La mora, de Juan Rizzi

Otro trabajo salido del Taller de Literatura de la Biblioteca Estrada viene a engrosar la colección que se va formando paulatinamente. En la ocasión compartimos el cuento «La mora», del piquense Juan Rizzi. Este relato está ubicado en un tiempo lejano, y también, en un distante lugar de la caudalosa imaginación de Rizzi que está encontrando su causa y su fuerza. Queremos decir que no es uno de los temas habituales del autor, sin embargo nada le impidió situarnos allí, en un antiguo castillo, parados ante unos ojos que quisiéramos ver.

La mora

Por Juan Rizzi

Bajo el estruendo de la lluvia se oía el fragor de la lucha, y sobre el sonido agudo de la metralla la voz del Capitán, Orlando D’Amberis Duque de la Alameda, sobresalía ordenando el avance de las tropas a su mando.

Tenía apenas 28 años y ya ostentaba con orgullo las jinetas de Capitán de los ejércitos de Napoleón. Alto, de buena presencia, de un físico envidiable, maestro en el arte de manejar la espada y la pistola, hicieron del cadete D’Amberis un buen soldado y ahora un excelente capitán.

Con el último rugir de los cañones, el ejército español se vio diezmado, y los soldados franceses ocuparon el castillo abandonado.

Con el sitio ya controlado por las tropas napoleónicas, en su interior se escuchaban las risas de los que festejaban la victoria, mezcladas con los gritos de dolor de los heridos. Fue en ese momento que la voz del capitán sonó distinta, tranquila, y con un sesgo de ternura impropia de un guerrero de sus condiciones, que lo diferenciaba del resto de los oficiales. Miró si todo estaba debidamente ordenado y dando las últimas órdenes a los soldados a su cargo, dejó todo en manos de su asistente.

Después de controlar que estaban acomodadas la tropa y las caballadas; repasados los carromatos, los arneses, los fusiles y cañones, se fue a reunir con los oficiales, que se encontraban en el amplio salón del castillo para festejar la victoria. Las huellas de la batalla librada, se mostraban como una pintura surrealista, tanto en el edificio como en los cuerpos cansados de los combatientes.

En plena euforia victoriana, los ojos del Duque se posaron sobre el retrato de una mujer, de pelo oscuro, tez morena y ojos negros como el carbón que parecían llamarlo. Tan absorto estaba contemplando el cuadro, que no percibió que era observado por los compañeros de festejo.

-¡Orlando!- lo llamó su asistente, compañero de cuanta fechoría amorosa se le ocurría.
-¿Qué?- inquirió volteando su erguida cabeza.
-Atractiva la dama ¿verdad?

Mientras pensaba la respuesta miró los ojos de la mujer, diciendo para sí “algún día reposarás en mis brazos”.
-Sí- respondió lacónico.
-¿A que no la conquistas? –dijo socarronamente el Capitán D’Artagnan, descendiente del que fuera mosquetero del Rey, que acababa de llegar al lugar, y oído la respuesta.
Orlando lo miró fijamente, ¿cuándo no iba a estar él metiéndose donde nadie lo llamaba?
-¿Qué apostamos?- le preguntó al entrometido.
-Una cena en la Hostería de la Lechuza, el que pierde paga, y hace el amor con la posadera- respondió D’Artagnan largando una fuerte carcajada.
-Lo vas a pasar lindo con Añoranza- respondió con dureza.

El Duque se retiró antes que terminara la fiesta. Salió del castillo y se dirigió resueltamente a la caballeriza, al entrar encontró a un hombre moreno, de pequeña estatura, de contextura robusta, al que veía por primera vez.

Su pensamiento se había quedado detenido en la mujer del retrato, de facciones delicadas, ojos con un brillo muy particular, de mirada arrogante, boca mediana de sonrisa seductora que fuera pintada por el retratista del castillo cuando apenas tenía 16 años, descendiente de un musulmán, perteneciente al ejército invasor de la península. Tal era el atractivo de la joven, y tan poderoso el imán de sus ojos, que llevó al pintor a hacer el óleo aún contra la voluntad de quien lo había contratado. Desobediencia que le costaría la vida.

