Por Ulises Rodríguez*
Hay momentos en los que un festival deja de ser solamente un festival. La décima edición del Festival Nacional de Cine de General Pico fue uno de esos momentos. Porque alcanzar diez ediciones no es apenas una cifra: es construir una historia, sostener una tradición, formar espectadores, reunir generaciones y conseguir que, durante algunos días, una ciudad vuelva a mirarse a través del cine.
Y esta vez, además, la historia comenzó con una película que parecía hecha a la medida de ese aniversario.
Maníacas, de Diego García, fue la película de apertura de la décima edición y consiguió algo que pocas veces sucede: que una sala de 700 butacas resultara insuficiente. El Cine Gran Pampa se colmó de público que quería ver una historia que transcurría en General Pico, protagonizada por actrices y actores de la ciudad, y que hablaba también de algo profundamente cercano: los sueños, las dificultades, los deseos y las pequeñas batallas de cualquiera que alguna vez haya intentado hacer realidad un proyecto en esta ciudad.
Hubo tanta gente que quedó afuera que fue necesario abrir otra sala. En el Cine Teatro Pico, 300 personas más pudieron ver la película de apertura. La escena tenía algo de símbolo: una película nacida en General Pico llenando dos salas de General Pico. El cine local encontrándose con su público.
A partir de allí, la décima edición pareció confirmar que algo había cambiado. O, mejor dicho, que algo construido durante diez ediciones empezaba a mostrar toda su dimensión.
Por General Pico pasaron referentes fundamentales del cine argentino. Roger Koza llegó desde el territorio de la crítica; Fernando Martín Peña, desde el de la preservación y la memoria cinematográfica. Valentina Bassi presentó Presente Continuo, una película atravesada por una historia íntima y por la experiencia de su hijo. Se vieron producciones pampeanas y regionales, películas que encontraron en el festival una pantalla y un público. Volvieron las trasnoches de cine de terror, ya convertidas en una tradición de las últimas ediciones. Y cada mediodía, el streaming se transformó en otra pantalla del festival: por allí pasaron invitados, organizadores, realizadores, integrantes del equipo y personas que tenían una historia que contar sobre estas diez ediciones.
También estuvo la infancia. La muestra infantil volvió a ocupar su lugar y tuvo una presencia especial: la del nieto de García Ferré, como parte de una celebración que entiende que formar espectadores también significa acercar el cine a las nuevas generaciones.
Y llegaron los premios. Como todos los años, el festival volvió a reconocer películas, realizadores y realizadoras, intérpretes y propuestas que enriquecen el cine argentino, pampeano y regional. Porque un festival termina con una ceremonia, pero lo que deja no cabe en una lista de ganadores.
La película de cierre fue Él mató a un motociclista alcoholizado, de Mariano Anania, otro director pampeano. Filmada en General Pico y sus alrededores, cerró una edición atravesada, de principio a fin, por una idea poderosa: el cine también puede contar aquello que tenemos delante de los ojos todos los días.
Y mientras terminaban los aplausos, ya comenzaba a gestarse la undécima edición.
En ese movimiento entre lo que termina y lo que está por empezar se inscribe también el Taller de Cine y Crónica, que por segundo año acompañó al festival. El taller propone detenerse, observar, escuchar y escribir. Encontrar aquello que sucede alrededor de las películas y que muchas veces no aparece en las programaciones: las conversaciones, los encuentros, las esperas, los espectadores, los recuerdos, las historias mínimas que terminan construyendo la memoria de un festival.
Las crónicas que siguen nacen de ese ejercicio. Son distintas miradas sobre una misma experiencia. Cada una eligió dónde poner el foco, qué recordar, qué preguntar y qué contar.
Porque después de diez ediciones, el Festival Nacional de Cine de General Pico ya no pertenece solamente a quienes lo organizan. También pertenece a quienes lo esperan, a quienes lo recorren, a quienes proyectan sus películas, a quienes las miran y a quienes encuentran en ellas una manera de contar su propia ciudad.
Estas crónicas son, finalmente, otra forma de mirar esa película colectiva que General Pico viene escribiendo desde hace diez años.
*Periodista y docente del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”
La otra película del Festival
Por Silvina Llames
La décima edición del Festival Nacional de Cine de General Pico fue una gran fiesta. Salas llenas, grandes programadores y jurados del cine nacional, talleres vinculados al séptimo arte y más de 300 largometrajes y cortometrajes presentados a las convocatorias para participar de las competencias nacionales y regionales.
Para quienes tuvieron que seleccionar las películas, reducir ese número a menos de veinte obras seguramente no fue sencillo. Pero en el centro de todo, por encima de las competencias, los premios y las proyecciones, permanece algo más difícil de medir: el encuentro.
Para que ese encuentro ocurra, hay un trabajo que empieza mucho antes de que se apaguen las luces de la sala. Meses de preparación, reuniones, decisiones y tareas que el público muchas veces no llega a ver. Entre quienes forman parte de esa maquinaria desde la primera edición están Javier Vargas y Guillermo Álvarez.
Guillermo, “Guille”, como lo llaman afectuosamente, es licenciado en Comunicación Social. Trabaja junto a la Asociación Italiana desde antes de que existiera el festival y fue parte de la construcción de su identidad gráfica: banners, piezas de comunicación y videos que se proyectan antes de las funciones.
Javier es ingeniero en sistemas y aficionado a la fotografía. Desde aquel primer festival, en 2016, lleva una cámara y se dedica a documentar todo lo que ocurre: las películas, los invitados, los talleres, las salas, los encuentros y, sobre todo, aquello que sucede entre una actividad y otra.
Es la mirada detrás de las imágenes que después quedan como memoria.
Aprender sobre la marcha
Para Javier, formar parte de la organización desde el comienzo y, especialmente, hacerlo desde la fotografía, produce una sensación de orgullo y felicidad que se percibe cuando habla del festival.
Pero nada de aquello estaba aprendido de antemano.
“Creo que como todos los que estábamos en ese momento en el festival fuimos aprendiendo ‘sobre la marcha’ ya que era algo nuevo para todos nosotros”, dice al recordar la primera edición
La primera experiencia fue casi intuitiva. “Todo arrancó muy amateur, no sabíamos cómo se hacía y yo dije: Me gusta sacar fotos y fuimos para adelante, hasta el año pasado”.
