«No realizamos nada. La vida nos arroja como a una piedra y nosotros decimos, mientras estamos en el aire: -Así es, me estoy moviendo.» Cuando Fernándo Pessoa escribió esa línea de seguro pensaba en todos nosotros y las pocas posibilidades que tenemos de alcanzar el libre albedrío. ¿Quién podría dejar de ser una piedra cayendo? ¿Quién podría, incluso, aprovechar ese momento de vuelo y continuarlo en ascendente vértigo? De acuerdo a Pascal, esos alquimistas pueden ser los escritores. No sabemos si Pessoa hubiese nombrado esa excepción, pero nos gusta suponer que sí. En tal caso, ya tendríamos dos nombres ilustres declarando la libertad final de Héctor Massara, este narrador piquense que nos entrega «Las zapatillas de Bizancio», un nuevo cuento producido en el Taller de Literatura de la Biblioteca Estrada. Massara, una vez más, guía sabiamente a su imaginación con prosa ágil y precisa. Ágil sobre todo, como preparándose para ese vértigo por venir.
Por Héctor Massara
Los dos amigos bajaron los veintinueve escalones siguiendo la antorcha del camarlengo, una corriente de aire húmedo encabritaba la llama y dibujaba en los muros figuras veloces y amenazantes. El regordete sirviente abrió la puerta con una enorme llave y los empujó hacia el interior de la catacumba. Con un apurado recorrido encendió las doce lámparas de aceite y se despidió señalando el rincón norte del salón.
Lothario se rascó el cuello húmedo sorprendido de sus manos heladas, era un sujeto enjuto, de hombros cargados y delgados bigotes de ratón, sus ojos eran tan fríos como sus manos y se las habían arreglado para mantener a distancia a cuanta mujer se acercase. Miró con envidia a su socio, que lo doblaba en peso y casi en altura, el hombrón sonriente frotaba sus manos como platos y silbaba un salmo del servicio de la mañana. Omar le producía una sensación discordante de afecto y envidia, las nalgas de las criadas de la cocina parecían esperar sus palmadas amistosas y tenía una mujer joven y fuerte que estaba levantando un domo con su vientre. Ambos esperaron hasta que las lámparas, agobiadas por la escasez de oxígeno, se dignaron a alumbrar la estancia.
-¿Y estas son las reliquias de Santa Sofía?- Omar echó a reír- ¡Nuestro prelado es más inocente que lo que su nombre indica! Era sabido que esos truhanes se quedarían con todo lo valioso, escuché que allí se resguardaba una roca del Santo Sepulcro y ni que hablar del oro y las joyas que su eminencia oriental cuidaba.
-¡Silencio, torpe! Las paredes escuchan, y ya sabes cuál es el destino de los herejes…
-Las paredes tienen las orejas tapadas de moho y al Papa poco le interesan estos trastos. ¿Sabías que su verdadero nombre es Lothario igual que tú?
-Eso no nos salvará del cadalso, pongamos manos a la obra…
Sus propias palabras le produjeron escalofríos, Inocencio III solía ordenar que sus enemigos fueran quemados vivos. Él, estúpidamente había concurrido a unas reuniones secretas de unos más estúpidos perdedores que se decían Cátaros y cuya única similitud con los sectarios era su aversión por las mujeres y su miserable bolsa. En la última de ellas había descubierto en un rincón oscuro de la Fonda del Este al tuerto espía del Vicariato, el monstruo lo había mirado dos veces con su ojo sano y una con su órbita vacía por debajo de la caperuza. Desde ese día sus sueños estaban contaminados con pesadillas horribles en las que, invariablemente, ardía en la Piazza de la Bocca della Veritá ante la algarabía de la plebe.
Los muebles se amontonaban en el rincón sin ningún orden, estaban cubiertos de sal marina lo que delataba un descuidado transporte. Los caballeros habían enviado la supuestamente preciada carga en una vieja galera contrabandista, sin escolta, abandonada a la buena de Dios y al borracho humor del capitán cartaginés. Sólo su escaso valor material y la promesa de una buena paga en puerto habían evitado que terminara en algún mercado de oriente o en el fondo del mar. En su gran mayoría, los litúrgicos reclinatorios y confesionarios eran de madera de cedro del Líbano, sólo un gran escritorio de estilo desconocido y laqueada madera negra sobresalía del resto. Lothario paseó sus dedos de bruja por el tablero, allí había más trabajo para él que para Omar, la madera estaba fuerte e intacta y los intrincados arabescos parecían haber sido tallados ayer. Sólo necesitaba un pulido suave y tal vez alguna terminación, su falta de talento como ebanista era suplida por un esforzado conocimiento de tintes y barnices.