Salió de su embelesamiento y, reaccionando rápidamente, habló con quien creía era el palafrenero del castillo.
-Linda la noche-dijo a modo de saludo.
-Sí, pero fría y llena de llantos -recibió como respuesta.
-Tal vez usted me sepa decir quién es la dama del cuadro- preguntó sin darle importancia al comentario del caballerizo.
-¿El de la sala de fiestas?
-Sí.
-Mejor aparte los ojos de la Mora.
-¿Por qué?
-Dicen que atrae la muerte con su mirada.
-¿Dónde se encuentra ahora?
-En el castillo de la prima del señor marqués, pero le aconsejo no ir, está muy bien custodiado.
-En Francia todos los castillos tienen un lado débil; tal vez en España también lo tengan.
El hombre bajito lo miró fijamente, sus ojos eran dos brasas vivas, sin sentirse menoscabado por el capitán inquirió.
-Si le digo cómo llegar a ella ¿La llevará a la Isla de los Pájaros?
-Sí- prometió con firmeza.
-Para ingresar deberá descubrir el siguiente acertijo: “En un anillo gigante cantan los rayos del Sol, que abrirán la puerta que impide que descanses a la diestra de tu amor”.
-Gracias.
El silencio fue la respuesta del hombrecito, que desaparecía en la oscuridad cuando el capitán se dirigía al castillo a descansar. Al ingresar, la voz de una persona oculta a su mirada pronunció: “La joven fue traída al castillo, para ser dama de compañía de la madre del marqués, cuando cumplió los catorce años”.

Sin detenerse para averiguar sobre la misteriosa voz, subió por la escalera principal construida en mármol blanco, con pasamos de nogal, y cuyos escalones cubría una alfombra ruinosa de color rojo, oscurecida por el humo de la metralla. Llegando a su cuarto, acondicionado prolijamente por su asistente, se pasó el dorso de la mano por la sudorosa y acalorada frente, buscando alivio de vaya a saber qué. Sin desvestirse se tiró sobre la cama, pero no lograba conciliar el sueño; la mujer, que fuera retratada dos años antes, no se apartaba de su mente, pensaba y repensaba las palabras del acertijo, sin hallar una solución que lo convenciera.

Despertó al amanecer sin necesidad de que lo llamaran, debía salir a hacer el reconocimiento del lugar, donde se presentaría la próxima batalla, la mañana se presentaba fría pero con un sol a pleno. Desayunó rápido y liviano.

Saliendo de la fortaleza se dirigió a la caballeriza, al entrar no encontró al hombrecito con el que había conversado la noche anterior; entonces, preguntó por él a los empleados que se encontraban trabajando, que se miraron extrañados por las señas que les daba de la persona que buscaba.

-Acá no trabaja ninguna persona como ésa.

La respuesta lo dejó absorto y confundido. Les pidió que prepararan su caballo y una vez que estuvo listo montó ágilmente y partió hacía la alameda. Los cascos resonaban acompasadamente, en la tierra cubierta de hierba verde y húmeda, típico de un caballo bien adiestrado. El joven sentía el calor del sol sobre su piel, que la leve brisa no alcanzaba a refrescar.

Llegó al lugar desde donde podría observar el castillo y sus alrededores con amplitud, descendió del animal y caminó unos pasos hasta unos matorrales que lo cubrirían de las miradas de los guardias. Tomó los binoculares para visualizar cada uno de los detalles del terreno por el que se desplegaría su ejército, grabándoselos en la mente para luego especificarlos en los planos que poseía el comando en su cuartel general. Solo en un sector del castillo no podía lograr fijar la vista, un intenso brillo dorado le impedía tomar pormenores del mismo.

