Un libro: La razón de mi vida, de Eva Perón.
«Siendo un niño llegó a mis manos este libro escrito por la que considero una de las mujeres más célebres que tuvo este país. Siendo una obra autobiográfica, la leí con devoción y lo conservo como un tesoro, por lo que cada tanto lo releo. Hoy día me sigue impactando su forma de pensar y de actuar, su dedicación hacia los más humildes».
Fragmento: «Nadie sino el pueblo me llama «Evita». Solamente aprendieron a llamarme así los «descamisados». Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme «Señora»; y algunos incluso me dicen públicamente «Excelentísima o Dignísima Señora» y aún, a veces, «Señora Presidenta». Ellos no ven en mí más que a Eva Perón.
Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como «Evita». Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles que prefería ser «Evita» a ser la esposa del Presidente, si ese «Evita» servía para mitigar algún dolor o enjugar una lágrima.
Y cosa rara, si los hombres de gobierno, los dirigentes, los políticos, los embajadores, los que me llaman «Señora» me llamasen «Evita» me resultaría tal vez tan raro y fuera de lugar como que un pibe, un obrero o una persona humilde del pueblo me llamase «Señora». Pero creo que aún más raro e ineficaz habría de parecerles a ellos mismos.
Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo. Cuando un pibe me nombra «Evita» me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama «Evita» me siento con gusto «compañera» de todos los hombres».
Una canción: Adiós, pampa mía, de Ivo Pelay, Francisco Canaro y Mariano Mores.
«Siendo músico me cuesta bastante elegir una sola canción, pero Adiós, pampa mía me genera algo especial, además de haberla interpretado tantísimas veces. Su letra, con la impronta de Ivo Pelay, es una de las más preferidas por el público. Toda esa melancolía que se mezcla a la hora de irse del pago. Una vez, actuando con la Orquesta Trenel para el Centro de Residentes Pampeanos, en un camping de General Rodríguez, y después del almuerzo, cuando faltaba poco para despedirnos del escenario, y ante la insistencia de un señor pidiéndonos que la tocáramos, el director Raúl García le comentó que ese tango no lo teníamos en el repertorio. Y este buen hombre lanzó desde la mesa «¡Qué clase de pampeanos son que no saben Adiós, pampa mía…!». Obviamente desconocía que ese tema no era pampeano, me acerqué a su mesa y empecé a explicarle, mientras su esposa le decía «eso es por hablar de más». Los muchachos de la orquesta me llamaban para seguir tocando, no sabiendo para qué me había levantado del escenario. Cuando nos despedíamos se acercó a pedir disculpas, le conté toda la trama de la letra y la música, y nos dimos un abrazo».
Un disco: Tangos por Los Cantores de Quilla Huasi.
«En 1972 Los Quilla grabaron en Japón un álbum enteramente dedicado al tango bajo el título de La Cumparsita, que fue relanzado en Argentina en 1975 bajo el título Tangos por Los Cantores de Quilla Huasi. Fue otra de las muy buenas travesuras de Los Quilla. Con muy buen sonido, todos tangos clásicos, incluso, una selección de valses maravillosamente adornados con el estilo bien cuyano de las guitarras. Una obra que recibió algunas críticas en su momento, pero que con el tiempo se fue convirtiendo en un necesario e imprescindible disco a la hora de hablar de los artistas de otros géneros que abordaron el tango».
Una película: El cañonero de Giles, de Manuel Romero.
«Luis Sandrini es uno de los actores que me maravilló cuando era un niño, es uno de mis favoritos, con esa notable capacidad para hacer reír y llorar casi al mismo tiempo. Vi muchas de sus películas, quizás hubo mejores como La cabalgata del circo o Pimienta, pero esta es mi preferida. Cómo olvidar a ese muchacho de pueblo, de potente remate, que quería triunfar en el fútbol».
Un poema: El padre, de Héctor Gagliardi.
Oye negra, ¿Te puedo hablar? Ya los chicos se han dormido.