-Empezaremos con éste- Omar, como siempre haciendo gala de su fuerza levantó el escritorio por un extremo obligando a los sufrientes dedos de Lothario a buscar resquicios para elevar el otro. La diferencia de alturas creó un declive incómodo que la gravedad aprovechó para hacer de las suyas. Un cajón delgado se deslizó desde abajo de la tapa, no tenía manija ni cerradura y su diseño acompañaba las formas laterales con el obvio propósito de pasar desapercibido. El cajón detuvo su desliz en los antebrazos tensos del teñidor mostrando una bolsa de piel oscura adornada con caracteres dorados.
El escritorio bajó lentamente mientras los curiosos ojos ya estaban investigando la bolsa, Omar sacó ventaja tomándola y la acarició advirtiendo su suavidad.
-Deja eso zopenco, tal vez sea una documentación importante, lo entregaremos al camarlengo.
-No es ningún documento, mi flaco amigo, y lo que está escrito excita mi curiosidad.
-¡Qué sabes siquiera si eso es escritura! Apenas entiendes algo de latín…
-Es árabe, mi madre me enseñó ¿Por qué crees que debo sentarme en los últimos bancos de la Iglesia? Ahí dice: “Quién las calce será feliz” o algo parecido- El hombrón tiró del cordón y cayeron sobre el escritorio unas extrañas zapatillas. Estaban hechas de una delicada cabritilla teñida de un púrpura profundo que no habían visto ni en las capas de los Obispos, sobre la capellada dos borlas de hilos de oro pendían a los lados y su suela era de un blando pero grueso cuero gris.
-Hipopótamo o rinoceronte- dijo Lothario.
-Elefante, mejor- Arriesgó Omar y sonrió ya que ninguno de los dos habían visto nunca a los animales nombrados- Me las calzaré, quién sabe…tal vez pueda ser más feliz que lo que soy- lo dijo sin malicia, pero Lothario sintió una punzada de envidia.
-Mira esos enormes pies, so bestia, no te van- Mientras hablaba, las zapatillas envolvían graciosamente los basamentos de Omar que comenzó a saltar sobre uno y otro como un niño.
-¡No sé si esto es ser feliz, pero se sienten muy cómodas!- Lothario creyó ver un aura dorada que dibujaba la figura de su amigo. Entrecerraba sus ojos para mirar mejor cuando dos golpes firmes sonaron en la puerta.
-¡Quítate eso rápido!- voy a abrir…
Un mozo de crianza, con cara de noticias estiró el cuello desde el rellano buscando a Omar.
-Recado para el Maese ebanista- hizo memoria unos segundos y prosiguió: en el actual día de julio del año 1205 de Nuestro Señor ha nacido el primogénito varón de Omar, el ebanista. Su Eminencia lo felicita y le invita a no abandonar sus labores ya que madre e hijo se encuentran en buen estado de salud.
Omar sonreía y parecía nuevamente resplandecer aunque ya no calzaba las zapatillas, tomó al mozo de las patillas y le dijo:
-Puedes decirle a su Eminencia que puede oler el sudor de mi traste- y volviéndose a Lothario:
-Tendrás que continuar sólo mi buen amigo, ya estoy harto de estos santurrones de sexos marchitos y cerebros podridos. Soy un buen carpintero y no necesito de esta paga miserable y la promesa de salvación que viaja en el agua bendita, me voy de Roma. Tal vez hasta el origen de estas raras zapatas, ¿sabías que Bizancio está también construida sobre siete colinas?- Apretó fuerte a Lothario y besó sus dos mejillas. Del brazo del mozo que frotaba sus patillas doloridas se marchó cantando una copla de los barrios bajos que relataba las habilidades sexuales de una vieja desdentada. Sólo en el centro de la sala, más sólo que nunca, más malquerido, más frágil, Lothario tomó las abigarradas zapatillas y las acomodó en sus pequeños pies. Su piel se veía más clara, ¿tal vez con algún reflejo dorado? El dorado de la felicidad, se dijo mientras movía los dedos en la comodidad púrpura de la piel. Tal vez las zapatillas tuvieran que ver con el nacimiento del heredero de Omar. Descartó la idea por absurda, Dios y la fertilidad de los esposos ya habían hecho el trabajo. O la felicidad era huir de Roma. Esta nueva hipótesis era por lo menos incomprobable ¿Quién abandonaría la seguridad imperial para vivir en la derruida Constantinopla, aunque románticamente Omar la llamara Bizancio? No. La felicidad era otra cosa, Lothario sospechó que el ebanista había asomado su cabeza en ella. Tal vez era tan sencilla como dejar de recitar aburridos salmos y cantar alegres coplas del Tiber, abrazar a un viejo amigo y tirar de las patillas de otro por hacer, correr a besar a una madre felizmente dolorida por el parto y levantar al recién nacido para que el sol de la tarde lo pinte del color que merece. O dejar de ser un temeroso y hosco teñidor.
Ocho de las doce lámparas habían sucumbido a una ráfaga helada que el pulmón de la catacumba había vomitado, las otras cuatro enrojecían las trémulas sombras. Tal vez el tuerto observaba desde un rincón, ávido de su alma. Caminó unos blandísimos pasos hacia la puerta y ya no pudo detenerse más.