Les traemos «Predicciones», una nueva entrega de la pluma de Luis González, periodista y escritor realiquense.
Predicciones
Enrique Tomassi era dueño de una fama que pocos tienen.
En el pueblo muchos le confiaban sus penas, sus indecisiones, sus temores.
Otros muchos lo buscaban por cuestiones de amores no solucionadas o a punto de romperse, como también lo elegían para acercarse a alguna persona amada que les era esquiva.
Tomassi a sus sesenta y pico de años, era un hombre delgado, con una prolija barba ya emblanquecida y pelo largo que ajustaba en una colita.
Siempre lucía impecable.
Siempre con camisas blancas un poco abiertas en el pecho para dejar ver un extraño colgante, cuya figura nadie reconocía y si bien algunos se habían atrevido a preguntarle de qué se trataba, él respondía con evasivas, terminando con la frase, «un viejo regalo de alguien importante».
Vivía solo.
En una casa llena de árboles y flores que se encontraba bien hacia el este, sobre la calle 2 de Marzo.
Hasta allí llegaban las personas interesadas y sus variadas consultas.
Atendía únicamente las noches de luna llena, en el comedor de la humilde vivienda.
Aún en los crudos inviernos, Tomassi no rompía esa costumbre.
El momento elegido para las respuestas, era la noche.
A veces algunos dudaron de esa condición, al ver algunas mujeres entrar en horas de la siesta, cuando el pueblo se encuentra en total letargo.
Las malas lenguas, casi siempre encarnadas en vecinas cercanas, indicaban que quizás no iban por consejos sino por acercamientos emparentados con la lujuria.
No es lo que importa.
El viejo había logrado reputación de adivino, o al menos de interesante consejero.
El Petiso Olguín juraba haber agarrado el 10 a la cabeza en la quiniela nacional, tras haberlo visitado.
El Flaco Rodríguez hacía cruces besándose los dedos para acreditar sus dichos, que afirmaban que su amor con Sonia se lo debía a Tomassi.
«Regalále una rosa a la salida del baile del club a las tres de la madrugada, ni un minuto más, ni uno menos y al otro día estará a tus pies», decía que había sido la fórmula del brujo para lograr el amor que ya llevaba cuatro años y dos hijos.
Marga, la solterona de la verdulería de calle Indios Pampa, suspiraba al relatar que la había sacado de una depresión profunda, cura enigmática que había logrado bajo una intensa labor en una siesta de septiembre.
Otros hablaban de sapos y verrugas, de dolores de muelas calmados, de enormes conos hechos con papel de diario en las orejas para oídos infectados y de ayuda ante ojeaduras y empachos.
Pero como ocurre siempre en cualquier caso, como están los apasionados enceguecidos, aparecen los detractores, muchos de los cuales no logran acceder a los milagros que los demás relatan.
Si bien es cierto que esas acciones curativas eran un tanto dudosas, muchas no tenían testigos y otras parecían algo exageradas, no menos insolente resultaba la enjundia de algunos descréditos.
El Tano Salvatti era uno de los que no creía nada de esas historias.
Peor aún, cuando en el boliche llegaba un cuento nuevo sobre las hazañas del viejo curandero, Salvatti se reía fuerte, meneaba la cabeza, le pegaba una piña a la mesa y gritaba: «¡hay que ser boludos eh! No pueden creer esas
pavadas».
Alguno de los parroquianos del lugar decía que el Tano estaba dolido por un amor que Tomassi había sabido robarle.
Pero el que conocía esa historia la contaba bien bajito.
Salvatti lucía grandote y fortachón. Detalles que no invitaban a cruzárselo a las piñas. Menos por una estupidez.
Sus fanfarroneadas lo habían alejado de cualquier afecto. Incluso de su hijo, que jamás lo visitaba.
Pero un día alguien se le animó en el bar.