Javier recuerda que durante los primeros festivales llegó a sacar unas ocho mil fotografías. Se ríe cuando lo cuenta. Después venía otra parte del trabajo: seleccionar, editar y entregar esas imágenes para la página web y las redes sociales.
Con cada edición apareció un nuevo aprendizaje. “Todo este conocimiento se fue dando con el transcurso de los festivales, te vas aggiornando y poniendo más canchero”.
Diez años después, esa experiencia acumulada también se refleja en la manera de organizarse. “Bueno, creo que todos fuimos aprendiendo a través del tiempo, afianzando los aciertos y corrigiendo los errores. Digamos que nos fuimos organizándonos mejor a través de los años”.
La fotografía siguió el mismo camino: menos improvisación, más criterio y una búsqueda permanente por mejorar la calidad. “Al igual que la organización fuimos corrigiendo errores, y mejorando la calidad de las fotos”.
Pero entonces aparece una frase que parece resumir una década de aprendizaje: “A veces más no es mejor”.
Y quizás ahí esté una de las claves. No se trata solamente de acumular imágenes, sino de encontrar aquella que consiga contar lo que pasó.
El trabajo que nadie ve
Durante las primeras ocho ediciones, Javier se tomaba licencia de su trabajo durante esa semana para dedicarse de lleno al festival. Pero el crecimiento del encuentro modificó las necesidades.
A partir de la novena edición fue necesario reforzar la presencia en redes y esa tarea pasó a un equipo específico.
Javier siguió detrás de la cámara, aunque este año apareció también otro trabajo, todavía más invisible: conseguir que las películas pudieran verse correctamente.
Su tarea técnica estuvo vinculada a la conversión de formatos para adaptarlos a las distintas condiciones de proyección y a la incorporación y eliminación de subtítulos.
Son tareas que el espectador probablemente nunca advierte. Y justamente ese es el objetivo: que no se noten. Que cuando las luces se apaguen, la película simplemente aparezca en pantalla.
Detrás de cada función hay entonces otra película: la de quienes revisan archivos, preparan materiales, corrigen problemas y se aseguran de que todo esté listo cuando llegue el momento.
Diez años, una camiseta
Para Javier, la décima edición dejó un aprendizaje colectivo. No solamente para quienes trabajan en fotografía o comunicación, sino para todas las áreas que hacen posible el festival: programación, gráfica, producción, técnica y organización.
Lo resume así: “tenemos puesta la camiseta del Festival desde hace más de diez años, creemos que es una experiencia única para General Pico. Nos sentimos muy orgullosos del producto que año a año estamos ofreciendo a todo General Pico y la zona.”
Y agrega: “como integrante del Festival de Cine de General Pico, y también como miembro de la Asoc. Italiana que es quien también está detrás del Festival… Esperamos que puedan disfrutar de la misma forma que nosotros.”
Una sala no alcanzó
El jueves 6 de agosto comenzó el festival. La película inaugural fue Maníacas, del realizador piquense Diego García, y la respuesta del público produjo una de esas situaciones que quedan en la memoria.
Más de mil personas llegaron al Cine Gran Pampa. La sala se llenó.
Media hora después hubo que habilitar el Cine Teatro Pico. Las personas que habían quedado afuera pudieron ver la película de manera simultánea.
Talleristas, jurados y programadores que participaron de esta edición lo definieron de una manera contundente. “Fue algo inédito, no se ha visto en otro festival”.
Quizás esa escena condense mejor que ninguna otra lo que significa una década de Festival de Cine de General Pico.
Una película piquense. Dos salas. Más de mil personas. Y un público que no quería quedarse afuera.
Mientras las luces se apagaban, Javier probablemente estaba mirando desde algún lugar detrás de su cámara. Guille, desde la comunicación y la gráfica, también formaba parte de aquello.
El público veía una película.
Ellos, en cambio, llevaban diez años ayudando a construir otra: la historia de un festival que aprendió a crecer, a corregirse y a mirar hacia adelante sin perder aquello que lo puso en marcha: el encuentro.
La otra película: diez años de festival de cine en Pico
Por Ayelén Curetti
Son las ocho y media de la noche, pleno invierno pampeano, de esos en que el día se fue temprano,el sol casi no se vio, y salir afuera requiere el coraje de doble abrigo y una buena bufanda. En la vereda del cine teatro Pico, fumando un cigarrillo,observando quienes ingresan a través de sus lentes metalicos rectangulares clásicos con su marco negro, está un proyeccionista que recién sale de la cabina, donde hace una temperatura diferente a la de la ciudad helada en pleno invierno.
Cristian lleva encendida la sala desde las primeras funciones de la mañana, con los encuentros de infancia, sin parar. Ahora se toma una pausa antes de revisar por tercera vez que el archivo esté bien cargado, como hace desde hace diecinueve años cada día. Cada vez que revisa tiene el mismo gesto: apoyarse, fijar la vista, la luz tenue en la cabina, y observar unos segundos sin pestañear la pantalla, aprovechando que en esta proyección de cortos pampeanos todo será transmisión digital,y eso parece darle menos tensión en sus expresiones, porque el show ya está armado y la función garantizada, excepto un corte de luz.
En la boletería hay cambio de turno y ya se perdió la cuenta de cuántas entradas se cortaron hoy. Será una cuenta para el cierre. Porque acá, en una pequeña ciudad de La Pampa, aunque incorporamos proyectores digitales, QR para el ingreso de los socios a las salas sin filas y venta online, seguimos contando con la posibilidad de saludar al boletero, de recibir una entrada en papel, de preguntar “¿está muy lleno?”, decir “uh, llego tarde” y un “¿cómo va?” para saber del otro. En nuestras salas, además de espacios amplios y telones, sigue habiendo interacción humana, si uno elige disfrutar de esa efímera charla breve.
A veces no nombramos estos personajes. No los mencionamos en los agradecimientos. Nadie les pide que suban al escenario. Y, sin embargo, si alguno de ellos faltara una noche, no habría película. No habría festival. Y en cada función veremos dos o tres, pero sabemos que son más. Que rotan en turnos, que se cubren, que hacen posible que durante todo el año en Pico haya cine, con proyeccionista, con boleteros y también con el quiosquero que, aunque hoy mute un poco con cafetería, sigue teniendo la esencia y vendiendo Sugus confitados en cajitas amarillas, como cuando teníamos muchos años menos y el quiosco era mucho más pequeño.
