A poco tiempo de la publicación de «Tierraplana», la novela inaugural del piquense Héctor Massara, se encuentra el escritor con la novedad que la vida literaria continúa y que continúa con más vigor que nunca. La prueba está escrita, y se llama «Conversación con el sabio», último relato salido del Taller de Literatura que se dicta semanalmente en la Biblioteca Estrada.
Conversación con el sabio
Es difícil hablar con el Sabio. Siempre hay alguien que te lo impide por considerar el tema trivial y ordinario, porque no tienes el nombre y la fama, porque eres un bueno para nada advenedizo (así suele calificarte su séquito) o porque está demasiado ocupado comiendo su leche agria y la papilla necesaria para su pobre dentición.
En éste día de marzo he sacado fuerzas de flaquezas y enfrentado al grupo de cinco de sus discípulos. He golpeado con mi puño la mesa redonda haciendo vibrar los copones de plomo con vino dulce y logrado su atención.
-Vengo a pedir condena para el cónsul Galo.
-El cónsul espera su juicio, tu pedido es extemporáneo e impertinente, si mal no recuerdo sólo representas a ese pequeño círculo de vociferantes ascetas.
El grupo dejó de prestarme atención y reunió sus cabezas. Un murmullo serpentino se extendió por unos momentos y luego, el que había hablado volvió a hacerlo.
-El Sabio tenía que atender una comitiva nordestina que no llegará a tiempo y sabemos que está preocupado por el caso del cónsul. ¿Has preparado tu presentación?
-Claro.
-Bien, le avisaremos de tu presencia.
Los cinco discípulos desaparecieron de la sala con un rumor blanco de sus togas. Una voz, que tal vez fuera la de mi interlocutor me llamó a la sala contigua.
El Sabio estaba sentado en una banca de madera cruda, sin respaldo, que parecía incómoda para su edad. Me miró con curiosidad.
-De modo que tenemos aquí a un asceta impertinente –dijo con seriedad que asustaba. Y agregó: -Está extremadamente delgado.
-Usted también lo está.
El sabio aceptó inclinando su cabeza y acomodó su cadera con un esfuerzo doloroso que se dibujó en la cara ajada.
-Dígame qué quiere.
-Quiero, queremos, una condena ejemplar para el cónsul Galo.
-Entiendo, ya veremos después que cree usted que es ejemplar, ahora explíqueme los fundamentos para su pedido.
-El cónsul ha sido un hombre despreciable desde niño, a los once años acusó falsamente a su hermano mayor de abusar de su hermana. Todos recordamos al pobre Claudio que fue exiliado a Sardignia.
-Mmmm… Sí recuerdo esos sucesos, hace unos años visité la isla que, dicen, tiene un buen sol para los asmáticos como yo. Claudio es un sujeto inútil que vive ociosamente de la mesada que le envía el Senado, se ha hecho famoso por correr detrás de las niñas y hasta de las ovejas. Siga.
-Ha fabricado una serie de heroicas victorias contra los bárbaros, cuando en realidad era un oficial cobarde que observaba de lejos las batallas, siempre fue asistente servil de sus generales.
-Historia muy común entre nuestros políticos…
-Se abrió paso entre sus iguales a fuerza de sobornos, mentiras e innumerables casos de corrupción. Tengo pruebas de lo que digo.
-Seguro que las tiene. ¿Se dio cuenta que dijo usted “entre sus iguales”? Para su inocente alegato tengo que informarle que todos ellos están manchados por la corrupción.
-¿Y eso es bueno?
-No, pero diría que es aceptable.
-Se necesita su sabiduría para transformar algo malo en aceptable.
-¿Está siendo sarcástico?
-No, sólo estoy confundido. Pero ahora tendrá que explicarme la última y más ruin fechoría del cónsul Galo, el asesinato del cónsul Octavio, su mujer y sus dos hijos pequeños.
El Sabio tuvo un temblor momentáneo, como si una corriente de aire helado lo hubiese atravesado, su voz se apagó al hablar.
-Unos momentos antes de tu llegada la guardia pretoriana detuvo a un grupo de Nordestinos, ellos confesaron haber matado a Octavio y tenían planes para hacerlo también conmigo.
-¿Y Galo?
-Tuvo la mala suerte de ser encontrado en el escenario del crimen por la misma guardia, tenía sus manos y ropas manchadas de sangre por haber tratado de ayudar a la mujer que estaba con vida.
-Es increíble, lamento haberlo molestado con mis acusaciones, a todas luces infundadas. Mis respetos Sabio. Ahora, si me permite, le presentaré mis disculpas al cónsul.
-Demasiado tarde asceta. Esta infausta mañana he ordenado equivocadamente su muerte.
Héctor Massara