«Es algo que yo nunca había imaginado»

La música es capaz de codificar las entrañas de la Tierra. Schopenhauer llegó a decir que aunque el mundo como representación se viniese abajo, la música podría subsistir por sí misma. Y es que la música, en esencia, no es sino el resultado de un constante movimiento. Es sorprendente la capacidad que tiene para producir emociones cuando no es estrictamente necesaria para la supervivencia. La cuestión del significado de la música no puede desvincularse de la interacción de ésta con la emotividad de la naturaleza humana.
La pianista santarroseña Viviana Dal Santo acaba de sacar a la luz Eco de mi voz, un disco integrado completamente por obras suyas. Contiene 12 trabajos que ya habían merecido la debida atención de intérpretes diversos de la provincia, como también fuera de ella. Aires de La Pampa, por ejemplo, integró el Segundo Tomo del Curso de Flauta editado por la Universidad de San Juan o Romance de la luna en la laguna fue incluido en el Cancionero de los Ríos 2015. Varios músicos la acompañaron en este hermoso desafío, todos ellos conocedores de la impronta de Viviana, protagonistas de los diferentes conciertos organizados por la compositora pampeana desde 2014.
Dal Santo expone su inquietud musical en cada momento. En lo pianístico ha trabajado últimamente a dúo, principalmente con Enzo Ludueña, y con Verónica Baraybar, descubriendo ambas que no solo respetan a la música compartiendo la misma obra sino también el mismo instrumento, haciendo dúo de piano a cuatro manos. Su veta compositiva es amplia en sonido y vibración. Pero la naturaleza que la rodea colabora y mucho. La llanura, la pampa extensa. Vertiendo en sus partituras los pensamientos generados por la contemplación de los cielos, de los silencios, de la tierra. Y creando originales sonoridades también a través del trabajo. Decía Beethoven que componer es un uno por ciento de inspiración y un 99 de transpiración, que hay que trabajar, que no sale por arte de magia.
«La idea de encarar un disco nació hace algunos años, cuando después del primer concierto en 2014 los músicos que tocan mis obras empezaron a decirme que era momento de grabar algo con todo eso. Es algo que yo nunca había imaginado, teniendo en cuenta todo lo que cuesta emprender una aventura de ese tipo, desde el tiempo y el esfuerzo, pasando por lo económico. Bueno, tanto insistieron que lograron entusiasmarme y así empezó a gestarse entre todos. Empezamos a pensarlo, grabando de a poco cada uno lo suyo. Fue un proceso bastante largo, motivado principalmente por algunos contratiempos como, por ejemplo, la ausencia en Santa Rosa de un estudio con piano acústico. En la búsqueda inicial pensé en el Teatro Español, pero después pude comprarme uno y se grabó en mi casa, al menos aquellas obras que llevan ese instrumento», contó Dal Santo, abriendo la charla con El Lobo Estepario.

– Vicisitudes que seguramente fueron armando otra concepción, y por ende generando sensaciones que alimentaron de manera diferente esa espera del «hijo musical»…
– Tal cual. Siempre hubo que esperar que el piano estuviera afinado, algo difícil teniendo en cuenta el clima que impera en nuestra provincia. Y como no hay afinadores dedicados plenamente, había que estar esperando también por ese lado. Además que todos los músicos pudiéramos concentrarnos en el estudio de las obras, cada uno de nosotros tenemos otras cosas, nuestros trabajos, y no siempre está ese tiempo. Todo hizo que se hiciera a largo plazo, que empezáramos a grabarlo en 2016 para concluir en septiembre de 2017. Terminó siendo un disco integrado por varios músicos que estuvieron muy entusiasmados con grabar y difundir. La mayor parte de las obras se grabaron en casa por el tema del piano, allí estuvo Fede Camiletti, quien se encargó de la grabación con excepción del track 1 que estuvo a cargo de Mauri Ponce, instalando sus equipos, armando todo, y quien estuviera para grabar, grababa. A veces era Vero Baraybar, no siempre era yo quien tocaba el piano. Esa fue también una parte fundamental del proceso. Lo bueno que grabamos en un piano donde nos sentíamos cómodas las dos.

– La financiación suele asomar siempre como la principal traba para poner en marcha el sueño de un disco ¿De qué manera resolviste esa cuestión?
– Lo económico es fundamental. Uno tiene que contar con el dinero que implica producir un disco, hacerse cargo de la grabación, además de toda la edición, gráfica, réplicas, etc. Tuve la suerte de que el INAMU (Instituto Nacional de la Música) me seleccionara y así se pudo costear las mil réplicas del máster, eran muchísimas. Y entonces apareció la gente de la Editorial Voces, perteneciente a la Cooperativa Popular de Santa Rosa, que se dedica mucho a difundir y editar a los artistas locales, y ellos se hicieron cargo de la gráfica por esas mil unidades. La gestión de Alberto Acosta resultó decisiva. Fue un apoyo enorme para mí, y lo único que tuve que afrontar fue la grabación y el diseño del disco. No hay manera sino que uno pueda solventar un gasto tan grande cuando no se vive de componer o de cantar.