Hace diez años, en la película de apertura del primer festival, pasaron “La Patota”, de Santiago Mitre: una película que sucedía en un pueblo chico de Misiones, de esas cosas que existen pero que la pantalla grande no siempre se anima a mostrar. Una protagonista que salía transformada y que nos impactó a todos con la historia. La sala estaba expectante. Había muchas personas que representaban instituciones y otras curiosas, todas pensando un poco: ¿Pico da para un festival?
Hoy, diez años después, el festival no sólo cumple una década, sino que marca un nuevo hito: inaugurar con una película local, llenar la sala y tener que improvisar la apertura de una sala adicional que también se llenó. Más de trescientas personas caminaron las dos cuadras que diferencian las salas. Después llegó una fila enorme. Una noche de frío, esperando y deseando ingresar a la función inaugural.
Tal vez ya no haga falta responder aquella inquietud de hace diez años con una frase. Alcanza con mirar lo que sucede. Hay personas que durante una semana están dispuestas a dejarlo todo para asistir, reprogramar compromisos y tener horas de salas. Y durante el resto del año, ahora también hay muchos más pampeanos dispuestos a hacer cine.
En estos diez años no sólo cambió con qué film se inaugura en General Pico. También Pepo, uno de los proyeccionista, tuvo el placer de volver a proyectar en 35 milímetros, aunque cada vez llegue más producción digital a nuestros cines. Él llegó después que Cristian a este oficio, pero no le falta experiencia y trayectoria, suele escuchar además de sólo contar sobre su trabajo, cruza las manos, tiene expresión serena y una sonrisa de orgullo cuando se le pregunta por su andar en esa sala a la que pocos llegan pero donde sucede la magia de “activar” las películas. Acá, en el norte de La Pampa nuestros cines no sólo conservan humanidad en las tareas y en los pequeños detalles. También conservan proyeccionista que saben pasar cine en distintos proyectores, que escuchan, que observan y que entrenan su mirada atenta para garantizar, en silencio y fluyendo como espíritus fantasma, la calidad de cada nueva función. Hay máquinas de “museo”, bien conservadas y todavía funcionando. Y personal capacitado, capaz de subsanar los márgenes de error que pueden surgir en las diversas formas de proyectar.
Son dos películas, en realidad. Una es la del festival: diez años que atravesaron una pandemia, salas que se llenaron y se vaciaron y se volvieron a llenar, generaciones nuevas de espectadores que hoy ocupan las butacas donde antes se sentaban otros. La otra es la de hoy: diez años después, todos nos volvimos un poco más cinéfilos en la ciudad. Sabemos que algo pasa durante una semana de agosto. Muchos dejaron de necesitar cartelería para llenar una sala, como ocurrió en esta décima inauguración. Las dos películas corren en paralelo, como en esas salas dobles que tenía Cinema Paradiso. Y los proyectistas, boleteros y quiosqueros son quienes, en silencio, ven toda esa diversidad mientras el tiempo transcurre.Hay mucho que pensar de ese icónico film italiano este año. Esa película se anima a mostrar que hay dos artes en juego: el de hacer cine y el de pasarlo.
Alfredo no filma nada. Alfredo enhebra la máquina, cuida el fuego del proyector, sostiene con las manos el ritual para que otros puedan sentarse a soñar. Ese amor que no filma nada, que no sale en los créditos, es el que también merece un aplauso esta vez. En Pico, durante la semana del festival, hay una sobrecarga silenciosa. Todos los que trabajan en el festival pausan su vida para estar, acompañar y ayudar a que siga sucediendo. Es una semana donde todo gira en torno a las salas.
Al final, en general, el aplauso es para la pantalla, para quien dirigió, para quien actuó. Pero ellos ya se están yendo a preparar la función siguiente. O ya están ahí, ordenando la caja, contando entradas, mientras la sala todavía se ríe o se queda en silencio con los créditos.El cine no empieza cuando arranca la película. Empieza antes, en una cabina con calor, en una ventanilla con una fila de gente impaciente, en unas manos que hacen, semana tras semana, el mismo gesto invisible para que el resto podamos ver.
Diez años después, el festival continúa vivo. Y quizás una de las formas de medir lo que pasó durante esta década sea mirar justamente ahí, en esos gestos que se repiten aunque todo alrededor haya cambiado. Un proyector digital. Un QR. Una entrada de papel. Una máquina de 35 milímetros que todavía funciona. Un boletero que pregunta si está muy lleno. Un quiosquero que sigue vendiendo Sugus en cajitas amarillas. Todos esos gestos conviven durante una semana de agosto.
En Pico hay funciones de cine todos los días. Pero una semana al año somos festival. Hay proyecciones a toda hora, talleres, debates, jurados, escuelas, realizadores que llegan, espectadores que vuelven y otros que vienen por primera vez. Y están también quienes hacen que las luces se apaguen, que la película empiece, que alguien pueda entrar a una sala, que una función termine y otra pueda comenzar. Diez años después, las salas siguen ahí. Algunas cosas cambiaron. Otras, por suerte, no. Pico, respira cine.
El cine que nunca termina
Por Danúbia Lisboa
Agosto de 2026, General Pico, La Pampa. Hace frío en la ciudad y el Cine Teatro Pico está con las puertas abiertas. Te invitan a entrar, subiendo las escaleras ya se siente el rico olor característico de moqueta y madera antigua. Dentro de la sala, las luces se apagan, comienza a oírse el ruido del proyector 35mm, la pantalla se prende y es tomada por el color blanco y negro de una película de 1965. En aquel momento por algunos minutos parece que los años no han pasado para algunos y ellos pudieran volver en el tiempo. Para otros fue la primera vez que miraban una película como esa. En el mismo tiempo y lugar la novedad y nostalgia se encontraron, en la décima edición del Festival de Cinema de General Pico. Festival que no empezó de la nada, más de una gran historia de amor antigua con el cine.