Uno de los integrantes de una mesa del fondo gritó fuerte: «¿por qué no vamos los cuatro una de estas noches y le hacemos una consulta a Tomassi? ¿Te animás Tano? Ahí vamos a ver si el tipo tiene contactos directos con algunos dioses o peor, con algunos demonios. ¿Qué decís?».
La risa de Salvatti resonó mas fuerte que nunca.
«Cuando quieras», le respondió.
Dos de los invitados a participar, eligiendo excusas poco claras, dijeron que no podrían asistir.
Entonces el Tano y Gómez, quien había hecho el convite, un ferroviario que había llegado al pueblo hacía poco, pero se había ganado el respeto del bar por romper el silencio solo en momentos en los que tenía cosas interesantes para decir,
eligieron en un almanaque con dibujos de Fontanarrosa la noche de luna llena en la que irían a despejar todas sus dudas.
Tomassi sabía de las injurias que el Tano escupía cada vez que lo nombraba, en cualquier lugar.
Le habían llegado los comentarios de las frases ofensivas.
Incluso entendía que se había ganado su odio.
Por lo de Esther. Pavadas de hombres.
Esa noche de invierno los esperó como siempre esperaba a quienes lo visitaban, con velas encendidas y dos grapas encima.
Gómez golpeó las manos fuerte, fue atendido por el dueño de casa que invitó a los visitantes a pasar y a esperarlo sentados a la mesa, mientras él «se preparaba». Así dijo antes de entrar a la pieza.
Cuando regresó, lo primero que advirtió fue la mirada de odio que lo perforaba detrás del brillo de la tenue llama.
El Tano no le quitaba los ojos de encima.
Le saltaba el deseo de desenmascararlo al «viejo mentiroso», como siempre le decía.
El brujo primero les cobró el servicio, lo que depositó en un plato que se encontraba encima de un viejo mueble.
Y luego les pidió que comiencen con sus preguntas.
Solo tenían permitido un solo interrogante por «sesión».
Gómez consultó sobre su futuro laboral, algo que lo preocupaba siempre.
El viejo respondió luego de una demora de algunos minutos en los que miraba al techo como pensando, que «iba a ser muy complicado», por lo que «tenía que ir pensando en un nuevo laburo».
Tomassi había leído hacía un mes aproximadamente, que los ferrocarriles iban a ser privatizados y que despedirían a miles y miles de operarios. Sería realmente difícil que el hombre se salvara de aquella patada general en el culo a los trabajadores. Por supuesto que no le dijo las razones de su predicción, la pensó bien para sus adentros.
Gómez empalideció y tragó fuerte.
Ya casi no le importaba la razón que los había llevado hacia ahí. Es más, maldecía la puta vez que había jugado con el destino.
Le tocaba a Salvatti, que se refregaba las manos no se sabe si por los nervios o por las ganas de meterle una tompada al vidente, al que tenía a pocos centímetros.
«¿Quiero saber cuando voy a morir? A ver cómo te hacés con esto», dijo con una sonrisa por la que escapaba odio.
Tomassi había esperado algo mejor, una situación que lo enredara y lo pusiera incómodo.
Sentía que tenía no solo el as en la manga. El mazo era suyo.
El viejo repreguntó: «Dígame rápidamente. ¿A quien podría importarle su muerte?».
El Tano titubeó y dijo: «La verdad, no lo sé».
«¿Tiene un amor al que iría a despedir ahora mismo y lo recibiría llorando por su partida, si es que ocurriera?», dijo Tomassi.
«Nnno. No», expresó un ya devastado Salvatti.
«Por último», se aprestaba a asestar el brujo, «¿usted cree en los milagros?».
«Nnno», respondió casi de manera calcada a la anterior.
A Enrique Tomassi solo le quedó empujar a aquel hombre que se encontraba a un centímetro del precipicio.
«No se preocupe entonces Salvatti, no hay mas espera. Usted ya está muerto».
Por Luis Matías González