Un libro abierto, un té que se enfría y la sospecha brutal de que la realidad se ha agrietado en silencio. En La otra parte del jardín, no hay monstruos ni sobresaltos: apenas un tirón imperceptible en la superficie de las cosas, lo suficiente para descubrir que el mundo que pisamos ha sido reemplazado por su copia exacta. Con el pulso frío y nuboso de la literatura fantástica, el relato transforma un laberinto doméstico en una trampa perfecta. Ese rostro desconocido que sonríe desde el fondo de la habitación no trae una respuesta, sino una certeza escalofriante: el texto se está leyendo a sí mismo, y nosotros apenas somos la sombra que queda después del punto final.
Por Marcela Llacone
Llevaba un largo rato leyendo cuando aparté la mirada de las páginas, como si necesitara descansar la vista. El libro permaneció abierto sobre la mesa. Al cabo de unos instantes, volví a bajar la mirada y releí el mismo párrafo, aunque no habría podido decir qué estaba buscando.
El té en la taza se había enfriado. Afuera, la tarde empezaba a perder luz y, de vez en cuando, llegaba desde la calle el ruido apagado de algún automóvil. La habitación permanecía en calma. Sin embargo una impresión indefinida me llevó a mirar hacia la ventana.
Al principio creí que era una falla de la luz.
Luego intuí un leve corrimiento en la superficie de las cosas. El verde seguía allí, pero parecía haberse vaciado de aquello que lo hacía verde. Las flores, dispuestas con la misma obstinación de siempre, habían perdido toda significación. Continuaba viéndolas, pero algo en ellas se había vuelto irreconocible.
Pensé —con una serenidad que no me caracteriza— que tal vez había cruzado un límite. Algo parecido a esos pasajes que no conducen hacia otro lugar, sino hacia otra percepción de lo mismo. Como si el mundo hubiese sido reemplazado por su copia exacta. O yo.
Las nubes eran lo único que no ofrecía resistencia. Se desplazaban con una lentitud casi deliberada, ejecutando un gesto que yo creí recordar. Por un instante tuve la certeza de haber visto ese movimiento antes, en otro tiempo, en otro sitio. Pero el recuerdo no se hacía del todo presente. Se quedaba suspendido, como una palabra en la punta de la lengua.
Me pregunté si no estaría condenada a repetir aquella escena. No en el sentido de revivirla, sino de permanecer dentro de ella; atrapada en un instante que regresaba bajo distintas formas, devolviéndome siempre al mismo punto.
El jardín parecía prolongarse sin principio ni término. Las direcciones habían dejado de tener sentido. Cada camino daba paso a otro, y otro más, pero todos parecían dibujar el mismo regreso
Pensé en un jardín que alguien hubiese creado con una precisión excesiva. Un jardín que se bifurca en cada paso que uno da, a una nueva deriva, más todas parecían conducir a un mismo destino.
Sentí entonces una incomodidad suave, casi elegante: la sospecha de que el mundo no necesitaba de mí para sostenerse.
Que nunca lo había hecho.
El sol estaba allí, lo sabía. Se insinuaba detrás de las cosas, como una claridad que no alcanzaba a disipar las sombras.
¿A quién ilumina?
La pregunta no produjo angustia. Produjo algo peor: indiferencia.
En ese momento algo comenzó a desacomodarse, aunque nada cambiara de lugar. Era una alteración mínima, perceptible apenas en el ritmo de las cosas. Un error de sincronía. Un quiebre.
Entonces la vi.
El recuerdo de su rostro me resulta impreciso. Aunque no fuera difuso, parecía compuesto de muchas posibilidades al mismo tiempo. Sonreía. Tal vez a mí o a nadie en particular. Era una sonrisa que existía por sí sola, como ciertos símbolos antiguos cuyo sentido se ha perdido pero que siguen operando.
Me detuve.
Bastó un instante para que todo adquiriera una nitidez insoportable. Las rosas, detrás de ella, eran demasiado rojas. Las nubes, demasiado blancas. El aire mismo parecía haber sido pulido hasta volverse cortante.
No obstante, algo permanecía errado en esa perfección. Como si detrás de tanta precisión se ocultara una carencia.
Quise decir algo. No supe qué. Tampoco supe si tenía derecho a hacerlo. Mi lengua, falta de palabras, no respondió.
Ella siguió sonriendo.
La miré tratando de encontrar en su rostro alguna señal que me permitiera reconocerla. No la encontré. Aún así, hallé una familiaridad sin origen, una certeza que no encontraba su pasado.
Pensé que tal vez aquella escena no estaba ocurriendo en el mundo. Que el mundo —si aún podía llamarlo así— estaba ocurriendo en otra parte.
Y que yo, en todo caso, era apenas un residuo de percepción, una conciencia que no terminaba de disolverse.
La sonrisa se desvaneció sin desaparecer. Las rosas volvieron a ser las conocidas rosas. El aire recuperó su espesor.
No sé cuánto tiempo pasó, la duración parecía haberse vuelto irrelevante.
Entonces, un sonido leve, semejante al de una página al pasar, se abrió paso entre aquellas imágenes. Volvió a repetirse. Y con él, regresaron los contornos de las cosas
La habitación estaba en silencio. El libro permanecía abierto sobre la mesa.
No recordaba haber dejado de leer.
Miré la taza. El té humeaba. La observé durante unos segundos. Después bajé la mirada hacia el libro.
Busqué el comienzo. La primera línea decía: “Al principio creí que era una falla de la luz.”
Seguí leyendo. Las palabras hablaban del verde, de las flores, de las nubes, de un jardín que se bifurcaba en cada paso y cuyos caminos terminaban, de algún modo, en el mismo lugar.
Pasé una página. Leí sobre el sol, sobre la indiferencia, sobre un quiebre en el ritmo. Me detuve.
Volví algunas páginas. Buscaba una frase y la encontré: “Como si el mundo hubiese sido reemplazado por su copia exacta.”
La leí dos veces. Después cerré el libro. Durante unos segundos permanecí inmóvil.
Luego, mi atención se desplazó hacia el otro extremo de la habitación. Allí se encontraba una mujer apoyada sobre en el borde de la mesa. Sonreía.
No conseguía recordar si la había visto antes. Bajé la mirada hacia el libro y la taza, como si en ellos pudiera encontrar algún indicio de que las cosas seguían siendo lo que siempre habían sido.
Volví a abrir las páginas. Estaban en blanco. Todas. Pasé una hoja. Luego otra. Nada. Ni una palabra, ni una línea.
Me quedé mirándolas con una extraña sensación de pérdida. La historia acababa de desaparecer de mi memoria, aunque las páginas seguían abiertas ante mí.
Cerré el libro y dejé que el silencio se prolongara unos instantes. El roce de un papel quebró la quietud. Con cautela, dejé que las páginas volvieran a desplegarse ante mí. Habían recuperado su escritura. Leí la primera línea. La reconocí de inmediato.
Retrocedí unos pasos. El roce de una página volvió a escucharse. No me atreví a mirar.