Moralejas
Aunque intentemos liberarnos de lo que somos, de aquello que escondemos, nuestras profundidades se revelan a cada instante.
A veces pasando desapercibidas ante la mirada poco escrutadora de quienes solo nos pasan cerca y no nos interpelan.
Pero nos desnudamos.
En algún momento quedamos sin el ropaje.
Dejamos atrás aquello superficial que elegimos para pasearnos ante las miradas sociales.
Y es ahí donde nuestros cielos se hacen visibles.
También nuestras tinieblas.
Como el cuento de Chesterton que habla de una extraña leyenda de aquel ermitaño llamado Securis.
La historia sostiene que al vivir entre árboles, el tipo llegó a quererlos como a amigos.
El bueno de Securis interpretaba que eran grandes gigantes de muchos brazos.
Los consideraba seres inocentes y mansos que no devoraban como devoran los leones y que abrían los brazos a las aves.
Nuestro amigo, según siempre el relato de Chesterton, rogó entonces a los dioses que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como otras criaturas.
Fue entonces que los árboles caminaron con Securis.
Esto por supuesto espantaba a quienes veían aquel milagro botánico.
Cierto es que un monje de paseo con su arboleda, casi como un maestro y sus alumnos, no era un espectáculo común.
Igualmente, los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino solo el movimiento, no la voracidad ni la destrucción.
Pero se sabe que el ser de las oscuridades anda dando siempre vueltas cuando las cosas del mundo parecen que van bien.
Y fue entonces cuando uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje. En la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente, como quizás muchos recuerden.
La voz acabó por apagar el susurro de las hojas y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos.
Como recompensa, según el lejano relato, aquel demonio lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales.
Quien ya a esta altura se sienta identificado, es porque la inteligencia se ha puesto en movimiento.
El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules.
Y haciéndose el can que derribó la cazuela, regresó después a su tranquila tribu de árboles, quienes no notaron para nada su feroz cambio interno.
Pero como sostuvimos al principio, nuestros fantasmas aparecen.
En este caso, dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo nuestro pobre caído en desgracia, que dio plumas que eran estrelladas y azules.
Y por esa monstruosa revelación, mas la ausencia de algunos cantos de aves que ya no se escuchaban, quedó en evidencia lo terriblemente ocurrido.
Una leyenda que tiene moraleja, aunque preferimos que cada cual la redacte en compañía de su alma.
