El Taller de literatura de la Biblioteca Estrada sigue su curso, y en esta oportunidad entregamos una reciente producción de Héctor Massara: A la caza de Asterión. Un breve relato escrito a la sólida luz de los mitos griegos y en homenaje a La casa de Asterión, el texto borgeano publicado originalmente en El Aleph, en 1944, épocas en que las literaturas nacían desde luminosos motivos cuyos resplandores aún llegan, gracias a Dios, a algunos de nuestros contemporáneos.
Humildísimo homenaje a J.L.Borges
Ya hemos avistado la isla, rescatada de la bruma por el sol de la mañana. Por su extensión parece un continente y también por su geografía de praderas verdes salpicadas de cipreses, castaños y olivos que trepan hasta el límite rocoso de las montañas. Unas personas diminutas con cestas parecen cosechar el fruto que se convertirá en aceite. Las siete doncellas que me acompañan no han dejado de rezar y los seis mancebos que hasta hace algunas horas ejercitaban los músculos, y gritaban con orgullo sus nombres se asoman temerosos por la borda. Por mi parte, sólo he apretado acaso la empuñadura de mi corta espada. La quilla toca el fondo suave y los soldados nos azuzan con sus lanzas para que saltemos y recorramos con el agua a la cintura la distancia hasta la playa. Un cuerno de carnero avisa de nuestra llegada y un tambor les da ritmo a los remeros para volver el navío a altamar sin perder tiempo.
Un grupo de soldados nos escolta al palacio, la corte es un caos de hombres y mujeres y el rey una caricatura de ojos delineados de un color parecido al vino. Es difícil explicar cómo este abigarrado fantoche puso de rodillas a Atenas, no lleva una corona de hierro y sí un tocado en forma de cuernos en los que las mujeres han enredado algunas guirnaldas. Me ha llamado por mi nombre con su voz rasposa de alcohol y ha iniciado un discurso en el que elogió el valor de mi padre, la belleza de mi madre y el sacrificio del pueblo ateniense y le ha puesto fin con un gesto de fastidio y una nalgada a la servidora de vino.
Los toros dominan todo el ámbito del palacio, sus cabezas adornan las paredes, hay doradas esculturas de toros, pinturas y tapices de toros, cueros de toro forman una vía negra y brillante que conduce al trono en cuya base un toro blanco y enorme de tranquilizadora mansedumbre rumia su ración de cebada y hierbas frescas. A Una seña del jefe de guardia un aedo con su lira de forma de astas emprende con una epopeya cantada del monstruo que por años se bebió la sangre de jóvenes cretenses. La letra es burda y plagada de fantasías. Yo sé la verdad. La que cuentan los pastores que escuchan su mugido doloroso y aterrador en las noches, sé cómo los ecos multiplicados en las tenebrosas salas continúan reverberando por los valles y llegan nítidos a las tierras bajas. Sé de su laberinto carcelario. Sé que solo una es su entrada y una su salida. Sé que los desfiladeros son oscuros y fétidos, sé de rampas y escaleras que terminan en sí mismas y de habitaciones ciegas encostradas de sangre. Sé que en otras el pulido sílice ha construido infinitos espejos en el que la bestia se transforma en manada y teme de sí misma. Sí. Sé de la bestia. De su hartazgo de carne, de su eternidad que es deseo de matar y ruego de morir. Por eso he venido.
Una mujer joven y morena, tan decorada como el rey se me ha acercado, turbándome con sus esencias. Me ha ofrecido un ovillo de hilo dorado y refulgente y un casco de bronce que he rechazado con gesto noble. Una algarabía que crece desde el fondo del salón anuncia a un grupo de sacerdotes y jóvenes semidesnudos que conducen un toro negro y poderoso con una montura de rojos y oros. Los augures le siguen. Los reconozco por sus calvas aceitadas y sus uñas largas de harpía que sostienen afiladas dagas y una enorme fuente como las que usan sus iguales en Atenas para leer las vísceras.
Una letanía susurrante y un acompasado movimiento de vaivén parece calmar al animal que ofrece dócilmente su surco yugular.
-¡Dejadle! –ordenó con autoridad. –El toro que ha de morir, lo hará mañana.
