejor Álbum Artista Femenina de Folclore. Luego aparecería Alas sin pena (2022), producido por Popi Spatocco y galardonado como Mejor Álbum Solista de Folclore en los Premios Mercedes Sosa 2023. En el 2024, salió a la luz Las ramas de este sueño, producido y arreglado por Leandro Marquesano y Sebastián Palacios. En Huella de barro y sol, junto a la voz de Fernández, aparecen Leandro Marquesano (arreglos, piano, bajo y sintes) y Peteco Carabajal (voz y guitarras). La edición, mezcla y mastering estuvo a cargo de Sebastián Palacios (Islandia Estudio), y el diseño de tapa pertenece a Noe Gaillardou. Está disponible en todas las plataformas musicales.

«La huella empieza con la frase «que ha de ser de la vida, si no hay regreso/si se borran las huellas, de lo que es nuestro». Pase lo que pase, estemos donde estemos, más allá de nuestros andares y de nuestros caminos, nunca debemos olvidarnos de dónde venimos, de nuestras raíces. Es lo que nos define. Yo llevo a mi tierra, a La Pampa y a General Pico, en todos los sitios dónde ando. Siempre digo de dónde soy, tengo un amor muy entrañable por mis pagos. Con Peteco nos une ese amor por nuestra tierra, en su caso, con La Banda, en Santiago del Estero», señaló.

Eli Fernández, junto a Peteco Carabajal.

Fernández recordó de qué forma surgió la idea de componer juntos una canción. «Hablando tanto de ese amor por nuestras raíces, salió la letra. Fue muy lindo ese proceso. Anteriormente habíamos compuesto una vidala, y en un momento me dice «¿qué te parece si hacemos una huella?». Le respondí «me encantaría», y todo salió en cuestión de horas, en noviembre del año pasado. Llegó en un momento muy importante para mí, tanto en lo personal como artístico. Esta huella me toca todas las fibras. Mi deseo es que se expanda, que se pueda dar a conocer todo lo máximo posible. Y obviamente, llegue a distintos rincones mi Provincia».

En enero del 2025, vivió una inolvidable experiencia, cuando subió al escenario principal del Festival de Cosquín, integrando Herederas, una juntada de cantoras que reunió, además, las voces de Roxana Carabajal, Silvia Lallana y Cecilia Mezzadra. En la última edición, Eli fue parte de un homenaje a Mercedes Sosa, realizado por Silvia Lallana, interviniendo en un cierre épico junto a Adriana Tula, Cecilia Mezzadra, Sofía Assis, María Juárez, Yuki Nievas, Sofía Arburúa y la propia Lallana. Fernández continúa con su ciclo Más vale esperar cantando, presentándose el jueves 10 de septiembre a las 21 horas en el Club Social Cambalache, ubicado en Defensa 1179, San Telmo. Entradas disponibles en www.clubsocialcambalache.com.

Compartir

Autor

Raúl Bertone

Autor

Raúl Bertone

Autor

Avatar

Autor

Avatar

Autor

Avatar

Autor

Avatar

Autor

Avatar