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Ochenta sentidos
Yo escuché
decir muchas cosas de la «época dorada del rock argentino», incluso
que fue la única época dorada del rock argentino. Yo escuché decir «quiero
volver a esa época», incluso quienes no la vivieron desean viajar hacia
atrás y conocerla en persona, en un túnel del tiempo que, de estar inventado se
congestionaría de gente que va a la estación 80´. Muchos sacarían boleto sin
paradas al año 1985 para ver nacer en directo, y en apretados meses a Giros
(Fito Páez), Nada personal (Soda Stereo), Locura (Virus), El álbum negro (GIT),
Divididos por la felicidad (Sumo), Rocas vivas (Miguel Mateos-Zas), Gulp (Los
redonditos de ricota), además Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos
Decadentes, Los Pericos, Don Cornelio y La Zona, Todos Tus Muertos, Los Súper Ratones
y Fricción, entre otros, se formaron en aquel año. Meses antes, a fines del 84′
Charly grababa con Spinetta, lo mismo hacía Raúl Porchetto solista y La Torre.
En 1987 por ejemplo, muere Luca Prodan («¿Qué estrella cae sin que nadie
la mire?» escribió Faulkner mucho antes), meses después fallece Federico
Moura (y con él desapareció el glam, para siempre), y Soda Stereo saca Ruido
Blanco. Un buen momento para vivir también.
Todo eso justamente es lo que inspiró a Quimérika para subir al escenario de
Médano este último sábado a titular su proyecto para vivir y revivir. Para
vivir como en Médano, cuando presentaron un show visual que no es común de ver
por estos lares, y lo mismo (y más importante) ocurrió en lo musical.
Quimérika es un caso único en La Pampa y alrededores, una banda que se ocupa exclusivamente de la mejor época del rock y del pop, tanto nacional como internacional. No hay otra banda que haga lo mismo, entonces, ¿se toma dimensión del espacio que ocupan, o imaginan el vacío si Quimérika no estuviera? ¿Quién reviviría a los grandes íconos de nuestro rock, abarcando la etapa musical transcurrida desde los años setenta a los noventa?
Hicieron un
especial homenaje a Pink Floyd, a Queen, a Van Halen, referentes argentos como
Miguel Mateos, Charly García o Gustavo Cerati, en tanto que hubo baladas
icónicas como Aún te amo de Scorpion o Broken Wings de Mr. Mister. De esos nacionales
se puede decir que eran nuestros Beatles argentinos. Puede ser. Pero entonces
Luca es Waters y Federico Moura es Bowie.
Y fue una noche fantástica, impensable hasta hace poco tiempo atrás donde el escenario
piquense estaba vacío de esa música que regresa y regresa.
Sí que fue una noche fantástica. Naturalmente que sí, lo sagrado estaba ahí y
desde ahí parte todo lo demás. ¿Desarrollo escénico? Claro que sí. ¿Musical? Por
supuesto, muchos punteos filosos, una guitarra rítmica que hizo un gran trabajo
y que pide pista, una batería incipiente que irá acomodándose cada vez mejor a
la respiración de los temas, y hasta un saxo tenor rasgó Médano con su voz
áspera. Ellos fueron mi túnel del tiempo personal y volví y volví y seguí
regresando toda la noche envuelto en esas canciones y Quimérika cantándole a mi
época. Así caminé hasta mi casa, imaginando qué otros temas podrían cantar,
entonces me imaginé una versión de Lament saliendo de la talentosísima voz góspel
de Abigail Andrioni, y empecé a escribir
la crónica de la noche.
Sé que está tan mal, que terminé rompiendo las convenciones del periodismo y acabé por hablar enfebrecidamente de lo que estaba sintiendo y ya no recuerdo si expliqué bien u olvidé decir lo bien que estuvieron y lo contento que nos fuimos todos. Ya me disculparé con Néstor Bessoni y su banda, a su tiempo, cuando regrese, cuando deje de decirme como en un mantra que hubo otra época en la música. Otra época en la República Argentina.
¿Qué nos pasó? Es cierto que se nos murieron Luca, Federico, Gustavo, y casi lo
mismo podríamos decir de Charly y Fito. Yo puedo ver a un tal Cordera en
pijamas queriendo cantar o un tal Arjona, y me viene la imagen del queso
derretido cayéndose de una aceitosa pizza de muzzarela. Yo, que escuché por
radio la salida de difusión de “Estallando desde el océano” y cuando estaba en
segundo año, haciendo un grupo con compañeros del colegio, y llega Beto, mi
amigo de siempre, con un casete nuevo para mostrarnos en su flamante mini
componente una canción que acababa de salir: “En la ciudad de la furia”. Esa
misma tarde fui a la peluquería, me rapé como Luca porque no me podía sacar de
la cabeza a Warm mist, y eso de “las nubes vinieron a la tierra como ella un
día vino a mí… y ahora estoy bien lejos”, y el peluquero todo el tiempo,
canturreaba “no me imaginaba que eras tan Lelouch… no me imaginaba que eras tan
Lelouch…”. Esa tarde, esa tarde de mi vida a las 14 años… ¿y qué fue lo que nos
pasó? Yo, que lo acepto todo y que salgo a la calle y los autos pasan con el
reggaetón a todo volumen y me dan ganas de llorar, de llorar para siempre.
