Lo que las gallinas saben: Eichmann escondido en el sur de Tucumán

Por Gisela Colombo, Agencia Literaria

«Las gallinas de Eichmann» (Éditions L’Harmattan, París) es el nuevo libro del escritor tucumano Fabián Soberón, y parte de un episodio real y poco conocido de la historia de la propia provincia: el paso de Adolf Eichmann por Tucumán, a comienzos de los años 50, escondido bajo un nombre falso.

Eichmann, el hombre que organizó la logística del exterminio de millones de judíos durante el nazismo, vivió varios años escondido en la Argentina bajo la identidad de Ricardo Klement. Antes de instalarse en Buenos Aires y de ser secuestrado por el Mossad en 1960, pasó una temporada en La Cocha, un pueblo del sur de la provincia, donde trabajó para una empresa y vivió protegido por una familia de colonos alemanes. Es un dato histórico documentado, no una invención literaria. Sobre esa base, Soberón construyó un libro breve que convierte ese fragmento de historia regional en una de las imágenes más precisas que se hayan escrito sobre la ideología que sostuvo un genocidio.

En la novela, Klement es un ingeniero alemán delgado, parco y amable. Trabaja en mediciones para una empresa, toca el violín en los cumpleaños y cría gallinas con una devoción casi religiosa. Nada en su conducta cotidiana delata al genocida. Hay una escena, hacia la mitad del libro, que resume mejor que cualquier ensayo lo que Soberón logra: Klement levanta una gallina del gallinero y la sostiene en el aire mientras explica, con la calma de quien enseña una lección elemental, que hay gallinas de buena raza y otras «malas, mezcladas», y que lo único que importa, con las gallinas, es la pureza. Es la misma idea que sostuvo el Holocausto, dicha sobre animales de granja, en un patio de Tucumán. Esa es la fuerza del libro: no necesita explicar la ideología nazi porque la muestra funcionando, en miniatura, delante del lector.

Soberón toma además una decisión inteligente: nunca nombra a Eichmann dentro del relato. El lector arma esa identificación solo, a partir del nombre falso, de los epígrafes (uno de ellos, de la investigadora Bettina Stangneth, autora de «Eichmann antes de Jerusalén») y de detalles que van apareciendo. Esa reticencia es la razón por la que el libro nunca se siente como una biografía disfrazada de novela.

La historia está contada por Antonio Soldati, el ayudante de Klement en el trabajo, un desertor del ejército que abandonó a su mujer y a su hijo recién nacido. Es él quien describe la vida cotidiana en La Cocha —los almuerzos en lo de Doña Berta, las partidas de cartas, sus amores con Estela, el cariño que le tiene Ingrid, la hija de la familia que protege a Klement— sin sospechar, durante mucho tiempo, quién es realmente su jefe. Y ahí está el verdadero tema del libro: no es tanto un retrato de Eichmann, que se mantiene opaco y casi sin interioridad, como un retrato de lo que su cercanía provoca en un hombre común. El libro cierra con un «testamento» fechado en el que el propio Soldati, ya contagiado de las ideas de su jefe, agradece a Dios el descubrimiento del gas usado en el exterminio. Es el momento más duro del libro, y también el que revela su verdadero asunto: no el mal extraordinario de un genocida, sino su filtración silenciosa en la gente que lo rodea sin buscarlo.

Este anclaje en la historia tucumana no es un detalle menor. La ficción sobre nazis prófugos en la Argentina suele ambientarse en Buenos Aires o en Bariloche; Soberón elige en cambio un episodio real de la propia provincia, y lo investiga con seriedad: el nombre falso, la geografía de La Cocha, la familia protectora, el contexto de época coinciden con lo documentado sobre la estadía real de Eichmann en Tucumán. Hay licencias puntuales —cambia la disciplina técnica real del personaje por la astronomía, y traslada a las gallinas un motivo que la historia real ubica más bien en los conejos de una etapa posterior de Eichmann en el país— pero son licencias razonables de la ficción, y en el caso de las gallinas, el resultado narrativo justifica de sobra el cambio.

El libro se completa con «Vidas breves», una segunda parte muy distinta en tono: dieciséis prosas poéticas breves sobre Basho, Van Gogh, Rembrandt, Nietzsche, Wittgenstein, Cioran y otras figuras, cada una centrada en su momento de mayor soledad u obsesión. El libro no explica por qué reúne, bajo una misma tapa, la crónica de un genocida oculto y esta galería de artistas atormentados; esa falta de un puente explícito es, quizás, su único punto débil. Pero leídas después de la nouvelle, estas piezas breves terminan funcionando como variaciones sobre una misma pregunta que atraviesa todo el libro: qué formas puede tomar la obsesión de un hombre solo, y hasta dónde puede llevarlo.

«Las gallinas de Eichmann» no es, entonces, un libro sobre un monstruo. Es un libro sobre lo que un monstruo deja a su paso en quienes, sin saberlo del todo, deciden acompañarlo. Y es, también, un capítulo de la historia tucumana que esperaba, desde hacía setenta años, a un escritor capaz de contarlo así.

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**Las gallinas de Eichmann**

Fabián Soberón

Éditions L’Harmattan, París, 2026

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