Ciudad de papel

Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Por Gisela Colombo

Cuando se dan oportunidades como las que pone en juego este tipo de evento, como es el caso de la Feria del Libro, las reflexiones sobre la sociedad que tenemos, sobre el acceso al conocimiento y los hábitos, todo parece verse blanco sobre negro. Todo resulta más claro. La Feria que se volvió un clásico internacional, tuvo su primera edición en 1974. Después de algunos años, se fue tornando algo crecientemente popular, aunque no es tan seguro que logre educar el gusto literario, enaltecer la buena literatura, ni extender la sapiencia de nuestra cultura. Es que no se trata de lo que los organizadores, los participantes, los autores prestigiosos, las editoriales dispongan ante los ojos de los espectadores, sino de lo que ellos hacen con esas ofertas. 

Las características perceptibles de la Feria del Libro actual ya se presagiaban hace treinta años.  Las tendencias son las mismas, sólo siguieron la tendencia a  extremarse. Quizá esto sea la dinámica de todo el mundo occidental, que ha vaciado de sentido las artes y que presupone un positivismo que plantea lo más valioso de la humanidad como lo más reciente. Esta visión probablemente sea la más denigrante premisa para cualquier disciplina artística. Sin los clásicos, sin conocer la tradición, sin valorar la capacidad de recrear a otros autores, todo se convierte en una actividad agonizante.

No obstante, una feria atractiva, popular, dueña de una estética agradable, entretenida, llena de Food Tracks para todos los gustos, de juegos interactivos, de encuentro con famosos periodistas, de programas de radio que transmitan en vivo desde el predio, de entrevistas para revistas literarias o para canales de televisión es una promesa de difusión cultural. Aunque los libros comprados allí hayan sido destinados a una biblioteca dormida por un siglo, como la Bella durmiente. Nada certifica que un evento semejante despierte un camino cultural en nadie.

Las sirenas del esparcimiento en algún punto nacen como medio, pero acaban como fin. ¿Cuántos de los asistentes quieren descubrir a las sirenas tradicionales de La Odisea? El fenómeno se hace más visible en la Feria, pero es un proceso de varias décadas y quizá de varias latitudes. Decrecen los lectores habituales al mismo tiempo que el desafío publicitario de las Editoriales se hace cada vez más exigente. ¿Se acrecienta la calidad de los libros?  No necesariamente. Pero sí el acceso de otros consumidores que no habrían accedido a autores de otros tiempos.

¿Cómo se resuelve este dilema? Los editores escogen lo más llano y los escritores reducen la complejidad, la belleza y la extensión de sus textos en nombre de la popularidad.

La Provincia de La Pampa históricamente pone en juego muchos recursos del área de Cultura para incluir a sus poetas y narradores en la nómina de la literatura nacional. Esta Feria, que es la cuadragésimo séptima, no fue la excepción.  Con la diferencia de que en esta ocasión varias provincias patagónicas se asociaron para gestar un espacio de estética minimalista, amplio y funcional, que contenía una sala para hacer presentaciones de libros, un equipo de sonido y la posibilidad de reproducir videos o producciones digitales explicativas, detalles que la mayoría de los stands no tenían. Todo ello fue compartido por varios Estados provinciales en lo que fue el Pabellón Ocre. Otros pabellones reunían editoriales grandes,  sellos universitarios, pero también una gran cantidad de pequeñas editoras de distintos puntos de nuestro país. Se explica esta última presencia por un fenómeno de proliferación de pequeñas editoriales, ya vigente hace más de diez años que sigue en expansión. Hoy, conformarse con conocer qué hacen las grandes editoriales no logra retratar qué está ocurriendo en el mundo del libro. Por ende, es atendible la asistencia de Pymes, que invirtieron para estar allí. Algunas operaron cooperativamente  para aterrizar en el evento y otras, fueron financiadas parcialmente por el erario público  de diversas Intendencias y Provincias.

La organización fue responsabilidad de la Fundación” El Libro”. Y estuvo a la altura de lo que corresponde a una Feria internacional. La organización espacial fue muy bien comunicada por una revista interna “Feriódico”, al igual que el calendario de actividades. Pero aun con la tecnología necesaria, una disposición comprensible del espacio, homenajes a los cuarenta años de democracia; incluso exhibiendo una muestra de fotografías emblemáticas de la política nacional, con la presencia de un gran arco de medios de comunicación, visitas de prestigio mundial, y otras tantas cuestiones destacables, la gente fue, llegó (y llegará, si no cambia la tendencia) con una actitud digna de una visita al parque de la costa o a la Fiesta Nacional del chorizo seco. Mientras tanto, los libros seguirán dormidos en algún que otro anaquel.

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