Hombres de fuego
Hoy a la mañana vi, debajo de una plantación de eucaliptus, a unos hombres haciendo fuego. Eran las primeras horas de la madrugada y la humedad envolvía en un asfixiante vapor azul árboles y calles. Pero aquellos hombres no parecían enterarse. No sé cómo hicieron para encontrar ramas secas y encenderlas. No sé de dónde sacaron un papel que no estuviese húmedo como una sábana en verano. Pero lo cierto es que ahí estaban esos hombres desconocidos, en ese barrio por el que siempre paso. Sus figuras de azul opaco iluminadas por la lumbre de lenguas rojas se volvían fugazmente nítidas; como sombras humanas ante las oscilaciones de un televisor. No sé de dónde venían ni a dónde iban. No sé si se conocían de antemano o si se encontraron ahí. Sólo sé que antes que saliera el sol en este pedazo de mundo, ellos ya se habían fabricado un pequeño sol con ramitas y desperdicios; una pequeña estrella roja brillando en medio de la tierra negra y los troncos oscuros, perfumando el aire con el aroma de viejas estufas y eucaliptus. Y me pregunté cuántos hombres así había hoy en todo el mundo. Cuántos hombres estarían encendiendo idénticas fogatas en Bolvia y en Perú, en Rusia y Mongolia. A pesar de las hornallas de gas y las ciudades, a pesar de la globalización y los hornos microondas, seguían existiendo hombre de fuego en el mundo. Aquellos que al igual que los humanos primordiales, iniciaban sus días a la lumbre que ellos creaban, casi en un simulacro de la creación del mundo.
Los vi de manera fugaz y no quise invadirlos con la intromisión de mi curiosidad. Serían cinco o seis, y creo que entre ellos había una mujer. Todos usaban campera a pesar del calor, como indigentes. Sin embargo estaban limpios y no tenían pinta de indigentes. No. Los indigentes suelen irradiar un aura sedentaria; la energía de quien está clavado en el lugar y la querencia. Estos hombres, en cambio, parecían estar de paso por la ciudad, a caso por el país y el mundo.
Pensé, mientras los perdía de vista con el rabillo del ojo, que acaso no pararían nunca. Que su misión en la Tierra era estar permanentemente “en passage” como dicen los franceses, o “like a rolling stones” como dicen los norteamericanos. Tal vez para que los humanos no olvidemos que también somos nómades en el universo a pesar de la ilusión de una casa; que somos “cantos rodados” en caída libre por esta avalancha que es la vida. Y es que, en mayor o menor medida, todos hemos compartido la experiencia del fuego. Desde la gente de campo que enciende su estufa a los hombres que cada día se juntan alrededor del asado. Y todos están en algún momento hipnotizados por una llama roja, esa que nos hace olvidar de todo lo superfluo del mundo incluido nuestro nombre, y nos recuerda lo único profundo, la errancia ontológica en busca del origen. Pero los hombres que hacen asado o encienden estufas son sedentarios. Siempre el mismo fuego en la misma hoguera. No pasa así con estos hombres, los que tienen la misión de ir dejando un sendero de carbones apagados como miguitas de pan en un laberinto. Cada noche y cada mañana en distintos árboles y distintas piedras; distintos países y distintos desayunos.
Y entonces vino a mi memoria un tiempo remoto. Yo vagabundeaba por España, sin dinero para volver a casa. Había conocido a una chica que me invitó a Barcelona; y allá vivimos unos meses, en una casa ocupa del barrio Poble Sec al pie del Montjuic. Muchas tardes con Arantxa, subíamos a pie esa fabulosa montaña para traer leña de sus bosques. Otras veces, volviendo de extenuantes caminatas por la ciudad, traíamos “palés” de las carpinterías del Raval, el barrio de los paquistaníes, sazonado con el aroma al pollo cocido al curry. Y al llegar a la casa ocupa, encendíamos un fuego comunitario. Ahí estaba Diana y Franciso, un muchacho chileno; ahí estaba Nelso, un brasileño que decía que “ser ocupa era un destino”; ahí estaba Nuria y su novio portugués, un muchacho flaquito con el que siempre nos abrazábamos. Pero también había otra gente. Amigos “en passage” que iban y venían. Gente que visitaba o “squateba”, como dicen los franceses. Y esa lumbre en el patio de una casa sin luz eléctrica se volvía hoguera para todos; casi una justificación de estar habitando la Tierra. Era como si todos hubiéramos dicho: “la vida que llevamos no vale gran cosa pero hoy estamos aquí y hemos encendido un fuego, que no es poco”. A mí no me gustaba la vida de ocupa, aunque la llevé durante casi un mes. Luego, como debo de ser “un burgués de mierda” (a eso me lo dijo una vez mi exmujer francesa) alquilé una habitación de un matrimonio chileno que fueron mi familia en Barcelona. Pero nunca dejé de ir a las fogatas del Montjuic.
Sin embargo no hace falta irse de indigente a Cataluña para entender el fuego, porque muchos años después cuando volví a mi pueblo y pude habitar la casa de mi niñez, también hice fogatas. Había demasiada porquería para quemar y a eso le sumaba la leña de los eucaliptus, rojizos troncos caídos en la plantación que traía a mano a casa. En el patio, en medio del sitio donde alguna vez tuvo la tienda mi abuelo, hacíamos fuego también. Y se acercaba gente conocida desconocida. Vecinos y primos. Gente que acaso sólo andaba “en passage” por un pueblo llamado Ballesteros y se había llegado hasta aquí al olfatear el humo, al notar que otros hombres iniciaban la vieja ceremonia de la especie.
Hoy al caer la tarde y cuando volvía al barrio, pasé por el lugar donde habían acampado aquellos hombres. Y sólo vi un pozo hecho de cenizas y ladrillos. Allí encontré un encendedor inservible y una moneda de diez centavos ennegrecida como el carbón. Las guardé en el bolsillo para recordar. O para tener un pasaporte para cuando una vez más deba salir al mundo; a la intemperie que no tiene fin.
Por Iván Wielikosielek