Camino del cementerio

Bordeo, como todas las mañanas, el cementerio rumbo al trabajo. Voy por el camino de tierra a la hora en que empiezan a trabajar los pájaros. Y aunque se hayan levantado barrios enteros en los alrededores, aún se puede oír aquel viejo silencio; esa extraña calma que nunca sabré si emerge del campo o del pesado sueño de los muertos.

En los sectores más tupidos la noche se agazapa bajo los algarrobos como un animal que no quiere despertarse. Y acaso por eso se cubre de una evanescente capa de rocío que aún flota en el valle.

Pero ese precario manto de niebla es perforado por barrotes, la sombra repentina de los árboles que aprisionan la noche. Pero la oscuridad escapará una vez más Se mezclará al fino polvo de luz como negras moscas que se mezclan a un enjambre y las apagará al caer la tarde, renaciendo de esas partículas encendidas.

Del mismo modo se mete la muerte en el corazón de un hombre, hasta hacer un panal oscuro y mezclar la amarga miel en su dulce sangre hasta atardecer su vida. Soy el único testigo, al menos aquí y ahora, de esa fuga de la noche; de ese preciso instante en que la oscuridad se esconde en la luz. Entonces los troncos se recortan nítidos contra el césped y ya no son barrotes sino algarrobos como el árbol de la vida. Y de la niebla sólo queda un rastro de humedad como la marca de un perro que durmió en la vereda. La hierba no sabe que ha sido sembrada de futura noche ni los árboles que más tarde darán frutos oscuros.

El cementerio no sabe que en estas cosas sueñan y piensan los vivos y los muertos; como si conversaran entre dormidos y despiertos en aquel viejo silencio que amanece.

Por Iván Wielikosielek

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