Por Yamila Juan (Desde Madrid, especial para El Lobo Estepario)
A pocos días de haber llegado a Madrid, la joven directora teatral Bárbara Risso me propuso que yo fuera en su lugar a una conferencia sobre ‘poética y teatro’. Álvaro Tato era quien ofrecía la charla, entrevistado por Luciano García Lorenzo. No conocía ni a uno ni al otro, ni la Fundación Juan March donde sería el evento, pero por supuesto asistiría.
¡Madre mía! (como dicen acá) de lo que me estaba perdiendo… Por eso lo cuento: para que no se lo pierdan ustedes. Para saber de títulos y premios de cada una de estas personas está Google, aunque algo iré desgranando, pues quiero focalizar en la historia, tal como Álvaro empezó a contarla ante un auditorio casi colmado. En la pantalla, sobre el escenario, se hizo protagonista una foto, se notaba que tenía algunos años, en la que aparecían personas de traje que por mi desconocimiento general no pude distinguir y, en el medio, un adolescente de remera verde manzana sonreía tímidamente.
Álvaro hizo prestar atención a un detalle, en el bolsillito de la remera había un pétalo rojo. El adolescente era él, más de veinte años atrás, posando con quienes le habían entregado un galardón por un escrito suyo. Y contó que al recibir el premio, robó ese pétalo de la escenografía que estaba montada entonces en el Teatro de la Comedia y juró que volvería con su arte a ese lugar.

La pantalla mostró luego un grupo de músicos posando, entre quienes él estaba, como parte también de un grupo, al parecer incipiente, llamado Ron Lalá (pasen y vean lo que es ahora: http://ronlala.com/) y mientras se acercaban a la actualidad, las imágenes iban ganando en despliegue escénico, así como importancia las anécdotas. Álvaro Tato estaba allí contando esa historia porque ahora es un reconocido poeta, dramaturgo y actor, sus obras han estado de gira en escenarios del mundo, sus libros han ganado premios, el último ‘Vuelavoz’ se acaba de publicar, y García Lorenzo (imagino que ya han buscado de quién se trata) pone sus poemas en paralelo con los de Miguel Hernández.
Además es filólogo, “confeso y vocacional”, según dijo, porque para él la filología no es una carrera, sino una forma de vivir. “Creo que un filólogo es más un sherpa que un alpinista y que lleva la montaña dentro, creo que todos los filólogos deberían aprender teatro, pero, sobre todo, que todas las compañías de teatro deberían tener un psicólogo de guardia –risas- y en segundo lugar un filólogo”, ironizó.
“Me gusta sentirme heredero de la generación del ’27, del ’98, del ’14, de la Edad de Plata, del Dualismo, de todo ese pequeño cúmulo de investigadores y artistas que juntos han pensado en España como un país cultural, como si la cultura llegara a ser, en este país tan bizarro, una cuestión de Estado, labor que siempre ha sido secundada por ninguneos, exilios, muertes… me siento heredero de ese espíritu y creo que es una razón para vivir, y una razón para crear”, expresó sin dubitar.

Pienso… imagino un aula hoy de mi ciudad de La Pampa, donde hace algún tiempo intenté enseñar a leer ‘El Quijote’… ¡Cuán duras aspas tenían los gigantes! desinterés, aburrimiento, desazón. ¿Qué chico quisiera sentirse heredero de una generación de escritores o artistas? ¿Y qué pasaría si un adolescente de esas aulas ganara un certamen literario? ¿Por qué tierras se echaría a andar? ¿Con qué sanchos y rocinantes? ¿Qué tierra se ara en las escuelas para los poetas pampeanos? Recuerdo haberle dicho a un chico de 3° año del secundario que me había gustado mucho su cuento y que sin duda tenía talento para escribir. Se escucharon unas risas al fondo y él bajó la cabeza. Lloro. Somos tan exitistas que la poesía nos avergüenza, en el mismo sistema educativo, me refiero.
Luego de mi lapsus, Tato siguió: “Los seres humanos estamos flotando en una cascada, y el río de abajo son esos cuentos, esas historias… ‘El Quijote’ es del planeta. Para mí el teatro y la poesía son para esta generación, pero sobre todo para la siguiente”. Contó que a los espectáculos juveniles de Ron Lalá llegan adolescentes “hostiles”, calificó, “porque entran a ver al enemigo, a ver la caspa que le han contado que es la cultura. Y salen esperándote a la vuelta del camerino para sacarse una foto contigo. Para ellos escribimos, para ellos actuamos, para un nuevo público de teatro…”.
“Aburrir con la lectura es anticervantino”, apuntó (vuelvo a las aulas…). “Si hay algo parecido ahora al teatro de Lope de Vega, no son los montajes supuestamente clásicos, es más bien la HBO”, valoró el autor de ‘Cervantina’ https://madridesteatro.com/cervantina-en-el-teatro-de-la-comedia/ y de ‘En un lugar del Quijote’.
No sé si en las escuelas de España es diferente, no he asistido a clases por aquí, pero veo teatros cada 50 metros, veo artistas, veo páginas y páginas de diarios y revistas callejeras dedicadas a la cultura, veo aún un monumento rayado, con letras despatarradas, es el de Pedro Calderón de La Barca y el grafiti dice: “La vida es sueño”.
Este poeta, de 38 años, que hasta se animó a ir al congreso a recitar teatro, tiene la bella locura de batallar hasta que los sueños se cumplen y ha devuelto el pétalo robado en aquella experiencia juvenil.
SILVIDA
Cuando soñamos,
cuando morimos
somos lo mismo.
Sílbamelo al oído si me olvido.
Nietos y abuelos,
padres e hijos
vagan unidos.
Sílbamelo al oído si me olvido.
Reloj de viejo,
tambor de niño,
un solo ritmo.
Sílbamelo al oído si me olvido.
Quien tiene alas
mira el abismo
y ve un camino.
Sílbamelo al oído si me olvido.
PRENDE JUEGO
Dentro del juego
late la vida neta,
nueva.
Al corro de la era.
Dentro del cuerpo
late la vida eterna,
cierta.
Al corro de la era.
Dentro del beso
late la vida llena,
rueda.
Al corro de la era.
Al corro de la era,
que no se pase
la primavera.
Para leer más sobre el autor: https://alvarotato.es/
