Tus labios de rubí, de Alberto Suárez: el chiste que se acuerda de todo

Por Gisela Colombo

Hay una escena, al principio de este libro, que podría servir de llave para entenderlo entero. Un hombre le dice a su pareja, en una cena de excursión, «tus labios de rubí». No es una frase original: se la podría haber dicho a cualquiera, en cualquier mesa. Pero alguien la escucha, la convierte en canción, y de ahí en más la sobremesa deja de pertenecerle a los dos que empezaron la charla. Entra Sandro. Entra una vieja discusión sobre quién pertenecía a Las Nenas de Sandro. Entra, sin que nadie lo invite, el buque General Belgrano, y después Massera, confundido —por suerte, por un instante de alivio cómico— con una marca de aceite. Una mujer termina llorando. El coro sigue cantando. Nadie se va a dormir sabiendo bien qué pasó esa noche.

Alberto Suárez arma así buena parte de los cerca de cincuenta relatos breves de Tus labios de rubí (Editorial Voces, Santa Rosa, 2025, con las ilustraciones de línea de José Luis «Pucho» Ponce): deja que la anécdota doméstica, la que cualquiera contaría en una mesa familiar, se vaya corriendo sola hacia un lugar que no estaba previsto. Y ese lugar, en la Argentina de las últimas décadas, casi nunca es inocente. El libro está organizado en cinco capítulos —»Tus labios de rubí», «El arreglador», «Cómo se forjó este país», «Hipérbaton» y «En la tormenta»— que funcionan menos como compartimentos temáticos que como climas de ánimo, variaciones sobre una misma pregunta: qué hacer, como narrador y como sociedad, con una memoria que vuelve siempre por el costado menos pensado.

Lo más logrado del libro ocurre, precisamente, cuando esa memoria entra sin pedir permiso. En «Pirola», un lustrabotas de oído prodigioso va armando, mesa por mesa, en un bar de los años setenta, los datos sueltos de una desaparición; el relato nunca necesita pronunciar esa palabra, y toda esa reticencia se condensa al final en una frase que no habla de política sino de pérdida doméstica, dicha por un padre en el velorio de su esposa: «Madre faltó acá. Si hubiera estado viva, las cosas serían distintas. Las madres saben qué hacer, siempre.» El desplazamiento es exactamente el método del libro: la Historia se cuenta mirando para otro lado, y lo que queda, al final, es el dolor de una casa sin madre. En «A la izquierda», el mismo mecanismo se traslada al delirio hogareño: una familia entera decide, por asamblea, que «al pan en casa lo cortan en forma de ve» y que «los vasos siempre a la izquierda, nunca nada al medio, ni los platos», hasta que el canario mismo termina sometido al dogma —debe cantar «desde la derecha» para que el sonido «llegue a la izquierda»— y el cuento se resuelve con una frase que es puro timing cómico: «Se produjo un silencio largo e incómodo entre nosotros. Nos miramos. Miramos al canario. Y decidimos, unánimemente, regalarlo.» Esa escena, sin que el relato lo subraye, termina leyéndose como una alegoría liviana —y por eso mismo más filosa— sobre la rigidez de cualquier ideología, puesta hacia adentro de una casa. Y en «Qué país. Lástima la gente», el fastidio costumbrista de un hombre que solo quiere tomar algo en un bar deriva, frente al nacionalismo de sobremesa de un padre y su hija, en un ataque de pánico que dice más sobre una época que cualquier editorial.

Ese cruce —la Historia entrando por la rendija de lo doméstico— es el verdadero hallazgo del libro, y conviene decirlo así porque ilumina también al resto del volumen, más variado en registros. Hay un registro de humor absurdo y fantástico, con una astróloga delirante, un perro fantasma y un episodio ovni narrado con la respiración entrecortada de quien cree estar agonizando, que entretiene y está bien resuelto en su progresión, con remates que funcionan y dejan buen sabor. Y hay, en el extremo opuesto, una veta de crueldad seca, casi de crónica policial —una violación vengada con veneno, una humillación de ensayo musical narrada con una frialdad que nunca termina de condenarla del todo—, que funciona como contrapeso necesario frente al tono más amable del conjunto y le da al libro un rango emocional más amplio del que promete a primera vista.

El capítulo dedicado a la música popular, «El arreglador», aporta la pieza más narrativa del libro: un compositor de zambas que no logra escribirle un tema a su pareja y termina plagiando canciones ajenas bajo el eufemismo de la «re inspiración traslativa». Es, junto con «Pirola», de lo mejor del volumen, con variantes sobre una misma idea que mantienen el interés capítulo a capítulo. El último capítulo, «En la tormenta», cierra con un giro hacia lo elegíaco —el amor, el tiempo, la muerte— en una prosa más lírica y menos apoyada en el remate; el contraste funciona bien como cierre de tono y abre una faceta del autor que vale la pena seguir de cerca en un próximo libro.

Hay, detrás de todo esto, una marca de estilo reconocible: Suárez escribe con una sintaxis hablada, de oraciones cortas encadenadas por «y», que imita el ritmo del relato oral y le da unidad de voz al conjunto. Es un recurso eficaz para la anécdota y el remate, que sostiene con oficio la mayor parte de las cincuenta piezas del libro. Las ilustraciones de Pucho Ponce, una por relato, acompañan ese tono con la misma economía de trazo.

Tus labios de rubí termina siendo, entonces, un libro sobre lo que no se puede decir en voz alta y por eso se cuela disfrazado de chiste. Cada vez que Suárez deja que la Historia argentina se filtre sin anunciarse en medio de una sobremesa, logra algo genuinamente difícil: hacer reír, y un segundo después, helar. El resto del libro confirma a un narrador con oficio real y buen oído para la voz ajena, cómodo en el destello del cuento corto y con margen todavía para crecer en el registro más extenso. Pero esa misma sobremesa que abre el libro ya lo advertía: no hace falta buscar la Historia para que aparezca. Alcanza con dejar que alguien, en cualquier mesa, diga una frase cualquiera.

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