Mi universo

La anatomía de un castillo solitario

¿Qué queda de nosotros cuando el espejo deja de devolver una imagen conocida? En «No existen gorriones con manos de hombres», Dardo Cuellar nos sumerge en un universo de sombras, referencias literarias y la cruda certeza de que nadie es el salvador de nadie. Una obra que dialoga con la soledad de la multitud y la búsqueda desesperada de unos ojos que nos devuelvan la existencia. El poema de Cuellar es una travesía por el aislamiento. Al citar a Hesse, la Kábala o el Islam, el autor no busca el alarde académico, sino retratar la pérdida de un guía intelectual (el enigmático Pablo) y, con él, la pérdida de un lenguaje compartido (el Shibboleth). La obra se mueve en una estética de cine negro, donde el mundo aparece «vacío, en blanco y negro», y donde la mención a Vivien Leigh y su icónica frase de Un tranvía llamado Deseo («Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños») no es más que un eco amargo de lo que ya no existe: la fe en el otro.

Por Dardo Cuellar

En mi universo, donde suelto el cuerpo,
donde caigo sin caer.
Mi letra, mi libro, mi disfraz,
sin saber.
La voz que apenas se oye,
casi no me ves.
Los puestos que venden
libros de vidas sin resolver.
¿Dónde está Pablo,
que sabía de Hesse, de filosofía,
kábala ,del islam y la palabra Shibboleth?
Y nadie sabe qué fue de él.
El aire que necesito,
adicción a sensaciones nuevas,
dolores nuevos y miedos viejos.
Silencio: solo un zumbido en los oídos.
Despertar en un día vacío,
en blanco y negro.
Los árboles fueron testigos,
y todos los otros también,
pero no los recuerdo.
Será porque mi dolor sangra esos rostros
y la savia se amalgama a mi sol.
Miro la pared, miro la oscuridad,
veo mucha gente y no puedo pensar ni
sentir.
¡Solo quiero escapar!,
pero necesito tus ojos:
sin ellos no sé quién soy.
Ahí me escondo de todos,
de las risas,
de razonar qué decir,
de ser alguien que no soy.
Soy el que se levanta a la mañana
viéndose en el espejo;
soy mi castillo,
donde no existo más que yo.
Y mi egoísmo te oculta donde nadie te ve.
Solo guardo un grito en una letra.
Ni un médico, ni un dentista, ni un electricista,
ni siquiera un albañil:
nadie salva a nadie.
No es como en una vieja película
donde Vivien decía:
“Siempre he dependido de la amabilidad
de los extraños”.
No existen gorriones con manos de
hombres,
ni yo lo soy.

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