Federico Fellini, el gran director italiano, una vez dijo: “El cine es una manera divina de contar sobre la vida”. Y quizá no haya una frase mejor para explicar lo que ocurrió en General Pico. Porque, antes de que existiera un festival, antes de que hubiera una programación, una organización y una fecha marcada en el calendario, ya existía algo mucho más importante: el amor por el cine.
En los años 60, General Pico, La Pampa, comenzó a vivir esa pasión de una manera cada vez más intensa. El cine empezó a hacerse popular en la ciudad y las películas encontraron nuevos espectadores, incluso en lugares inesperados como la iglesia, que también exhibía películas para la gente. Pero había una particularidad: para obtener el bono que permitía asistir a las funciones, había que ir primero a misa. Así, entre la fe y las historias proyectadas en una pantalla, muchas personas descubrieron la magia de una película y fueron tocados por ella.
Y fue en ese tiempo cuando dos niñas, todavía muy pequeñas, tuvieron su primer encuentro con ese mundo. Dos niñas que, sin saberlo, estaban comenzando una historia de amor que duraría toda una vida.
Rosa Audisio y Susana Deballi se enamoraron del cine. Y fue, según cuentan, amor a primera vista.
“Desde esa época siempre he mirado y hay emoción frente a la pantalla y siempre reflexiona uno, porque algunas fibras personales siempre tocan”, recuerda Rosa.
Susana se acuerda de manera nostálgica y dice: “Para mí el cine era como mi segunda casa. Yo salía de la escuela y pasaba por el cine para ver lo que había”.
Y quizás ahí esté la verdadera explicación de esta historia. Para ellas, el cine nunca fue solamente una película. Fue una programación familiar, una ventana hacia otras culturas y también un lugar donde ellas encontraron su pasión.
Mientras otras chicas salían de la escuela pensando en jugar, Susana buscaba en el cine la programación. Mientras Rosa se sentaba frente a una pantalla, encontraba emociones e historias que, de alguna manera, hablaban también de ella. Las películas fueron cambiando, los actores cambiaron, las historias terminaban y las luces volvían a encenderse. Pero algo permanecía en ellas: las ganas de volver y hacer eterna la magia del cine.
Por eso, cuando hablamos de que el Festival de Cine de General Pico nació en 2014, tal vez sea necesario mirar un poco más atrás.
Porqué 2015 fue el comienzo de la materialización de un sueño; pero ese sueño había comenzado muchas décadas antes.
El festival no nació de la nada. Nació de una memoria afectiva y colectiva, fue como tocar el cielo con la mano. Para aquellos chicos y chicas que descubrieron las películas en los años 60. De las familias que llenaban las salas. De quienes esperaban con entusiasmo el estreno de una película o hasta veían repetidas veces la misma. De quienes guardaron en la memoria escenas, personajes, diálogos y emociones. Y nació, también, de personas como Rosa y Susana, que hicieron de ese amor una parte de sus propias vidas.
El tiempo pasó
Las niñas crecieron. Cambiaron las películas y cambiaron las formas de mirar. Llegaron nuevas tecnologías, nuevas pantallas y nuevas maneras de contar historias. Pero ellas siguieron allí.
Porque hay amores que no envejecen.
El cine fue creciendo dentro de ellas al mismo tiempo que ellas crecían. Y lo que comenzó como una curiosidad infantil se transformó en una pasión que atravesó décadas. Una pasión que, lejos de quedarse guardada solo en los recuerdos, se fue compartiendo con otras personas y resultó en ese sueño colectivo.
Entonces, cuando llegó 2015 y General Pico tuvo su primera edición del Festival de Cine, aquellas niñas que alguna vez corrían desde la escuela hasta el cine pudieron, de alguna manera, compartir su pasión con otros.
El festival se estrenaba, pero el amor no
Y hoy, en su décima edición, Rosa y Susana siguen estando allí, activas, participando, aportando y demostrando que algunas historias no necesitan un final.
Quizás porque el cine les enseñó justamente eso: que una historia puede terminar en la pantalla, pero continuar viviendo dentro de quien la mira.
La gente que hace el Festival trabaja para que el cine permanezca vivo mismo después de que lleguen sus créditos finales.
Quizás por eso el Festival de Cine de General Pico tenga algo especial. Porque cada edición no celebra solamente las películas que llegan a la ciudad. Celebra también a quienes hicieron posible que el cine se convirtiera en una tradición.
Celebra a quienes alguna vez fueron niños y descubrieron una pantalla.
A quienes encontraron refugio en una sala oscura.
A quienes aprendieron que, durante un par de horas, una película podía llevarlos a cualquier lugar.
Y celebra, sobre todo, a quienes todavía hoy sienten esa emoción cuando las luces se apagan y la pantalla comienza a iluminarse.
Rosa y Susana siguen sentándose frente a esa pantalla.
Y quizás, por un instante, cuando comienza una película, vuelven a ser aquellas dos niñas de los años 60 que descubrieron el cine por primera vez.
Testigos de una gran película
Por Gaby González
Esta es una historia de amor que empezó hace más de un siglo y todavía no tiene final. Una historia de cámaras, salas de cine, familias, vecinos y películas que se niegan a desaparecer. Una historia que empezó cuando los Filippini llegaron a General Pico y que, de algún modo, continúa cada vez que alguien se sienta en una butaca para mirarse en la pantalla.
Hace unos 120 años, don Domingo Filippini recorría los pueblos de La Pampa con una cámara fotográfica. Viajaba en una chatita Ford y retrataba a sus habitantes hasta que encontró, a dos cuadras de la estación de trenes, una fonda que decidió convertir en casa y negocio. Allí instaló la Casa de Fotografías Filippini.
El vitral de Venus que identificaba aquel local sigue exactamente en el mismo lugar. Hoy funciona allí Il Café.
—Ahí se condensa la historia de nuestra familia —dice Estela.
Domingo Mauricio Filippini era su abuelo. Su padre, Domingo Mario, fue conocido como Poroto. En la puerta de doble hoja que todavía conserva el edificio aparecen entrelazadas las iniciales DMF. Una manera involuntaria de confundir, más de un siglo después, a padre e hijo.
Poroto tenía unos ocho años cuando el negocio familiar comenzó a prosperar y su padre decidió meterse también en el cine. Fundó el Belgrano Park, un terreno baldío cercado por tapiales. Sobre una pared blanca se proyectaban las películas de Chaplin. Una pequeña casilla protegía el proyector y, junto a la pantalla, un piano acompañaba las películas mudas.