Decidió bajar por una hondonada, para encontrar un lugar desde donde poder ver mejor, siempre tratando de no ser visto, y aprovechando todas las irregularidades del terreno y la protección de la vegetación del lugar. Así pudo pasar sin ser descubierto por los vigías de las troneras. Ató el animal a un arbusto y, agazapado, corrió acercándose lo más que pudo para tratar de tomar otro perfil de la fortaleza evitando el brillo que lastimaba sus pupilas. Lo que provocaba esa luz intensa era una especie de rueda de carro pulida cuyos rayos reflejaban los del sol. La misma tenía un centro negro y, sujeta a él, una argolla de dimensiones equivalentes a una empuñadura. Grande fue su sorpresa cuando descubrió esta imagen, que su mente ágil asoció enseguida con el acertijo.

Terminado su examen del lugar volvió a montar, dirigiéndose al campamento para dar las explicaciones del caso. Mientras su caballo trotaba tranquilamente no dejaba de pensar en la mujer y en la complejidad que implicaría intentar su liberación, y el ataque; difícilmente pudiera socorrer a la dama del cuadro, si ambas cosas se tenían que desarrollar en forma simultánea.

Durante el resto del día se dedicó a pensar en cómo resolver la entrada al castillo, encontrar a la mujer, liberarla y ocultarla hasta tanto pudiera llevarla a la Isla de los Pájaros, tal como le había prometido al hombrecito. Mientras especulaba sobre la mejor manera de resolver ambas situaciones, volvió a su mente la imagen de ese pequeño personaje y sintió un escalofrío por la espalda al recordar sus palabras.

El trajinar de la jornada influyó en su cuerpo, tanto como en sus emociones, por lo que decidió no ir a cenar y dirigirse directamente a su cuarto. Su pensamiento excluyente era rescatar a la Mora. Se dirigió a un rincón del cuarto a refrescar su rostro y el espejo que había sobre la pequeña tina con agua, le devolvió la imagen de un rostro blanco de facciones regulares, ojos brillantes como el rubí, labios apretados, donde una firme determinación parecía motorizar todo su interior: “Es ahora (pensó), ahora o nunca”.

La figura que vio a través de él, era la de su capa negra, tendida sobre la cama; giró sobre sus talones y dirigiéndose hacia ella decididamente, la tomó colocándola sobre la espalda. Con un trozo de tela de una camisa del mismo color, hizo una especie de antifaz que ató alrededor de su cabeza para no delatar su presencia en la noche. Comprobó la carga de su arma y el filo de su espada, sobre el antepecho interior de la ventana estaba su puñal, no era afecto a esa arma pero maquinalmente la tomó, aferró la falleba y abrió, saltando al jardín del castillo.
Sigilosamente se dirigió a la caballeriza, entró y, resueltamente, ensilló su caballo cubriendo sus cascos con trozos de lienzo; salió del lugar perdiéndose en la noche sin hacer ruido alguno. Condujo hasta llegar a pocos metros del sitio donde se encontraba la rueda, había notado que ese lugar quedaba oculto a la mirada de los guardias del castillo que, al amanecer, atacaría con sus cañones.

Fue acercándose con mucho cuidado, los sentidos bien atentos a cualquier cosa que interrumpiera el silencio. Así, y sin que surgiera ningún inconveniente, llegó hasta el aro que a, modo de puerta, cubría una entrada oculta de la fortaleza. Tomó la argolla que tenía fija en su centro negro y, tirando de ella, comprobó el cierre hermético de la misma y su peso. Afirmó bien sus piernas en el suelo, cubierto de piedra y lodo, jalando con todas sus fuerzas. Con un leve chirrido la rueda comenzó a separarse lentamente, dejando entrever una especie de hueco en el muro. Apenas tuvo lugar para pasar, introdujo su cuerpo y la dejó entreabierta. En el pasillo de paredes y piso de piedra, y con fuerte olor a moho, las telarañas formaban una enredadera blanca que no pudo detenerlo, tal era la determinación de llegar lo antes posible al lugar donde encontraría a la mujer del cuadro.

