«Yo», de Juan Rizzi

Los relatos de largo aliento le dan la oportunidad al escritor de incurrir en zonas ripiosas, siempre tienen tiempo de subir el ritmo. En el cuento breve en cambio el hacedor dispone de un solo golpe, y debe ser un cross a la mandíbula del lector. No hay más oportunidad de acestar, no hay más espacio ni tiempo. «Yo», de Juan Rizzi, es un ejemplo de buena fortuna, el Ko de un estilista.

Yo

La luz del sol y la brisa marina me despertaron, interrumpiendo mi sueño. Me levanté y me dirigí a la ventana; mientras estiraba mi cuerpo, sentí una hermosa sensación, como si estuviese volando.
La noticia que me diera Laura, mi hija, de que iba a ser abuelo, había colmado todas mis expectativas de jugador empedernido, era como si hubiera acertado un pleno con la última ficha que tenía en el bolsillo. Lástima ese pinchazo en el pecho, sin él, el descanso hubiera sido completo.
Pasé mi mano por el pelo y me dirigí al comedor a tomar un desayuno bien cargado, la noticia lo valía.
Vi a mi hija abrazada a su madre y ambas lloraban. Me detuve a contemplarlas -son tan parecidas-. Nunca entenderé por qué en plena felicidad las mujeres lloran.
Las flores recibidas por Laura son preciosas y en una cantidad inusitada, demasiada gente en el comedor, no me gusta el bullicio, aunque el momento que vivíamos lo ameritaba.
¿Pero? ¿Por qué esas caras, esos gestos? ¿Y qué hace ese tipo tan parecido a mí, que podría decir que es mi hermano mellizo, el que se encuentra fuera del país?
Y además, se ve tan ridículo en ese brillante ataúd.

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