Con la sobriedad mineral de quien escarba la intemperie, Dardo Cuellar concibe un poema que es a la vez trinchera y osario. No hay artificio en sus versos: hay polvo, arena y una pregunta brutal que golpea el suelo como el bastón de un ciego. Su poesía recupera el temblor de los afanes deshechos, la voz que late en el pecho cuando los nombres se han borrado y solo queda la memoria ciega de la tierra. Es un canto elegíaco que no busca consuelo, sino atestiguar la pugna entre la razón y la locura; una pieza de una belleza áspera donde la noche desciende, maternal y serena, para adormecer el descanso de un grito.
Por Dardo Cuellar
Tierra,
que sepulta una ilusión,
arena,
que desparrama
lo que fuimos.
Sangre y brazos.
El oír de las palomas,
las piedras,
el camino.
Tu voz que vibra en el pecho,
ahora.
El olor del viento
en los pulmones.
Ese hombre con oscuridades
golpea su bastón
suplicando al suelo.
¿Y vos qué pensás?
De todos estos,
que están acá.
Fue locura,
tal vez obsesión
el sabor siniestro,
o el más puro sentir que tuvieron.
Por instinto o por razón.
Amontonados son sus huesos.
Sus miedos,
sus últimos temores
quedaron sin identidad,
sin que nadie sepa.
Sueños, afanes
¿Dónde están?
¿Dónde quedó, algo de todos ellos?
Solo perpetuo
es el despertar del día.
Y la noche oculta,
casi con caricias de una madre.
El descanso de un grito.
Nacimiento de una vida,
a la luz del sol o a la oscuridad
de la tierra.