– Compusiste las obras en los últimos cinco años pero nunca pensando en plasmarlas en un trabajo discográfico ¿cómo fue el proceso de hilación de las mismas a la hora de establecer la lista que sería editada?
– La primera de las obras incluidas la compuse en 2013, y la última, creo, fue en 2016. Ocupé varios años en eso, en realidad cuando compuse lo hacía respondiendo al pedido de alguien o por ahí se me había ocurrido, por lo que durante ese periodo no pensaba en determinada estética o estilo particular. Después, cuando se planteó la idea de grabar busqué que tuvieran una hilación temática, estética o estilística. Creo que a la hora de ordenarlas procuré que todas tuvieran una característica similar y de esa forma quien escuche se sienta confortable al hacerlo. Las obras en general están pensadas y escritas en un lenguaje académico, pero siempre con una raíz popular y pampeana. Eso es en realidad lo que más hice en cuanto a lenguaje compositivo desde hace algunos años. Lo que el público escucha es una obra académica, de cámara, que integra dúos o tríos, aunque también alguna obra para solistas, o para canto y piano. Pero cuando son para dos instrumentos, ambos son igualmente importantes, no hay un protagonista y otro que lo secunda, sino que los dos conversan musicalmente de igual a igual. Los dos tienen sus partes de protagonismo en determinados momentos y en algún momento tienen que supeditarse a lo que hace el otro para dejarlo hablar, como si fueran dos personas conversando respetuosamente. Siempre hay algún ritmo de base que se refiere al estilo, la huella, la zamba o el triunfo, y cuando no está esa raíz popular, lo que suele haber es una descripción musical de un paisaje o una referencia a un sitio pampeano o santarroseño, como sucede con la laguna Don Tomás, un lugar que me encanta y quiero mucho. También hay algún ritmo soslayado en la milonga Nocturno pampeano, que es para violín y piano, o el estilo que asoma en la melodía de Canta para que amanezca, una obra para clarinete solo. Es música basada en la pampeanidad que yo tengo adentro, que no sé si se comparte con otros pampeanos, espero que sí, pero que es lo que yo siento. Y las obras que son para canto y piano están basadas en poemas de Bustriazo Ortiz.

– ¿En qué momento de tu carrera llega Eco de mi voz?
– El disco llega en un momento muy especial. Fue muy esperado, por eso hablaba de los plazos largos. Pienso que se produce algo así como el cierre de un ciclo, que no significa que ahora empiece a componer obras distintas o que vaya a cambiar de estética, sino que es concluir ese ciclo en particular, con lo que quise decir en ese momento. Está complicado poder desarrollarse musicalmente en este tiempo, poder seguir. Afortunadamente cada vez somos más los músicos trabajando y mostrando lo que hacemos, pero claro, al ser muchos más sucede también que no hay tantos lugares donde uno pueda tocar. Lo desafortunado es, a veces, la falta de apoyo o la falta de incentivo para que no tengamos que estar, además de estudiando, componiendo y trabajando, organizando todas las cuestiones, esto es conciertos, actividades, clases magistrales. Muchas veces surge de nosotros mismos hacer ese tipo de actividades, organizarlas, tener que ir detrás de las autoridades para que nos den esa fecha elegida. Pero después de la mano grande que me dieron dos instituciones importantes, de ver que perciben todo eso y actúan en consecuencia, pienso que no todo está tan perdido. Que hay que seguir luchando y haciendo lo que uno quiere, lo que a uno le hace bien, y pensando en ese público que sigue todo esto, que apoya y que siempre expresa que también le hace bien. Eso es un incentivo para seguir adelante.

– En el disco pudiste rodearte de grandes músicos que tiene nuestra provincia, de amigos con quienes has compartido escenarios diversos, y la yapa fue la presencia de Edgar Morisoli ¿cómo se dio?
– La obra que toca Camilo (Sánchez), su introducción, está basada en La lección de la diuca, poema escrito por Edgar. Yo me basé en ese texto para componerla. Por el contacto que nos hizo Faito Baraybar, fuimos a la casa de Edgar a mostrarle la obra, la tocó Camilo con su clarinete y resultó una mañana inolvidable, totalmente emotiva, por lo que significa Morisoli y lo que significa para mí, aún habiendo leído sus textos. Poder escucharlo leer su poesía, y escucharlo en toda su humildad, su grandeza, su sabiduría. En ese momento le pedí si podía integrar nuestro disco leyendo su texto para que quedara antes de la ejecución, y accedió. Fue un orgullo y un honor para mí. En cuanto a los músicos que intervienen, están Juan Cruz Portillo, que toca en una obra para flauta en sol, el tenor Martín Peluffo, Silvano Fuentes en flauta con Pedro Baraybar en piano, Camilo que toca en una obra para clarinete solo y en otra con Vero (Baraybar) que es para clarinete y piano, estoy yo tocando sola y acompañando a Peluffo, y aparece conmigo Enzo Ludueña en violín.

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Autor

Raúl Bertone