En su momento dijimos que había muchos indicios que indicaban un nacimiento con buena estrella para «Tierraplana», la publicación inaugural del piquense Héctor Massara que está llamada, según creemos, a renovar la novelística pampeana y a transformarse en un libro fundamental en la bibliografía provincial. Es además el libro elegido por El Lobo Estepario para lanzarse como editorial. Fue declarada de Interés Municipal, presentada en la Biblioteca «Estrada» de General Pico días atrás, y mañana llega a «Mundo libros», de Realicó. Todo un acontecimiento cultural para el norte pampeano.
La cita será mañana viernes a partir de las 20.15 hs. y contará con la presencia del periodista y escritor local Luis González, Eduardo Senac en representación de El Lobo Estepario, y el acompañamiento musical de Bernabé Bustamante. Victoria Cabeza, titular del local de Francia esquina Italia, escribió en un banner publicitario al respecto: «No digan que en Realicó no pasa nada». Y es que efectivamente «Tierraplana» está caldeando el ambiente literario regional con su modus operandi original desde el aspecto argumentativo, estructural y de «editing». Vale decir que la novela de Massara trata a nivel argumental del problema del mal, de la incapacidad de la psiquis humana cuando es ejercida una presión adecuada; estructural por la disposición de la historia que guarda algún juego con el tiempo; y de «editing» porque se llevó a cabo un proceso profesional de corrección ortogramatical. Recordemos que el eje de la narración se sitúa en años anteriores a la provincialización y cuenta con detalles de época muy bien documentados para lograr una ambientación perfecta de los utensilios y costumbres de aquél entonces.
Trasuntamos el prólogo escrito por Eduardo Senac
Situada en La Pampa de los años 40, en Tierraplana se desenreda como pocas veces ese instintivo y aún misterioso placer por narrar. Ante todo hay que aclarar que los datos circunstanciales están tomados al azar y sólo corresponden a la imaginación del autor. Esos datos circunstanciales, como siempre, carecen de importancia en tanto son apenas calles laterales para que la historia circule.
Esta novela consigue la máxima ambición del género: ser un ojo por donde mirar el mundo de los hombres. No pueden asombrarnos las bajas pasiones y la escasa inteligencia que envuelve a los personajes. Simplemente son un muestrario de nuestras cualidades.
En verdad, sorprende que se trate del libro inaugural de Héctor Massara. Escribo sorpresivamente porque el dominio del texto no es experimental, como tampoco lo es la estructura general, que guarda algún juego con el tiempo. Sorprende además porque la presentación y la vida de los personajes es ardiente, porque la construcción párrafo a párrafo está sostenida por un ritmo narrativo intenso y a la vez extremadamente cuidado.
Como anotaba más arriba la novela está ubicada cuando aún éramos Territorio Nacional, la ambientación no tiene fisuras gracias a una documentación precisa. Por otra parte la titulación de los capítulos recuerda El Golem de Meyrink, pero en sí mismo se emparenta a los ciclos herméticos, donde toda imperfección y mediocridad se desvanece de a momentos. Nuestra disposición de ánimo cambia demasiado rápido y no alcanzamos a completar una visión del conjunto de los hombres y las leyes tácitas que lo rigen. Si la conducta humana es el hilo con que se teje esta historia, en su miscelánea dibuja una lectura elíptica que le agrega un nuevo valor.
Cada libro intenta encontrar una buena palabra. Éste tiene esa suerte y además consigue hablarle a la placentera luz que languidece en nuestros corazones. Esas dos exactitudes hacen que Tierraplana esté llamada a renovar la novelística pampeana. Es que si nuestra literatura oficial alcanza cierto sonido y compás, imaginemos ahora, como Goethe, a nuestros campos de antaño con el cielo rayado por gruesos relámpagos que esclarecen el horizonte. Y el ruido de sus truenos apagan la música.

Así escribe (extracto de Tierraplana):
«… Pasaron así cinco años durante los cuales se enfrió un poco la relación íntima entre los socios, el campo necesitaba más de su presencia y su mujer lo presionaba, enrostrándole su escaso papel de padre y amenazándolo con irse a vivir a Buenos Aires con una tía materna.
La pelirroja había contribuido un poco con ese alejamiento, descuidando un poco su apariencia y abandonándose al buen comer y sobre todo a la bebida, la noticia de Roque de dejar de frecuentarse como amantes no necesitó de largas explicaciones ni diálogos lacrimosos, seguirían como socios virtuales, ya que el hombre no le reclamaba, ni le reclamaría ninguna utilidad, podía seguir utilizando el Bar sin límite de tiempo y con mucho tacto de parte del hombre, recibió en sus manos un grueso fajo de billetes grandes. Antes de que reaccionara, le dijo:
—No es un pago por los servicios prestados, es un agradecimiento por haberme permitido conocerte. —Había estado toda una tarde practicando la frase y esta pareció surtir el efecto deseado, la ahora regordeta pelirroja, con los ojos enrojecidos, le acaricio el rostro y lo besó suavemente en los labios… —C`est la vie —le dijo en un susurro… fue la única vez que la escuchó hablar en francés.
Esta vez el golpe de timón lo pegó Roque, pero fue tonto al pensar que la búsqueda lo llevaría a aguas calmas. La vida engaña por un tiempo mientras prepara sus artimañas. Toca aquí, corrige allá, destruye si lo desea, mientras observamos boquiabiertos su urdimbre.»