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Quimérika, o el pulso de una nueva era entre el himno y la vanguardia
A las puertas de su concierto en el Auditorio Médano, exploramos la anatomía de una banda que ha logrado lo que pocos en la escena regional: amalgamar la nostalgia de los gigantes del siglo XX con una voz propia, eléctrica y necesaria.
En la geografía musical de La Pampa, el nombre de Quimérika ha dejado de ser una promesa para convertirse en un fenómeno de estudio. No se trata simplemente de una banda de versiones o de un ensamble de rock convencional; es un artefacto cultural que opera sobre la memoria colectiva, rescatando la arquitectura sonora de los años 80 para inyectarle una urgencia contemporánea.
La génesis: El encuentro de dos mundos
La columna vertebral de Quimérika sostiene una tensión creativa fascinante. Por un lado, la presencia de Abigail Andrioni, cuya transición del saxo tenor al bajo eléctrico —y de las peñas folclóricas al panteón del rock— le otorga al grupo una profundidad emocional poco común. Andrioni no solo canta; interpreta desde una raíz que roza el soul y el blues, dotando a clásicos de Amy Winehouse o Etta James de una nueva vida bajo el tamiz del rock pampeano.
Por otro lado, la visión de Néstor Bessoni (guitarra líder y voz), artífice de la convocatoria, quien supo leer en la «impericia» inicial de una bajista con apenas cuatro meses de estudio una potencia rítmica genuina. «El bajo fue mi escudo», confiesa Abigail, y es en esa trinchera de cuatro cuerdas donde la banda encuentra su «tierra», el ancla necesaria para que las voces vuelen sin el lastre del pánico escénico.
El repertorio: Una curaduría de la memoria
Entrar a un ensayo de Quimérika es asistir a una clase magistral de historia del rock. Su repertorio no es aleatorio; es una curaduría de himnos que definieron la alta fidelidad del siglo pasado. Desde la complejidad armónica de Queen hasta las atmósferas progresivas de Pink Floyd, pasando por la precisión técnica de Toto.
Sin embargo, el verdadero valor de la banda reside en cómo logran «romper» el canon. Al interpretar piezas como Black Velvet o Alone, el grupo no busca la mímesis estéril, sino la apropiación. Hay un respeto reverencial por la estructura, pero una libertad absoluta en la ejecución emocional. «El rock de los 80 tiene mucho amor; incluso cuando están gritando, están gritando libertad», señala la banda, subrayando una filosofía donde la música es, ante todo, una herramienta sentimental.
La expansión: Del cover al manifiesto propio
El concierto del próximo 18 de abril en el Auditorio Médano marcará un punto de inflexión. Si bien los clásicos nacionales e internacionales serán el vehículo, el destino final son sus temas propios. En un mercado saturado de contenido viral y efímero, Quimérika apuesta por la «intensidad y la actualidad». Sus composiciones originales buscan recuperar la lírica comprometida, esa que interpela al oyente más allá del ritmo.
La puesta en escena promete estar a la altura de la ambición sonora. Con un despliegue de pantallas, luces y una escenografía inmersiva, el show se aleja del formato convencional de «recital» para entrar en la categoría de experiencia multisensorial. Es la respuesta de una banda que entiende que, en 2026, el rock debe ser tanto un impacto auditivo como una narrativa visual.
La resistencia del directo
En tiempos de algoritmos, Quimérika reivindica el sudor del escenario y la vibración del amplificador. La banda, completada por músicos con solidez técnica, se presenta como un grupo que encuentra su plenitud en el aplauso directo.
Alguna vez Néstor Bessoni lo soñó al reunir la banda, pero el crecimiento acelerado los trae nuevamente a Médano con un show más completo y quizás impensado poco tiempo atrás. Esa ambición, lejos de ser soberbia, es el motor de un grupo que sabe que tiene algo importante que decir. El 18 de abril, el Médano no será solo un auditorio; será el laboratorio donde Quimérika demostrará que el rock, cuando tiene identidad, es una quimera que se vuelve realidad.
Cita Obligada:
- Evento: Quimérika en concierto.
- Lugar: Auditorio Médano, General Pico.
- Fecha: Sábado 18 de abril.
- Entradas: G&O Telefonía, Mostacho y Planetaentrada.com.