El niño creció entre fotografías y películas. Ayudaba a su padre. Después llegó el Cine Belgrano, construido frente a la casa. Pero las llamas lo devoraron casi por completo y, a partir de entonces, padre e hijo volvieron a formar un equipo inseparable alrededor de la fotografía.
El cine, sin embargo, ya había quedado instalado en la familia.
Cuando la Asociación Italiana compró la casa, Estela sintió que el legado quedaba en buenas manos.
—Preservaron la memoria de mi familia. Esta historia ya no es nuestra, es de todos.
La casa
Se abren las puertas de la casona. Adelante estaba el negocio; atrás, la vivienda que fue creciendo a medida que llegaban los hijos. Desde la cocina hasta la vereda llegaba, a la hora de la leche, el olor a tostadas. En el patio todavía reverdecen las calas de mamá y los tréboles.
Pero el corazón de la casa era el taller.
Durante el día, todo giraba alrededor del trabajo. Por las noches, el taller se transformaba en living: familiares y amigos se reunían para conversar, escuchar la radio y volver a mirar las películas que había filmado el abuelo.
Una de ellas era Carlitos en La Pampa, filmada en 1920 y de unos quince o veinte minutos de duración. En la película, el personaje de Carlitos y un policía se disputan a una chica. Corren alrededor de la fuente de la Plaza San Martín y terminan cayendo al agua, muertos de risa.
—Es la película más antigua que se conserva del interior del país, filmada en General Pico por mi abuelo y su grupo de teatro. Tuvieron que hacerlo a las seis de la mañana porque la plaza se llenaba de gente que quería participar y después ir a verse al cine.
También estaban La caída de ceniza y Las nevadas, de los años treinta. Y las películas familiares, las publicidades, las filmaciones de la fundación de distintos pueblos.
Estela muestra una fotografía aérea de la Plaza San Martín.
—Se ve todo Pico. Y todavía veo a mi padre mirando desde arriba.
La hija del fotógrafo
Estela nació en esa casa.
—Yo era la hija del fotógrafo del pueblo. Me encantaba escuchar a las personas. Todo el pueblo pasaba por mi casa y siempre tenía una historia para contar.
Las comuniones eran días especiales. El negocio y la casa se llenaban de niñas vestidas de blanco, como pequeñas novias. Estela subía las escaleras que todavía chirrían bajo los pies y espiaba detrás de los barrotes a las novias y las modistas acomodando vestidos y ramos.
—Era todo muy escenográfico. Mi papá les decía que miraran una estrella, que pensaran en algo lindo. Entonces la pareja empezaba a reírse y salían las fotos más lindas.
Al fondo del patio, por una escalera estrecha, estaba el cuarto oscuro. Oscuro, húmedo, con las ventanas y las cortinas gruesas cerradas. Hoy permanece sellado, pero intacto.
El olor era fuerte, casi insoportable: vinagre y lavandina.
En el taller había dos materiales imprescindibles. El engrudo, preparado en enormes ollas de la cocina, servía para pegar las fotografías al paspartú. El otro era el matolei: un algodón embebido en una fórmula secreta que el padre de Estela preparaba y jamás reveló. Tenía un olor ácido, penetrante, a vinagre.
Hacia 1968, la familia iba al cine todas las veces que podía. Tenían un abono anual. Estela tenía quince años y recuerda las películas de Alain Delon, por quien, dice, estaban todas locas.
—Ir al cine era un paseo. Era encontrarse, ver al chico que te gustaba y verse en el cine.
Una familia detrás de la cámara
Ana también creció en el taller. Desde chica jugaba con las tintas al agua y aprendía a colorear fotografías con sus propias manos. En la adolescencia, Elena Filippa le enseñó a retocar fotografías en blanco y negro. También hacían juntas las vidrieras.
Elena y Toco Mur eran parte de la familia. Toco y su padre trabajaban como hermanos y realizaban juntos las publicidades que después se proyectaban en los cines.
Casamientos, cumpleaños, quince años, bebés, soldados y grupos familiares pasaron frente a sus cámaras.
Ana aprendió de su padre a sacar fotografías carnet y de Mur a imprimirlas. Lo recuerda como un trabajo artesanal, entretenido y gratificante. A su padre, además, le gustaba asesorar a otros fotógrafos y aficionados.
Nora, la menor de los cuatro hermanos, tiene otro recuerdo: el de un cine que todavía no existía.
Cuando se construía el Cine Gran Pampa, ella jugaba entre los materiales, corría por el terreno y subía las escaleras.
—Era ir al cine a jugar.
Tenía siete años cuando se inauguró. Recuerda haberse quedado parada en el hall y haber visto el cine lleno de gente.
En la casa, mientras tanto, el taller volvía a convertirse en sala familiar. Se proyectaban las publicidades de Poroto y las películas de Domingo, como aquellas imágenes del lago Epecuén cuando todavía era un balneario y la gente se metía al agua en malla.
También estaban las películas familiares: nacimientos, cumpleaños, escenas de la infancia.
La madre, que se ocupaba de la casa, era el sostén cotidiano de aquel movimiento. Por el pasillo que atravesaba la vivienda entraban las bicicletas de quienes trabajaban en el negocio. Néstor Mur iba y venía entre el local y el laboratorio del fondo. Ella preparaba la merienda para todos.
La casa era, de alguna manera, la casa de todos.
Verse en el cine
Hay una idea que atraviesa toda esta historia: ir al cine no era solamente mirar una película. Era ir a verse.
Cuando Domingo Filippini filmó Carlitos en La Pampa y, años después, Poroto realizó sus publicidades y registros, los habitantes de General Pico se convirtieron en actores, extras, espectadores y protagonistas.
—Lo lindo era que íbamos al cine a vernos más que a ver las películas —cuenta Estela entre risas.
Más de un siglo después, algo de aquella tradición volvió a aparecer en la décima edición del Festival de Cine de General Pico.
Una película realizada en la ciudad, Maníacas, de Diego García, abrió el festival. Las 700 butacas del Cine Gran Pampa quedaron ocupadas por amigos, vecinos, conocidos y actores. Afuera quedaron unas 300 personas que también querían entrar. Entonces apareció una solución que terminó convirtiéndose en un pequeño acontecimiento: la película se proyectó simultáneamente en el Cine Teatro Pico.
