“En la calle Cervantes está la casa de Lope de Vega, y en la calle Lope de Vega está el Convento de las Trinitarias Descalzas donde descansan los restos de Cervantes”. Fernando José Baró es escritor y habla como sus libros, de las historias de un Madrid humano y paradojal. Me invita a pasear por el barrio de Las Letras, donde considero una obligación detenerme a tomar fotos, más de una en cada esquina, a mitad de cuadra, en cualquier lado, enfocando la calle o las paredes.
Es que en este barrio del centro de la capital española vivieron y pusieron su alma en palabras aquellos que por obligación, casualidad o puro gusto leímos y escuchamos a lo largo de nuestra vida, por más argentinos y martinfierristas que nos consideremos. Pues además de Cervantes o Lope, vivieron en estas calles donde mi cámara no para de clicar Pedro Calderón de la Barca, Luis de Góngora enemigo de Francisco de Quevedo, cuya casa ahora es una cervecería, José Zorrilla (el autor de Don Juan Tenorio), Mariano José de Larra (Fígaro) el poeta romántico que se quitó la vida a los 27 años porque su amante casada le pusiera punto a su relación. Y también han pasado Bécquer (sí… el de las golondrinas) y el entrañable Federico (García Lorca) a quien hicieron una estatua en la Plaza Santa Ana, de este mismo barrio, soltando una golodrina o un ruiseñor, no sé…

Fernando Baró da vuelta la página en su conversación sin que me dé cuenta, entrelaza las historias de amor de los duques y reyes con las anécdotas de los escritores: algunos, del Siglo de Oro; otros, contemporáneos. Me cuenta que su abuelo fue periodista, que trabajó hasta jubilarse en el diario ABC, pero que también trabajó para Clarín mientras vivió en Buenos Aires, que allí conoció a Perón y a Borges, que Borges luego de una entrevista que él le hizo le pidió un whisky, ya que una conferencia que debía dar inmediatamente después de la entrevista lo intimidaba.
También me habla del teatro: frente a la estatua de Lorca está el Teatro Español, donde me dice que estuvo en cartelera una tía abuela suya, actriz de la compañía de María Guerrero. En los vistos superiores de la fachada del teatro pueden leerse los apellidos de los dramaturgos cuyas obras fueron representadas allí: García Lorca, Valle Inclán, Arniches, Zorrilla, Benavente, Lope de Rueda… y ahora está en cartelera una obra de un autor que tal vez sea recordado en el 2220.

María Guerrero, me cuenta Baró, fue actriz y empresaria (soñadora, claro…) quien junto a su marido decidió construir un teatro español en Buenos Aires, que actualmente es el Teatro Nacional Cervantes, donde hasta los clavos fueron llevados desde España. Luego de eso acabó pobre, sin lugar donde vivir una vez que regresó a Madrid (aunque actuara en la Manhattan Opera House a mediados de los años ’20), y sus últimos días los pasó en una dependencia del Teatro de la Princesa, que ahora es sede del Centro Dramático Nacional y lleva el nombre de ella.
Luego vamos al centenario Café Gijón, sobre la calle de los Recoletos, ambiente de tertulias literarias y de actores, ya que está rodeado de teatros. El del café es un propulsor de las letras y las artes. Para el cuarto centenario de la primera edición del Quijote pidió a varios literatos un texto y plasmó el año pasado una antología ‘El Quijote en el Café Gijón’, del cual ha participado Baró que no duda en posar orgullosamente.
El escritor, que también es anticuario, de allí quizás su detenimiento en fragmentos de la historia, me relata algunas anécdotas de dos autores que en la España actual se disputan la tarima en cantidad de libros vendidos: Alberto Vázquez Figueroa y Arturo Pérez-Reverte, ambos escribieron novelas que terminaron en el cine, como ‘Las aventuras del capitán alatriste’ (P. R.) protagonizada por el argentino Viggo Mortensen; o ‘Tuareg’ (V. F.) que habla de la aventura de cruzar un desierto.
Alberto Vázquez Figueroa le prologó el libro ‘Redes y otros relatos’, editado el año pasado, donde Fernando cuenta, como si hablara con su mejor amigo, la vida de seres de Madrid, marqueses o mendigos, intercalando fantasmas con edificios que me mostró en el paseo, y su propia vida.
Por Yamila Juan, desde Madrid