Después de andar unos veinte pasos llegó a una puerta protegida por rejas de hierro, que se interponía entre él y una galería poco luminosa, comprobó que no podría abrirla. Tomó su puñal, que por instinto había asido, y fue destrabando las fijaciones que la sujetaban al muro, a las que la humedad había carcomido en gran parte, logrando quitarlas y entrar al pasillo. Con sigilo llegó al punto donde la galería se dividía en tres corredores. Tenía ahora por delante un dilema, determinar cuál de los tres pasillos que tenía enfrente debía elegir para continuar el camino hacia su objetivo fundamental, encontrar el cuarto donde estaba prisionera la Mora, según le había informado el pequeño hombrecito en la cuadra.

El desconsuelo pasó fugazmente por su rostro, ya que las palabras del caballerizo no habían dejado de estar en su mente. Recordó la última parte del acertijo, “a la diestra de tu amor”. Decidido tomó el pasillo de la derecha, más pequeño, oscuro y siniestro que los anteriores. La sombra que se interpuso entre él y la puerta del fondo del pasillo no presagiaba nada bueno, tanto por su volumen, como por su desagradable forma de hablar.

El osado visitante del castillo tambaleó ante el golpe que recibió desprevenidamente en el pecho; se dejó caer rodando ágil y rápidamente. No podía disparar porque el ruido atraería más gente, la espada se había desprendido de su cintura, era inútil intentar alcanzarla; vio venir el puntapié, sus manos tomaron la pierna del guardián al que hizo caer sorpresivamente. Se levantó con la agilidad de un gato y con el taco de la bota dio un golpe mortal en el cuello del custodio. Corrió entonces sin mucha precaución hacía el fondo del pasillo, llamó a la única puerta que había en él y que, suponía, correspondía al ambiente donde debía encontrar a la mujer del cuadro. La puerta tenía una pequeña mirilla que se abrió, permitiéndole contemplar los ojos negros de la Mora.

Rápido y en voz baja alertó a la dama:
-No hables, vengo a salvarte, el ataque se producirá en pocas horas-, le dijo en tono tranquilizador y perentorio.

La mujer no habló, estaba demasiado asustada. El trato recibido de la marquesa, señora del castillo, había hecho de la Mora una mujer desaliñada, de rostro pálido, ajado, cabello desordenado y ojos de mirada desafiante. Estaba vestida con harapos. La noche anterior había oído el furor de la batalla y deseaba salir de la prisión para ir a vivir a la tan ansiada Isla de los Pájaros, de la que tanto le había hablado su padre. La salida estaba libre, caminaron rápidamente. En la oscuridad del pasadizo vio el brillo de su florete, con presteza inclinó su cuerpo tomándolo firmemente en su mano.
Habían atravesado la entrada que cubría la rueda y estaban llegando al lugar donde aguardaba el caballo, cuando de repente surgieron de la nada dos soldados del castillo que, espada en mano, se interpusieron entre ellos y el caballo. El duelo fue breve, el acero del raptor brilló en el oscuro amanecer y, como el cormorán que en picada se hunde en el mar en busca de su codiciada presa, la espada buscó el corazón de los osados. Nada pudieron hacer los guardianes contra la agilidad y rapidez del Duque.

Tomó a la mujer por la cintura subiéndola a la grupa, montó y partieron raudos hacia el campamento, pero uno de los heridos alcanzó a hacer un disparo de advertencia. Durante la huida, la Mora recordó el aciago día en que unos jinetes interrumpieron su paseo a caballo, en las proximidades del bosque, deteniéndola para llevarla al castillo de la baronesa, prima del marqués, con el que tenía desde hacía años una gran enemistad, precisamente desde el día en que éste se había negado a desposar a su hija. Al ver a la joven, la marquesa ordenó a sus captores que la condujeran al cuarto del siniestro pasillo, del que no debería salir, a menos que ella lo autorizara.

La noche se llenó de ruidos, gritos, luces y del silbido de las balas que pasaban cerca de los fugitivos. Desde el campamento salieron a cubrir la fuga del valeroso libertador. Salvaron sus vidas gracias al apoyo de sus camaradas y al tremendo esfuerzo realizado por el brioso y resistente corcel.