En el cierre ocurrió algo parecido. Él mató a un motociclista alcoholizado, de Mariano Ananía, llenó el Cine Teatro Pico. La película había sido filmada completamente con un celular.
La tecnología había cambiado. La necesidad de contar historias, no.
Que el festival siga siendo de todos
Estela mira también hacia el futuro. Le entusiasma el aporte de los jóvenes, incluso cuando incomodan o hacen ruido. Pero tiene una preocupación: que el festival no termine convirtiéndose en un encuentro exclusivamente para especialistas.
—Hay mucha gente experta atenta al festival y puede ser un peligro que se dirija a expertos y se cierre a un grupo pequeño. Yo quiero que el festival siga siendo para todos.
Quizás ahí esté una de las claves de esta historia. Desde aquella pared blanca donde se proyectaban películas de Chaplin hasta las salas llenas del presente, el cine en General Pico nunca fue solamente una actividad para entendidos.
Fue una experiencia colectiva.
En la llanura pampeana, el cielo parece ser testigo de una película que se cuenta a sí misma. Una película hecha de fotografías, rollos, cámaras, salas, familias, vecinos y generaciones que vuelven a mirarse en una pantalla para reconocerse.
La película empezó hace mucho tiempo.
Y todavía no terminó.
La riqueza del encuentro
Por Pilar Docampo
Atardece y Sebastián Ayerra se encuentra en la cafetería con vista a la plaza central. Mientras le traen el menú, tira la novedad: “Este año una característica que me parece que está bueno nombrar, inédito, inédito total eh, abre el festival una ficción de Pico y cierra una ficción de Pico, largometrajes, es un montón”. General Pico crece en producción audiovisual y en espacios culturales donde la creatividad encuentra donde expandirse. Los café literarios y los debates de cine son puntos de encuentro que se han ido abriendo paso estos últimos años a lo largo de la ciudad.
Esta vez, el momento de los créditos no invita a levantarse.
Hay ganas de quedarse y compartir, como si fuese una sobremesa, un “sobrecine” (o “sobrebutaca”). Momento de distensión después de haber alimentado el corazón. La oportunidad de escuchar a los realizadores hablar después de proyectar su película resulta tan inusual como cautivante. Ver sus emociones, escuchar sus anécdotas durante la grabación, conocer secretos.
Los espectadores se convierten también en participantes activos, donde se hace posible hacer preguntas y opinar sobre lo contemplado con su propio autor. Una conversación que continúa en las cafeterías, en la calle, entre valijas en las salas del hotel, en la vereda del cine al mirar la cartelera y en los talleres y charlas que ofrece el mismo Festival.
Se entrelazan las palabras en una danza cinematográfica, y todo lo que pasa afuera es un reflejo de lo que ocurre en la sala. El festival echa raíces y se manifiesta por fuera de las salas, como un micelio que conecta y absorbe nutrientes de su entorno. (Plot twist, dos días después de escribir esto cerró musicalmente la noche un grupo que se llama Micelia).
Ya terminó la última función y se presiente la quietud venidera. Los primeros días de agosto ya son para la identidad cinéfila de Pico sinónimo de movimiento, y no solo debido a sus vientos. Entre charlas, talleres, cortometrajes y largometrajes el cine se va dejando ver esplendoroso, como los amaneceres de esta llanura.
A media mañana, Ana Fresco estuvo comentando que “el audiovisual y el cine son fundamentales para el crecimiento de la sociedad, de la gente, que se haga cada vez más popular sería interesante sin perder la parte más intelectual”. Es por ello que, además de enseñarlo con pasión en su trabajo como docente, ha ayudado a impulsar una Ley de Cine y armado mesas debate durante el Festival, del cual ha sido fiel participante desde los inicios, ya sea enviando sus producciones o encargándose de realizar el spot y las gráficas en alguna edición.
Cuando años atrás Franca Gónzález se fue de Pico, era conocida por haber orientado su trabajo a lo periodístico en la localidad. No hacía cine. El momento del regreso, habiéndo realizado cine por mucho tiempo afuera, lo sintió como volver desde otro lugar. “En el primer festival me acuerdo que justo había terminado una película que pidieron para la competencia regional y fue como un gran orgullo”. Continuó presentando sus películas en varias ediciones, brindó charlas y ha sido jurado de la competencia nacional. Este año le tocó ser parte de otra cuestión inédita en este Festival: el premio DAC (Directores Argentinos Cinematográficos), dirigido a las películas documentales. Para hacer una película solo hace falta un arma ha ganado la posibilidad de ser emitido en el programa que tiene DAC en televisión en canal A, donde se pasan los mejores documentales de la Argentina, y a poder inscribirse ante la asociación, lo que le permitirá proteger sus derechos de autor.
“Lo difícil para un festival es que la comunidad lo haga propio y que se sostenga”, reflexiona Sebastián,y valora al de Pico porque su gente ha permitido que permanezca durante estas 10 ediciones. Él, por su parte, lo hace propio no solamente presentando sus películas, sino también involucrándose en los talleres. Se percibe su interés al levantarse un domingo temprano por la mañana y asistir a una charla que graba entusiasmado con su cámara con el deseo de subirlo a Youtube para armar un canal sobre el Festival. En este encuentro dominical están hablando sobre los archivos, a nivel nacional.
Mitad de semana. Mientras espera su café, Fran Martín también está pensando sobre la cuestión del archivo. Pero a nivel personal. “Con las cuestiones que tienen que ver con los archivos familiares, personales, comunitarios, lo que se genera es no solo la memoria y el recuerdo que se activa, sino que también invita a repensar la identidad”. Al momento de trabajar con archivos de alguien más, él se encuentra con el material pensando todo el tiempo en quién lo escribió, quién lo fotografió, lo llena de una curiosidad mayor ese detrás de escena, ese vínculo que existió con el archivo que ahora está en sus manos.
