Este poema no pide permiso: golpea. El frío hierro deja de ser un objeto para convertirse en un ancla en mitad de la masacre. Mientras el mundo acompasa su propio fin —degollándose por unas monedas y desangrándose sin gloria—, la voz poética rechaza la tentación del suicidio moral. No hay discursos ni consuelos baratos: solo la piel apretando el metal helado bajo el rocío, transformando la desesperación en un puño cerrado de pura resistencia.
El frío del hierro, por Dardo Cuellar
Bañado por el rocío,
mueve el aire
llamando a los ángeles.
Portal del eterno,
súplica de hombre para un vaso lleno,
que de los poros brote
el soplo del cordero.
Aunque el frío mira y ata,
contempla cómo se endurecen
las mandíbulas,
envejecen los huesos,
se muere vivo.
«No tiene sentido», dicen muchos.
Solo es el derrumbe
del mundo que vemos:
testigos de su aniquilación.
La sangre se derrama sin encontrar
honra alguna.
Con formas de caras
se degüellan por monedas.
Carece de sentido este juego macabro
que repite su ciclo eterno,
hasta el fin de nuestros días.
Por misericordia y designio divino,
me quedan mis manos sujetando
el frío hierro,
bañado por el rocío.