Cuando llegó a la primera línea de cañones desmontó rápidamente y luego ayudó a la Mora a hacer lo propio. Pasado su desconcierto y con el brillo de un lucero en sus ojos, la mujer ofreció a su salvador su boca de labios sensuales y pálidos. Mientras la besaba, él sintió cómo la mujer desfallecía, deslizándose lentamente entre sus brazos, se inclinó y la depositó sobre la tierra fría; en ese momento, para él, Jazmín Balafat era la flor más delicada de su universo. Mientras hacía esto vio que su mano se llenaba con la sangre, brotaba de la herida producida por una de las balas disparadas por los guardianes del castillo, y que, como un sol rojo, brillaba en la espalda la Mora, la mujer que conquistó su corazón desde el óleo de un cuadro.

El sordo ruido de la artillería pesada se dejó oír en el amanecer, lleno de sangre y dolor en ese momento infernal, se escuchó el poderoso grito del Capitán, Orlando D’Amberis, Duque de la Alameda, alzándose sobre todo otro sonido:

-¡Dios! ¡Justo ahora que encuentro el amor te lo llevas! -bramó como si estuviera ordenando la carga del último asalto al castillo.

Aún no había comenzado la invasión, cuando un hombre de tez morena se acercó a los soldados que se encontraban reunidos en torno a la mujer que yacía sobre la tierra fangosa, en medio de un charco de sangre, mostrando en sus labios una delicada sonrisa de niña. El hombre pidió que le entregaran el cuerpo de la Mora, para darle sepultura conforme a las costumbres de su país.
Cuando el extraño personaje se retiró sosteniendo en sus brazos a la mujer morena, el capitán fue llevado al monasterio para que cuidaran de él, limpiando y suturando las heridas que las balas, como mordidas de oscuras sentencias de la muerte, habían producido en su cuerpo.

Había logrado su cometido, traer el cuerpo de la dama del cuadro, para que el pequeño hombrecillo pudiera llevarla a la Isla de los Pájaros, pero a un precio muy elevado. Ante la fatalidad, decidió una vez recuperado dejar el ejército, ya que culpaba a su profesión por la pérdida de su único amor, y se quedó a vivir en el monasterio, del que ya no saldría hasta el fin de sus días.

La mañana se presentó diáfana, soleada, de agradable temperatura a los ojos de los peregrinos. La pradera olía a hierba mojada y del suelo se desprendía el olor a tierra húmeda. La tormenta de la noche había pasado violenta por la zona, dejando atrás, el coro de truenos, el fuego de artificio de los rayos, y el delicado llanto de las negras nubes que, como cristalinas perlas cayó sobre la ardiente grava, rodando cantarinamente por ella. Los feligreses y aldeanos se acercaban al altar, construido con escombros y restos de la fortaleza conquistada sobre el lugar donde falleciera Jazmín. Se cumplía el tercer aniversario de la toma del bastión español por parte de las tropas napoleónicas, y esto se recordaba anualmente con una celebración religiosa a la que acudía toda la región; tal era la importancia que tenía para ellos esa fecha; no por la religiosidad en sí, sino por la fuerza que, por imperio del amor, había impulsado al Capitán Orlando D’Amberis a acudir en socorro de la mujer mora.

La ceremonia la presidió un sacerdote alto, de excelente contextura física, de voz cálida, de extrema palidez y rasgos faciales característicos de quien ha tenido que vivir duros trances. El religioso, recientemente ordenado, lleva bordada en su alba una rueda plateada con rayos dorados, y una argolla en su centro de color negro.

Desde la lomada, parado debajo del árbol que da flores parecidas a un sol rojo, cercano al lugar donde se desarrollaba la conmemoración, un pequeño hombrecito moro llora silenciosamente la pérdida de quien en vida fuera, no solamente una hermosa mujer, sino también quien llevara su propia sangre.

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