Su familia muy cinéfila hizo que su infancia estuviese inmersa en películas, por lo que no dudó en irse años más tarde a Córdoba a estudiar Cine y Televisión. Como realizador su mirada ha ido variando. Durante mucho tiempo se dedicó más a la dirección y a la producción, pero últimamente le está gustando más filmar, agarrar la cámara y editar. Escribe guiones y disfruta de los vínculos que permiten tanto las redes sociales como las asesorías que brinda de manera particular y los laboratorios de los que forma parte con realizadores locales. Este año entre el Festival y la Secretaría de Cultura se presentó el Pampa Lab, entendiéndolo como parte de la creación de identidad. Gracias a este tipo de encuentros en General Pico, Fran pudo conocer a Carolina Álvarez, productora argentina con quien trabajó más tarde en un espacio de proyectos para latinoamericanos que abrieron en España.
Para Ana es fundamental mantener su archivo grande, ya que su principal insumo a la hora de contar historias es la vida propia: “Generalmente recolecto diálogos, temas y los escribo. Lo tengo, lo conozco y después aparece en las ficciones, en todos lados. Es necesario para el que escribe o hace imágenes. Uno trabaja con su propio ser entonces llega un momento que te tenés que hacer consciente que estás trabajando con eso”. El archivo personal le empieza a mostrar un patrón, temas que se repiten y que siempre le vuelven a llamar la atención. Este año, su cortometraje Certamen le ha permitido experimentar con su archivo y además con herramientas de software, incorporar animación y unir más el diseño con el cine. Un trabajo al que le ha dedicado mucho tiempo invertido en pruebas hasta encontrar la técnica que quería utilizar.
Franca piensa queno es casualidad que los 3 largometrajes documentales que se presentan en este festival trabajen con archivos. “En estos momentos donde está tan complicado en la industria de hacer cine y conseguir financiamiento para salir a filmar, es una herramienta muy útil poder trabajar con archivos. De hecho yo estoy trabajando ahora con archivos de otras películas que no se hicieron o que quedaron, algo que me genera muchísima libertad. Es un modo de poder darle vida a cosas que son muy valiosas y que quedaron ahí escondidas o que si uno no las rescata mueren, quedan ahí”, cuenta mientras mira el ventanal.
Sebastián tomó conciencia de que tenía un archivo cuando comenzó a hacer su película Imagen Mala. Después de un montón de años de estar filmando dimensionó que tenía carpetas y más carpetas de imágenes de acá, de allá, de lo otro, las cuales hoy intenta mantener correctamente clasificadas.
Un tiempo después de Imagen Mala, realizó su película Filippini. En ella el archivo apareció como una crítica, al no poder acceder en su totalidad a las películas del pionero del cine y la fotografía piquense. Ante esta ausencia, reunió esos fragmentos con los de su abuelo Roberto Ayerra, a quien no conoció pero que filmaba en 8mm. Así, puso en encuentro a tres décadas: la de los 30 con Filippini, la de los 60 con Ayerra, y la de los 90 con sus propias producciones.
Cuando Sebastián se fue a estudiar Cine a Buenos Aires en 2002 todavía no existían las plataformas de streaming ni era muy utilizado Youtube. En medio de esta transición comenzó a dirigir sus películas y desde el primer Festival comenzó a presentarlas, inaugurando con El misterio del Conflicto y al año siguiente un documental: General Pico, presentaciones a las que le seguirían varias más. Ha sido jurado de cortometraje y siempre que puede participa de talleres.
Identidad y comunidad
“La primera vez que voy a un cine en Córdoba, eran salas mucho más chicas, más comerciales, como en shoppings. Y recuerdo estar viendo una película y escuchar desde la sala que estaba yo la película de al lado. Y ahí dije ‘che, qué buenos cines tenemos en Pico’”, recuerda Fran.
En ocasiones la sala está fría como el viento del sur que se percibe a través de la pantalla, en otras, más cálida, como los rayos del sol que parecen traspasar los bordes del encuadre. El público expectante no emite casi sonidos. El único ruido es algún rechinar de las butacas de antaño que parecen no conocer el paso del tiempo.
Se siente familiaridad con las imágenes que empiezan a presentarse. La apariencia de lo ya conocido, apropiado por otros ojos. Esa mirada regional que se percibe tan cercana. Alguien susurra comentarios al respecto entre risas ahogadas.
Bien define la experiencia de la sala Ana: “Un momento donde uno disfruta individualmente, pero también una experiencia colectiva porque está con el otro. Si el otro siente como que vos lo percibís, aunque no estás en su cuerpo estás percibiendo y está re bueno”. Los aplausos arrancan tras los créditos y el festival enciende la luz por décima vez.
La comunidad se presenta como el elemento más fuerte que puede tener un festival. “A lo largo de estos años, con muestras paralelas que se han ido haciendo, no solo cuando ocurre el festival, han sabido ir manteniendo ese público, eso está bueno como para que esa llama no se apague”, destaca Fran.
Durante el 2012, Sebastián empezó a proponer un proyecto para un festival en Pico, sin saber que otra persona también había tirado un proyecto similar al poco tiempo. Se percibía en estos movimientos una necesidad colectiva de este tipo de eventos. Hoy Agosto ya se impone en los cines de General Pico como un mes de movida cultural, viajes y encuentros. La sala se convierte en testigo del detrás de escena de las películas, de las voces de quienes las realizan, de las experiencias que no se ven en la pantalla. En ocasiones, la realidad supera la ficción.
Personas de toda la vida y nuevos viajantes han llegado al hall. Ya en la sala, hay alguien frente a la pantalla que a través de un micrófono nos introduce hacia las proyecciones que estamos por contemplar. Al salir a la vereda, parece que los pájaros estuvieran conversando, así como lo hacían las aves de aquel cortometraje.
“Hacer cine es un esfuerzo”, comenta Ana mientras revuelve su café. “A mí me parece un logro mantenerlo, porque es re difícil, es mucho más fácil abandonar porque es un esfuerzo mantener un festival, del tipo que sea. Celebro tanto a la organización como a los que participan todo el tiempo porque si no está la participación no tiene gracia, tanto de los realizadores, realizadoras, como del público, o de la gente que demuestra interés, vos por ejemplo que vas al taller de crónica, eso es como toda la comunidad la que hace que se sostenga”.
Sebastián destaca que lo importante es que se haga un festival acá y que tenga identidad. “¿Qué hace que un festival en cualquier parte del mundo sea bueno?” pregunta y responde inmediatamente: “Que el festival tenga la identidad del lugar donde se hace”. Entusiasmado, motiva a seguir apretando el acelerador para pensar en más instancias durante el año.
