«Los días parecen iguales, pero nosotros amanecemos distintos cada día»

«Algunos tenemos la fortuna de compartir esto con una compañera divertida y buena cocinera, para afrontar con facilidad horas difíciles. También tenemos un patio que recorremos 800 veces al día, y termina pareciendo una larga caminata, de esas que siempre hacíamos. Soy un privilegiado en estas horas. Tengo una sensación de vivir días iguales que se suceden mientras afuera se derrama el otoño. La más bella estación en La Pampa para mi gusto. Tengo también la sensación de que esto no es un túnel. Ni siquiera un río. Se parece más al océano. Hace casi un mes que abandonamos una orilla -que ya no se ve- y no sabemos cuándo llegaremos a la otra, si es que llegamos. Los días parecen iguales, pero nosotros amanecemos distintos cada día. Desde un silencio recién inaugurado. Ése que sólo aparecía brevemente los domingos en las primeras horas de la mañana, y que ahora nos acompaña casi permanentemente. Un silencio al que regresamos después de intentar asomarnos a algún medio (radio, tv o diarios). Y como en los medios hay un solo tema, pronto los abandonamos, después de enterarnos cuántos son los muertos al día de hoy y cuántos los infectados. Información que viene a reemplazar el resultado de los partidos y la tabla de posiciones del fútbol. Después están las redes. Más allá de cumpleaños y algunas chicanas políticas -a veces divertidas- también revivimos historias y canciones. O relatos. O poemas. O pensamientos que ayudan y acompañan estos días extraños. Quizás cuando esto pase recordaremos a Facebook como un gran compañero de estos días. También está el WhatsApp. Allí, por suerte, nos enteramos como están nuestros seres queridos. A veces con imagen veo como mis nietos agitan sus manitos saludando y tirando besos. Fragmentos de un mundo de afectos. Como si los viera por un agujerito y tras de un muro. Es poco, pero es algo. Algunos amigos que arriman su voz y su afecto. Todos intentan vencer una lejanía que se hace sentir, estén cerca o muy lejos. Lejanía es otras de las palabras de este tiempo. Es inevitable recordar y comparar otros tiempos, y otras pandemias. Me viene a la memoria la peste negra que asoló a Europa en el año 1348. Se dice que en Florencia solo sobrevivió un quinto de su población. Pero es allí, y en esa circunstancia, donde nace el Decamerón de Boccaccio. 100 cuentos nacidos del encuentro de 10 personas -7 mujeres y 3 hombres- que se refugian en una villa de Fiesole (a 8 kilómetros de Florencia) para pasar la cuarentena y escapar de la peste, donde cada miembro del grupo narra una historia cada noche. Quizás en las redes estemos repitiendo algo así, en esta lucha por ganarle a la amenaza y al desaliento. En cuanto a lo artístico, es difícil calcular la proyección de este momento. Lo que se advierte es que, en general, para poder generar un pequeño momento artístico hay que arreglarse sólo. Son todos pequeños shows personales, trabajos individuales. Acústicos, en el caso de los músicos o cantantes. Tal vez sea un anticipo de los cambios de costumbres en lo social que se avecina. Tal vez. Pudiera ser que, superada la pandemia, y como consecuencia de ella, lo artístico encuentre sitio en pequeños grupos y en ámbitos reducidos, no sé. Si así ocurriera, volveríamos a la rueda del fogón, la más antigua costumbre de juntarse que tiene la humanidad. Está en la memoria colectiva. Viene desde las cavernas. De algún modo la hemos vivido de pequeños, aquellos que vivíamos en lugares poco poblados y el medio de comunicación más moderno era un aparato de radio. No sé si el mundo va a ser mejor, aunque lo deseo. Pero seguramente será distinto».

Oscar García

Nacido en Santa Rosa, parte de su primera infancia transcurrió en el paraje conocido como Bajo de las palomas, en el campo de su abuelo, regresando luego a la capital provincial y afincándose en el barrio Villa del Busto, donde vive actualmente. La música logró atraparlo cuando joven, y en los inicios de la década del ’60 formó parte del grupo Los tres del sur, junto a Delfor Sombra y Andrés Díaz, que después pasaría a llamarse Las voces de Huitru Mapu, encarando la primera grabación: Cumecó, de Félix Domínguez. Transcurrido un tiempo se sumó a Los Ranquelinos, compartiendo la escena con Lalo Molina, Pelusa Díaz y Carlos Urquiza. Mientras los deseos de seguir armando su estructura como músico eran sostendidos por Carlos Groisman y Ani Grunwald, apareció su primera composición: se trató de Agüita de médano, sobre el poema de Bustriazo Ortiz, uno de los poetas que alimentaron su búsqueda, así como también lo hicieron Julio Domínguez El Bardino, Edgar Morisoli o Ricardo Nervi. En 1985 creó el grupo Cantizal, ese excelente quinteto vocal e instrumental, que se completaba con Andrés Díaz, Omar Urreaga, Luis Montoya y Osvaldo Di Pietro, y que dejó su huella profunda en el cancionero pampeano. La formación produjo dos gemas: la primera fue justamente Cantizal -en ese mismo año ’85-, grabando himnos como Milonga baya, Por qué cantamos, Pan del agua o Huella de ida y vuelta, acompañados por guitarristas notables como Agustín Gómez, Esteban Morgado, Sará o Miguel Angel Reyes; el segundo y último disco se llamó Y el viento va…(1987), con temas como Hay un pueblo, Juan Wala, La tierra del caldén, Taberna o Salud a la cofradía, con el aporte del Trío Morgado y el bandoneón de Pablo Greco. García ha buscado ser certero en su demanda por convertirse en aquello que bulle en los alrededores del paisaje, componiendo junto a músicos como Naldo Labrin, Roberto Palmer o el mencionado Lalo Molina. La patria del corazón, que apareció en 2007, fue su primer trabajo solista, y contempló obras musicalizadas y arregladas por él mismo. Al año siguiente vio la luz su libro, que llevó el mismo nombre del disco, y en 2015 salió al ruedo con Pulsaciones y calandrias, con clásicos reversionados como Anguil, Milonga de dos querencias, Olor a monte, Rubiatango, A solas sin soledad, Aura de la despedida, Niña de Curacó o Cuando estoy lejos, entre otros temas donde comparte autoría con Bustriazo, Julio Domínguez, Molina, Morisoli o De Giovanni.

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Autor

Raúl Bertone