Asi que, así que deja el tejido que después te equivocas…
Hoy te quiero preguntar por qué motivo
las madres amenazan a sus hijos
con ese estribillo fijo de ¡Ah, cuando venga tu padre!
Y con tu padre de aquí y con tu padre de allá
resulta de que al final al verme llegar a mí
lo ven entrar a Caín y escapan por todos lados.
Y yo, que vengo cansado de trabajar todo el día,
recibo de bienvenida una lista de acusados.
Tú empiezas con tus quejas y yo tengo que enojarme
igual que hacía mi padre al escuchar a su vieja.
Entraba a fruncir la ceja apoyando a ese fiscal
que en medio del temporal se erigía en defensora,
lo mismo que tú ahora que siempre me dejas mal.
Si los perdono, ¡que ejemplo! ¡es así como los educas!
Si los castigo, ¡no tienes sentimientos!
A mí, a mí que llegué contento y no tuve más remedio
que poner cara de serio y escuchar tu letanía.
A mí, a mí que me paso el día pensando en jugar con ellos.
Yo sueño en llegar a casa y olvidarme felizmente del trabajo,
de la gente y de todo lo que pasa.
Los hijos son la esperanza y el porqué de nuestras vidas;
por eso nunca les digas ¡ah, cuando venga tu padre!
No quiero encontrar culpables, quiero encontrar alegría,
que no me pongas de escudo como lo hacía mi madre
que consiguió que a mi padre lo imaginara un verdugo.
El llegaba y te aseguro que se acababan las risas
y en lugar de una caricia o hablarle como a un amigo,
lo miraba compungido presintiendo una paliza.
Y el pobre que me entendía, sacudiendo la cabeza
escuchaba con tristeza lo que mi madre decía.
Y que él, y que él de sobra sabía
que con éste no se puede, que me pinta las paredes,
que trajo las suelas rotas, que la calle, la pelota
que me saca canas verdes.
¡A la cama sin cenar! aburrido me ordenaba,
mi madre me consolaba y yo, yo lo culpaba a él,
a él que había llegado recién de trabajar, cansado,
y ya lo había yo amargado con todas mis travesuras.
Los hijos nunca analizan el sentimiento del padre,
porque el brillo de la madre es tan fuerte que lo eclipsa,
sólo le hacemos justicia cuando nos toca vivir
a nosotros su problema.
¡Ay, si mi padre viviera, que recién lo comprendo!
Y porqué nunca me dijo lo mucho que me quería
si hoy yo sé cuanto sufría al ver enfermo a su hijo.
Porque me miraba fijo el primer pantalón largo
y sé que, hasta me ha besado cuando yo estaba dormido
Hoy que todo lo comprendo, porqué no estás a mi lado.
Porqué no estás ahora para besarte bien fuerte, Viejo lindo
y ofrecerte mi cariño a todas horas.
Ves a tu hijo que llora, pero llora con razón,
porque te pide perdón pensando en aquellos días
en que ciego no veía que eras puro corazón.
Déjame negra que llore, es tan lindo desahogarse.
En fin, veamos, veamos que hacen nuestros futuros señores.
Mira esos pantalones, tápale un poco a la nena.
Si, si ya sé, no me lo digas hoy se fué a la calle sola
Acuéstate rezongona, mañana, mañana será otro día.
«Recuerdo que cuando Gagliardi vino a Quemú Quemú en 1974 hacía dos semanas que mi padre había fallecido. Mi viejo se había ido el 1 de octubre y en esa ocasión le hicimos de soporte con la Orquesta de Pelizzari. Por la mañana habíamos compartido unos mates en la casa de «Cacho» (Pelizzari), sabía lo que estaba viviendo y a la noche no recitó ese poema. Luego, en lo que llamamos el «tercer tiempo», se lo pedí y accedió. Se me cayeron las lágrimas, y entonces él dijo «¿vieron por qué no la quise hacer hoy?». Le tengo inmenso cariño a este poema y Gagliardi es uno de mis referentes».