Mientras termina de remojar la medialuna en el café, Fran recuerda haber escuchado a un director de un festival decir que a un evento así “le toma por lo menos cinco años o ediciones para afianzar el público y perfilar la identidad”. Luego de 10 ediciones, el Festival de Pico permanece, con un público que cada vez crece más, con mayor espacio para los realizadores locales y en contínua profundización identitaria.
La apertura del territorio pampeano
El Festival de Cine también abre la oportunidad de generar espacios de encuentro entre los realizadores pampeanos en su lugar de origen.
Sebastián se encontraba viviendo en Buenos Aires. Cuando se enteró que llegaba la primera edición del Festival, tomó el tren para venir hacia Pico. “Parece otra vida”, recuerda, considerando que ese tren hoy no existe más. Lentamente confiesa que ese mismo año, cansado de vivir en Buenos Aires, en su decisión de volver a vivir en General Pico “un poco, te diría una pequeña pizquita tuvo que ver el festival”.
Para Ana ocurrió algo similar.El primer año que volvió a su ciudad natal fue el año de la inauguración del Festival, como un guiño del destino hacia su deseo de nutrir su profesión en su provincia. Aún viviendo en el exterior, siempre volvía para filmar en esta tierra, con dinero que podía conseguir afuera.
Fran sale de su casa un sábado a las 9 de la mañana con el termo y el mate en mano, yendo al microcine, y piensa “qué bueno que esté pasando esto en mi ciudad”. Más adelante, cuando ya llegó a la cafetería con vista a la avenida, comenta sobre los encuentros de laboratorio entre realizadores: “Yo creo que estos espacios lo que generan es que uno pueda trabajar o desarrollar sus ideas estando en su misma ciudad, que no te tengas que ir, que estas cosas no pasen solamente en las grandes ciudades. Me parece buenísimo que en ese sentido el festival no ocurra en una capital, Pico tiene muchísima fuerza también pero no es la capital, entonces al no serlo también descentraliza un poco eso”.
Su ópera prima, La Estrella, se estrenó en España pero el estreno nacional fue en Pico en la quinta edición del Festival de Cine en el Cine Gran Pampa. “Nunca estuve tan nervioso en mi vida como ese día. Casi me desmayo 3 veces. Era la primera vez que yo la veía en una pantalla tan grande de esas dimensiones, ya había visto en otros festivales pero eran pantallas mucho más chicas. Pero bueno, fue una adrenalina linda”, recuerda con alegría.
Entre risas, Franca expresa un sentimiento similar: “Siempre me pasó que, si bien tengo 7 largometrajes, donde más me cuesta pasarlas y eso que han viajado por el mundo, es en Pico. Por la exposición, sabés que te conocen. Ahora de hecho estoy haciendo una película que no creo que me anime a mostrarla en Pico”, confiesa.
General Pico ha mantenido su comunidad cinéfila a lo largo de los años, y es por eso que para los realizadores resulta muy “natural” que el Festival se haga acá. Sebastián recuerda la tradición de los cines, ir todas las semanas a ver la que estaban dando. Y no deja de destacar la movida grande de los videoclubes, llegando a haber más de siete, incluso algunos en barrios más periféricos. Se ríe y dice que en 1999, “mientras en el mundo se estrenaba Matrix, acá se estrenaba Pare y largue”, película piquense de ficción.
A Franca el festival le genera siempre muchísima expectativa. Este 2026 ha llegado a su décima edición con otra cuestión inédita más: algunas películas que se consiguieron todavía no se habían estrenado, lo cual es un reflejo de la confianza del director o directora en el Festival para que la sala piquense sea la primera pantalla de su película. “No es poca cosa, es importantísimo porque muchísimos festivales exigen que la película no se haya visto nunca en Argentina y ya esto no los habilita a participar porque ya se exhibió en Pico, eso significa que para el realizador es un festival muy importante, explica.
La riqueza del encuentro, tanto entre realizadores como con el público, está en la calidez. Imagen de esto fue una proyección de Sebastián en un festival muy chiquito en Constitución a la que asistió una sola persona (aunque más tarde se sumó la actriz). Al momento de la charla post créditos, no podían parar de reír. “Yo me acuerdo de esa proyección como algo hermoso, entonces no tiene a veces que ver con cuántos lo ven”, cuenta conmovido.
Con una sola persona basta para tener un ida y vuelta enriquecedor. Queda un sabor muy dulce en conocer las historias tanto de acá como de los lugares más recónditos del país y en ese “poder verle la cara a la persona que está detrás de una obra”, expresa sonriente Franca previo a dirigirse hacia el Festival.
Ir al cine para verse
Por Sabino Gazzaniga
“…¿Me duele o me emociona el monte?…”
Grupo de prácticas de escucha, escritura y
caminatas de La Pampa.
Que la sala se llene de pibes y pibas de la escuela. Que el
pueblo cene tarde. Que nos tomemos un mate todos juntos. Que las actrices
caminen las calles Que las y los directores se encuentren. “Me fui a estudiar a
Buenos Aires a los 18 y volví a los 30. Al principio me costó volver a Pico
pero hoy lo volvería a elegir” según cuenta Mara, la productora de
primeras ediciones, quien con una especie de cuponera de Club La Nación pero
local, fue que se vinculó con el cine. Año a año la localidad se predispone a
ver películas, a pensar sobre el cine. Este es el décimo año cosa no menor,
porque podemos preguntarnos ¿qué significa llevarlo a cabo en un contexto
adverso donde el gobierno de turno menosprecia la cultura? en este lugar donde
muchos dicen, en La Pampa no hay nada, o ese mito que circula por internet que
afirma que La Pampa no existe. Kela, ex docente nos cuenta que han pasado más
de 3500 infancias y adolescencias por el festival. Es ese momento donde se
pueden ver reflejados en la pantalla, qué mejor manera de ver otros horizontes
de vida posibles.
¿Sabían que Argentina no tiene una
Cinemateca?, es una de las cosas que se debaten en esta edición con dos
personas muy importantes para el cine argentino. Hacer memoria, poner en valor
el archivo, nombrar para que exista.
Fotogtafía: Paula Gelabert





